“El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible”.

Oscar Wilde, El retrato de Dorian Gray

Claudia Sheinbaum no reprendió al INE por cambiar de color. Reprendió a Clara Brugada por comenzar a pintar de lila una candidatura presidencial que todavía no le corresponde disputar. Esa es mi lectura. La destinataria formal fue Guadalupe Taddei; la real (des)gobierna la Ciudad de México.

Es evidente que la cúpula del INE ya escogió Pantone 2030. Abandonó el rosa mexicano que lo identificó durante doce años y adoptó el lila con el que Brugada ha cubierto bardas, puentes, banquetas, programas, ajolotes y cuanto objeto permanece inmóvil el tiempo suficiente. El árbitro no sólo se puso la camiseta: mandó pintar todo el estadio.

Taddei negó cualquier relación con el gobierno capitalino. Explicó que el lila estaba dentro de la paleta que el Instituto ya utilizaba y que asumirlo era resultado de “haber perdido el rosa”. Misterio resuelto: el INE no selecciona colores; los extravía. Esperemos que el padrón tenga mejor resguardo…

Brugada defendió públicamente la “ajolotización” de la ciudad y convirtió al morado en firma de gobierno, instrumento de recordación y prólogo de campaña. Porque no se trata de pintura, sino de apropiarse del paisaje: quien consigue que una administración entera se reconozca por un color ya no sólo comunica políticas públicas; construye una marca electoral. Eso es lo que ella hace con cuatro años de anticipación.

Sheinbaum lo entendió de inmediato. Estoy convencida de ello porque la mandataria podía haber respondido simplemente que el INE es autónomo y su manual de identidad no se decide en Palacio Nacional. En cambio, preguntó por qué había cambiado de color y exigió una explicación. No dijo “Clara, todavía no”; dijo “que el INE explique el color”. En Morena, hasta los regaños presidenciales vienen codificados por Pantone.

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La semejanza es tan evidente, políticamente tan inoportuna y administrativamente tan fácil de evitar que sólo permite dos explicaciones: Taddei quiso enviar un guiño a Brugada o ya perdió el instinto elemental de la imparcialidad que debe conservar un árbitro. La segunda posibilidad casi resulta peor. No sé si Taddei escogió equipo; sé que ya no comprende por qué el árbitro no debe vestirse como uno de ellos.

El caso de Somos por MX desnuda mejor el doble rasero. El INE condicionó su registro a que modificara el nombre Somos México, su emblema y sus elementos gráficos; además intentó apartarlo del rosa nacido de la marea ciudadana (paradójicamente en defensa del INE de aquel entonces). El Tribunal confirmó los cambios, aunque no prohibió expresamente ese color y el partido finalmente lo conservó. Después, Taddei declaró que el INE había “perdido el rosa”.

Si nadie puede apropiarse de un color, como sostiene Somos, el INE no perdió nada. Si, por el contrario, los colores crean asociaciones políticas capaces de comprometer la diferenciación institucional, entonces Taddei no podía escoger precisamente el lila utilizado por el gobierno de Brugada y también por PAZ, partido cercano al oficialismo. Huyó de parecerse a una fuerza opositora y consiguió parecerse a dos expresiones del poder. Eficiencia cromática le llaman.

Pippa Norris explica en Why Electoral Integrity Matters que la legitimidad de una elección no depende únicamente del conteo correcto, sino de la confianza construida durante todo el ciclo electoral. La imparcialidad también debe ser perceptible. No basta con que el árbitro jure que no favorece a nadie mientras aparezca uniformado como uno de los contendientes. Es sencillo de entender, creo yo.

Clara Brugada ajolotizó la Ciudad de México y Guadalupe Taddei terminó ajolotizando al INE: mucho lila por fuera y una autonomía que se quedó en estado larvario. El Instituto conserva nombre, oficinas y once consejeros; la independencia empieza a parecer un vestigio anatómico. Algo así como un apéndice que resulta que sería mejor extirpar.

Pero lo más grave es que detrás de esa pintura comenzó a dibujarse la sucesión de 2030. Se dabe de sobra que Morena ya está dividido, aunque se diga lo contrario. Compiten al menos dos proyectos: Brugada representa el linaje territorial, ideológico y obradorista; Omar García Harfuch, el de los resultados, la seguridad, el pragmatismo y la interlocución internacional. Él es el hombre más cercano a Sheinbaum, pero eso no significa que la presidenta controle por completo el proyecto político que lleva su apellido.

