Joaquín López-Dóriga arranca su columna de hoy mencionando sus inicios en El Heraldo de México. Desde esa época, en el lejano año de 1969, y hasta la llegada al poder de Andrés Manuel López Obrador en 2018, batallaba para encontrar temas para criticar al gobierno. Así lo admite abiertamente:
“Desde que inicié esta columna en El Heraldo de México, junio de 1969, a lo largo de esas decenas de años, centenares de meses y miles y miles de días me he despertado con una angustia: ¿de qué voy a escribir hoy?, lo que se me invirtió desde el gobierno de López Obrador y persiste: ¡de qué no voy a escribir hoy!”.
Durante ocho sexenios del PRI y del PAN se le dificultaba encontrar temas para cuestionar a los presidentes y a sus administraciones. Ocho largos sexenios: Luis Echeverría Álvarez (1970–1976), José López Portillo (1976–1982), Miguel de la Madrid Hurtado (1982–1988), Carlos Salinas de Gortari (1988–1994), Ernesto Zedillo Ponce de León (1994–2000), Vicente Fox Quesada (2000–2006), Felipe Calderón Hinojosa (2006–2012) y Enrique Peña Nieto (2012–2018).
Ahora, desde el gobierno de AMLO —algo que “persiste”, como bien dice López-Dóriga, en la actual administración de Claudia Sheinbaum—, le sobran asuntos para cuestionar a la 4T.
En otras palabras, Joaquín López-Dóriga admite de facto que se vendía al PRI y al PAN. Y el suyo no es el único caso. Sobran ahora comentócratas que con rabia —furia brutal aderezada con mentiras e insultos— atacan a la presidenta Sheinbaum y al expresidente López Obrador.
Por cierto, en el pasado priista y panista, a la gente que sí ejercía el periodismo crítico en los medios —una digna minoría de caricaturistas, columnistas y reporteros— le pasaba exactamente lo contrario que a López-Dóriga: había tanto que criticar, tantas corruptelas que denunciar y tantos vicios que exhibir, que el problema era elegir entre la sobreabundancia de abusos.
A decir verdad, cuando el sistema político mexicano estaba dominado por el PRI —o por el posterior y lamentable bipartidismo del PRI y el PAN—, esa minoría crítica coincidía en que la realidad nacional ofrecía un abanico inmenso de motivos para fiscalizar al poder.
Eran los tiempos del autoritarismo, las devaluaciones, la opacidad, los saqueos, la descarada censura y los crímenes de Estado —¿o ya se nos olvidó lo de Luis Donaldo Colosio?—. Sin embargo, para la mayoría de los voceros oficiosos del régimen, como López-Dóriga, el panorama era radicalmente distinto: si batallaban, era para encontrar razones para la crítica. Increíble, pero así funcionaban las cosas en aquellos tiempos de consensos mediáticos fabricados con presupuesto público.
Hoy, aquella mayoría antes sumisa se convirtió en una oposición estridente, calumniadora y hasta insultante. ¿La razón? Con la 4T se terminaron los privilegios para muchos medios y periodistas. Por eso ven hoy tantas cosas malas —muy pocas reales, casi todas inventadas— que su única duda al despertar es decidir cuál invento publicar.


