Este fin de semana se vivieron las elecciones presidenciales de primera vuelta en Colombia con un ambiente ultrapolarizado que destaca por la participación activa de Donald Trump apoyando al candidato de la derecha Abelardo de la Espriella. Obtuvo más de 10 millones de votos y se alista a la cabeza para una segunda vuelta frente a Iván Cepeda, senador de izquierda y candidato del partido del presidente Petro. La fórmula está probada y parece tener éxito.
Todo comienza con acusaciones de narcoterrorismo contra la presidencia: la narrativa les coloca los adjetivos de “criminales”, “guerrilleros”, “narcos” y reivindica el nacionalismo acusando a las izquierdas de “destruir al país”. Cualquier coincidencia con México, en realidad, no es coincidencia.
En Colombia hay un detalle adicional. Polymarket es, en apariencia, una casa de apuestas con rendimientos altos; en la práctica, una plataforma de ingeniería del consenso. Funciona como un loop: las élites inscriben apuestas sobre resultados electorales, esas apuestas son infladas por quienes invierten en ellas, y al verse cada vez más verosímiles, atraen a nuevos apostadores que refuerzan la tendencia. El círculo se cierra solo pues no hace falta ganar la elección primero, basta con convencer al mercado de que ya está ganada. La plataforma, que recibió asesoría directa de Donald Trump, lleva meses construyendo la certeza de que De la Espriella será el próximo presidente de Colombia. Hay incluso una apuesta abierta sobre la caída de Claudia Sheinbaum antes de que termine su período de gobierno. Polymarket no es un instrumento financiero, más bien, es propaganda con rendimientos acompañada de personas dispuestas a intervenir en la realidad para que aquellas apuestas se cumplan y reciban las recompensas ofrecidas.
Pareciera que el manual dicta una receta que vimos también en otros casos de América Latina: primero se apoya a un candidato opositor mientras se realizan acciones para deslegitimar a los gobiernos de izquierda con golpes blandos, agrandando debilidades o problemas que son reales, pero construyéndolos como males generalizados o determinantes en el ideario colectivo, lo que impide la posibilidad de valorar cualquier otra cosa. Cuando el candidato “outsider” logra vencer, Estados Unidos opera. Milei en Argentina y Bukele en El Salvador son ejemplos. Cuando no logra vencer, arrebata, como en Venezuela.
De la Espriella es un abogado bastante adinerado con residencias en Italia y Estados Unidos, con un machismo galopante que le ha valido la reivindicación de las peores formas de tratar a las mujeres: protagonizó videos en los que muestra a su hija y amigas pidiéndoles bailar para entretener a un youtuber y su audiencia. Promete una política radical de seguridad como la de Bukele: sin derechos humanos, sin mesas ni diálogos de paz, sin reconocimiento a las víctimas. Cree que el Estado es una empresa y quiere administrarlo como tal, hacer negocios con esa cartera, recortar al gobierno y eliminar cualquier tipo de apoyo para personas diversas. Es el candidato que en vivo le pidió a una periodista que hiciera zoom a una foto de sus genitales para sugerir que deberían votar por él, solo por el tamaño de su falo, acosándola y haciéndola incomodar. Y paradójicamente, en su lista de personas defendidas se incluyen militares, criminales y narcotraficantes.
En suma, no es el tipo de candidato por el que una sociedad sensata podría pronunciarse de esa forma arrasadora si no fuese por el dinero invertido desde el exterior, así como por la finísima estrategia con la que se ha tejido, más que su triunfo, la caída de Gustavo Petro.
Nada de lo anterior es difícil de verificar. Trump llamó públicamente al voto por De la Espriella esta semana. Polymarket sostiene esa apuesta con números. La familia del candidato ha declarado que si pierde se va de Colombia, lo que dice mucho sobre la distancia entre el proyecto y el país ya que han residido más tiempo fuera de esa tierra querida que dentro de ella. Son públicas también las amenazas del presidente norteamericano en las que declara que va por Petro. No hay aquí ninguna teoría de la conspiración. Hay un patrón y el patrón tiene nombre, tiene dinero y tiene prisa.
Solo entonces, al mirar cómo Estados Unidos está operando las elecciones de un país soberano en tiempo real al que todavía falta una segunda vuelta que definirá todo, cobra su pleno sentido la reforma aprobada y publicada este 2 de junio, que entra en vigor justamente hoy: aquella que establece como causal de nulidad la injerencia extranjera en los procesos electorales mexicanos. La receta de cajón fue detectada y jurídicamente detenida en tanto que, contrario a lo que acusan las derechas de México que ya reciben apoyo norteamericano, la injerencia es rastreable, así como el dinero que va financiando campañas permanentes en redes sociales o en procesos electorales, no es que cualquier elección pueda anularse a capricho, como acusan. Es una respuesta puntual a una amenaza documentada.
En nuestro país, esa nulidad es una declaración de principios escrita en derecho: México es gobernado por mexicanos, el pueblo elige a su gobierno y el ciclo conocido de intervención, fragilización institucional y extractivismo no encontrará aquí terreno fértil. Colombia nos muestra, en este mismo momento, lo que cuesta no tener esa barrera. La diferencia es que nosotros, esta vez, llegamos antes que el loop, México llegó antes que la trampa. Por suerte, Colombia todavía tiene una última oportunidad de frenar a quienes les quieren, literalmente, robar a su país. Pero tienen poco tiempo en el que la conciencia tendría que ser radical y masiva. Pendientes.