La historia entre ambos aspirantes ya contiene una advertencia. En 2023 Harfuch venció a Brugada en las tres encuestas para la candidatura capitalina —40.5% contra 26.7% en la medición de Morena— y ella obtuvo la postulación mediante la regla de paridad. Fue legal y legítimo; también dejó una enseñanza práctica: en Morena se puede perder la encuesta y ganar la candidatura. Acaso Clara concluyó que para 2030 conviene empezar pintando antes de que vuelvan a contar.

Aquí, hacer un paralelismo con Estados Unidos resulta sumamente tentador: digamos que Brugada es Vance, depositaria del dogma y de la base más ideologizada de Regeneración Nacional; Harfuch es Marco Rubio, quien acumula resultados, utilidad, contactos y aceptación fuera del núcleo duro. Pero existe una diferencia crucial: Donald Trump todavía ocupa la Presidencia y puede ordenar su sucesión. López Obrador ya no la ocupa y, sin embargo, parece conservar el derecho de veto. Sheinbaum gobierna México; todavía no sabemos si podrá gobernar su propia sucesión.

Escribí que Morena se dividiría antes de terminar el año (Morena se dividirá antes de que termine el año) porque sus gobernadores, operadores, herederos y caciques dejaron de esperar instrucciones presidenciales y comenzaron a colocar aspirantes propios. Brugada y Harfuch no originan esa fractura, pero sí que le proporcionan nombres, colores y destino.

La disputa por las candidaturas de 2027 tampoco trata únicamente de esos comicios. Más de 21 mil cargos, 17 gubernaturas y toda la Cámara de Diputados repartirán presupuestos, estructuras territoriales, expedientes, protección y capacidad de movilización para 2030. Es la primaria clandestina de la sucesión presidencial. En teoría, Claudia decidirá; en la práctica, medio Morena trabaja para imponerle lo que ya decidió.

Y el lila apenas recubre algo más profundo. Tras la renuncia de Claudia Arlett Espino, Taddei colocó como encargado de la Secretaría Ejecutiva a Roberto Carlos Félix López, quien fue su secretario técnico y a quien ya había intentado llevar a ese puesto. No hablamos de una oficina ornamental: la Secretaría Ejecutiva coordina padrón, fiscalización, organización electoral, 32 juntas locales y 300 distritales. Es el sistema nervioso del Instituto.

A ello se suma un Consejo General cuyo bloque dominante encabeza Taddei, fortalecido por tres consejeros llegados este año con el respaldo de la mayoría oficialista. Los intentos de frenar precampañas disfrazadas de procesos internos quedaron en minoría. Y el proceso electoral comenzó con Rosa Icela Rodríguez, representante de AMLO —más que de la presidenta—, nuevamente dentro de la ceremonia del árbitro. Morena no demolió la autonomía; invitó a Bucareli a contemplar su funeral.

Andreas Schedler advirtió en su célebre “menú de la manipulación” que una elección puede condicionarse mucho antes de abrir las urnas: controlando autoridades, candidaturas, información y condiciones de competencia. No hace falta rellenar boletas cuando previamente se inclinó el terreno, se domesticó al árbitro y se decidió quién puede entrar al estadio.

Hasta la flamante comisión que verificará posibles vínculos criminales de los aspirantes tiene algo de comedia involuntaria: la revisión será voluntaria, los resultados confidenciales y los partidos conservarán la decisión final. Un antidoping en el que cada equipo decide si entrega la muestra y, al recibir el resultado, si lo guarda, lo rompe o postula al dopado.

Por eso el lila no demuestra por sí solo que el árbitro esté vendido. El secretario ejecutivo cercano, la mayoría oficialista, Gobernación de vuelta en casa y la Claudicación frente a las precampañas ayudan bastante más. El color únicamente tuvo la cortesía de confesarlo…

La caída de la Casa Morena no ocurrirá porque la oposición consiga derribarla, sino porque sus habitantes terminarán disputándose cada habitación (primero la candidatura, pero luego el ejercicio del gobierno y los apoyos presupuestales desde la federación). Clara pinta la ciudad; Taddei, el árbitro; López Obrador, la raya; y Claudia intenta averiguar quién conserva la brocha presidencial.

El INE se pintó de Clara. Sheinbaum lo vio y pidió explicaciones. Taddei alegó coincidencia. Yo sólo sé que cuando el árbitro empieza a combinar con una candidata, la elección ya no necesita fraude: le basta la decoración. Morena no se dividirá antes de concluir el año. Ya se dividió. Sólo falta saber de qué color pintarán la enorme grieta.