“Una fisura apenas perceptible […] descendía por el muro en zigzag”.
Edgar Allan Poe, La caída de la Casa Usher
Poe comprendió algo que la política suele olvidar: las casas también heredan enfermedades. Morena es apellido y edificio, estirpe y prisión. La grieta siempre estuvo ahí. Solo hacía falta que alguien dejara de admirar la fachada. Sospecho que la ruina era guinda.
El Segundo Informe quiso cubrirla con pintura fresca. La ceremonia debía restaurar el prestigio; mas apenas concluyó, regresaron los espectros que habían dejado fuera del salón: narcopolítica, huachicol fiscal, lujo, nepotismo, impunidad y rebelión de los herederos. El aplauso puede suspender la incredulidad; no la gravedad del padecimiento. Hablo de un segundo piso, sí, pero destinado al derrumbe.
La Cuarta Transformación no morirá a manos de todos aquellos a quienes responsabiliza de sus fracasos. La enfermedad hereditaria tiene nombre: Morena. Perecerá de sus gobernadores bajo sospecha, de sus hijos convertidos en dirigentes, de sus familias convertidas en nóminas, de sus austeros que frecuentan la primera clase, de sus fortunas oportunamente heredadas, sus diamantes regalados y de sus inocencias —ojalá fueran inocentadas— decretadas desde Palacio Nacional.
En los sótanos aparecen Rubén Rocha, Hernán Bermúdez y una red de contrabando de combustibles que alcanzó aduanas y altos mandos navales. La 4T prometió separar el poder de la delincuencia; falló y ahora pretende exigirnos que no confundamos la extraordinaria frecuencia de las coincidencias con un patrón. Demasiados expedientes bajan por la misma escalera y desembocan en gobiernos, funcionarios o círculos protegidos por Morena. Debe ser mala suerte inmobiliaria.
Arriba, bajo los candiles, prospera la nueva nobleza: Andy en Tokio; Monreal en Madrid; Mario Delgado en Portugal; Noroña practicando la justa medianía desde una propiedad de doce millones; Mara Lezama sin explicar satisfactoriamente quién pagó los aviones privados; Josefina Rodríguez entre relojes y diamantes. Ninguno acaba con la casta. Le cambian solo el guardarropa, la afilian a Morena y le reservan la sala VIP. Primero los pobres, naturalmente; aunque nunca en el grupo de abordaje.
Un Cartier no equivale a una red de huachicol ni un viaje privado a un secretario de Seguridad acusado de encabezar una organización criminal. Penalmente son asuntos distintos. La reputación, sin embargo, no lee códigos penales: reconoce significados. El narco desmiente la regeneración; el lujo, la austeridad; las dinastías, el “no al nepotismo”; la protección interna, el “no somos iguales”. El lujo puede ser lícito. La hipocresía no necesita fiscal. Aquí lo que hay es una enfermedad reputacional grave.
Y ese padecimiento de la Casa Morena también viaja por la sangre. El nepotismo será inconstitucional a partir de 2030, una vez colocados los parientes de 2027... Qué considerada resulta la moral cuando concede tiempo para hacer las maletas. Andy dejó de ser únicamente “el hijo de” cuando fue instalado en la Secretaría de Organización del partido: el apellido se volvió llave, oficina y escalera. Prometieron acabar con la herencia del poder y terminaron redactando el testamento.
La impunidad mantiene unidos los muros. Morena, PRI y Verde protegieron el fuero de Cuauhtémoc Blanco; “Dato Protegido” convirtió una crítica ciudadana en disculpa obligatoria; los Yunes dejaron de representar lo peor del PRIAN en cuanto entregaron el voto que Morena necesitaba. En esta casa no se distingue entre lo correcto y lo incorrecto, sino entre lo útil y lo prescindible. La conducta no vuelve indigno a nadie; la inutilidad política, sí.
Durante años busqué una definición satisfactoria de la 4T. Retiro la cautela: ya la encontré. No es propiamente una ideología, sino un sistema de inmunidad moral: una superioridad proclamada para conquistar el poder, propaganda para conservarlo, familias para repartirlo y absoluciones para disfrutarlo. Noam Lupu llama “dilución de marca” al momento en que un partido deja de representar aquello que lo distinguía. Yo utilizaría una expresión menos académica: traición consumada.
Morena todavía puede ganar elecciones. Conserva Palacio Nacional, gubernaturas, congresos, presupuesto, programas sociales y una oposición empeñada en competir por ver quién inspira menos. El poder y la legitimidad no se derrumban a la misma velocidad: una maquinaria puede seguir funcionando mucho después de haber muerto la causa que la puso en marcha. Claudia Sheinbaum podrá declararse más austera que sus compañeros, pero no puede heredar el balcón para los aplausos y repudiar los sótanos cuando aparecen los cadáveres.
En el relato de Poe, la Casa Usher termina hundida en el agua oscura que durante años reflejó su imagen. Ese puede ser también el final de Morena: no vencida por sus enemigos, sino tragada por la mentira en la que decidió contemplarse.
Giros de la Perinola
1) Morena pide que no se juzgue a todo el movimiento por los escándalos de algunos. Sería razonable si permitiera juzgar a alguno. Pero cada investigación es persecución, cada documento es montaje y cada pregunta, golpismo. Así no se combate una crisis reputacional: se confiesa que la reputación era la coartada.
2) Hay que reconocerle a López Obrador una genialidad: el nombre. Morena contenía identidad popular, devoción histórica y una promesa de regeneración. Esa es ahora su condena: el nombre conserva intacta la medida de su fracaso. En la Casa Morena todavía presumen la fachada. Lástima que Poe ya nos contó el final.



