Desde el Monumento a la Revolución, la presidenta Claudia Sheinbaum, colocó de nuevo una idea que debería unirnos y nunca dividirnos, basada en que México debe decidirse en México. Parece una frase trillada, casi obvia, pero en tiempos donde las presiones externas, las campañas de desinformación y los intereses económicos cruzan fronteras con más facilidad que muchos ciudadanos, conviene detenernos a reflexionarla con la madurez que requiere.
La libre autodeterminación del pueblo mexicano no es una consigna para llenar discursos ni una bandera que deba usarse solamente cuando conviene políticamente. Más allá, es un principio histórico, jurídico y moral. Significa que ningún gobierno extranjero, ninguna agencia, ningún grupo de poder económico y ningún actor externo debe pretender definir el rumbo de nuestra vida pública. Significa que las diferencias entre mexicanas y mexicanos deben resolverse aquí, en nuestras instituciones, en nuestras calles, en nuestras comunidades, en nuestras urnas y en nuestra conversación pública.
Sumarse a esa defensa no implica aplaudirlo todo. Tampoco significa renunciar a la crítica, cerrar los ojos ante los problemas del país o convertir la soberanía en excusa para evitar rendición de cuentas. Una ciudadanía madura no confunde independencia con impunidad, ni patriotismo con obediencia. Defender a México frente a cualquier intento de injerencia extranjera debe ir acompañado de la exigencia de instituciones fuertes, justicia clara, transparencia y responsabilidad pública.
Por eso considero importante respaldar el sentido de lo dicho por la presidenta, porque México no puede aceptar tutelajes. Puede y debe cooperar con otros países, sí, especialmente con aquellos con los que compartimos retos tan profundos como migración, seguridad, comercio, tráfico de armas, crimen organizado y desarrollo regional. No obstante, me resuenan las palabras de la presidenta “cooperación no es subordinación”. Y es que colaborar no significa arrodillarse. Dialogar no implica permitir que otros decidan por nosotros.
La historia mexicana ha sido dura precisamente porque muchas veces nuestra soberanía fue puesta a prueba. No somos un país que haya aprendido la independencia en los libros, sino en la experiencia. La aprendimos en invasiones, intervenciones, presiones diplomáticas, abusos económicos y episodios donde el interés nacional tuvo que defenderse con un enorme costo social. Es ahí que, cuando hablamos de autodeterminación, no se habla de nostalgia histórica, sino de una condición mínima para cualquier democracia verdadera.
Por otro lado, cabe destacar que, la soberanía, no pertenece a un partido, ni a un gobierno, ni a una corriente ideológica. La soberanía pertenece al pueblo y, es ahí, donde debemos cuidarla de quienes quisieran entregar decisiones nacionales a intereses externos, pero también, de quienes quisieran apropiarse de la palabra “patria” para descalificar cualquier crítica interna.
Estoy cierto que amar a México no exige pensar igual. Exige discutir con responsabilidad, sin prestarse al golpeteo fabricado, pero también sin renunciar al derecho de señalar lo que debe corregirse.
Como ciudadano, me parece sano que el país cierre filas cuando se trata de defender su derecho a decidir. Y ojo, cuando digo “cerrar filas” no me refiero a cerrar la boca. Al contrario, una nación soberana necesita ciudadanos más informados, más críticos y más participativos. Necesita personas capaces de distinguir entre una crítica legítima y una campaña de manipulación; entre una investigación seria y una operación política; entre la cooperación internacional y la intervención indebida.
En ese sentido, el mensaje de ayer debe leerse más allá de la coyuntura. La pregunta de fondo no es si se está a favor o en contra de una figura política. La pregunta verdadera es si aceptamos que el destino de México pueda definirse desde fuera. Y ahí, al menos desde una visión ciudadana, la respuesta debe ser un firme “no”.
México tiene problemas graves que no se resuelven con discursos. Hay inseguridad, desigualdad, corrupción, violencia, desconfianza institucional y heridas sociales que siguen abiertas, pero que debemos resolverlos nosotros, con nuestras leyes, con nuestras autoridades, con nuestra participación y con nuestra exigencia. Permitir que intereses externos utilicen nuestras debilidades para influir en la vida nacional sería un error histórico.
La defensa de la autodeterminación no debe ser un acto de sumisión al poder público, sino una afirmación de dignidad colectiva. Podemos coincidir con la presidenta en la defensa de la soberanía y, al mismo tiempo, mantener una postura crítica frente a cualquier gobierno. Esa es la diferencia entre ciudadanía y obediencia. La ciudadanía acompaña cuando el principio es correcto, pero observa, exige y cuestiona cuando hace falta.
México no necesita ciudadanos que repitan consignas sin pensarlas. Necesita ciudadanos que entiendan que la patria no se defiende solo en los mítines ni en los discursos, sino en la vida diaria, respetando la ley, participando, informándose, cuidando la democracia y rechazando cualquier intento de manipular nuestra voluntad colectiva.
El domingo se habló de libre autodeterminación. Hoy toca asumir lo que esa palabra implica. Que México mantenga relaciones de respeto con el mundo, sí. Que coopere con otras naciones, también, pero que su rumbo lo decida su pueblo, sin presiones, sin tutelajes y sin permisos ajenos.
México puede dialogar con todos, pero no debe pertenecerle a nadie más que a su gente.



