“La naturaleza aborrece el vacío”.

Aristóteles

Hay errores que cuestan prestigio. Otros cuestan dinero, carreras o un puesto. Pero existen algunos mucho más caros: aquellos que generan un vacío de poder.

Yo estoy convencida de que eso es exactamente lo que acaba de hacer la UNAM.

Mientras las autoridades universitarias siguen anunciando comisiones, revisiones técnicas y nuevos comunicados, alguien más ya entendió que el verdadero premio nunca fue un examen —no blindado— de admisión. El verdadero gozo para algunos será la oportunidad política que la Universidad les acaba de poner sobre la mesa…. ¡y en bandeja de plata!

La creación de una Comisión Técnica para revisar el proceso de ingreso a licenciatura no transmite certeza, sino exactamente lo contrario: que la institución perdió la iniciativa. La UNAM dejó de conducir la crisis por la que atraviesa para empezar a reaccionar ante ella.

Dicho de otro modo, el problema ya no es administrativo. Es político.

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La UNAM ya no puede convencer a la opinión pública de que sabe quién obtuvo legítimamente un lugar y quién no. Y cuando una universidad deja de poder despejar esa duda, alguien más lo hará por ella.

Pero primero vamos un paso para atrás: la salida más sólida técnicamente hablando sería repetir el examen. No porque todos los aspirantes sean sospechosos, sino porque la Universidad perdió la capacidad de distinguir con absoluta certeza quién ingresó limpiamente y quién pudo aprovechar herramientas indebidas.

¿Lo harán? No lo creo.

El costo económico, jurídico y político sería enorme. Ya se publicaron resultados. Ya hay jóvenes aceptados. Ya hay calendarios en marcha. Cada día que pasa hace más difícil corregir el problema.

Y justamente ahí comienza lo que sí importa. No es el nuevo examen. Es el quién administrará las consecuencias del examen.

Veámoslo con otra argumentación: muchos siguen pensando que el tema consiste en preservar la autonomía universitaria. Yo creo que la discusión ya cambió de nivel.

La autonomía no suele perderse de un solo golpe. Se debilita cuando la propia institución deja espacios que otros pueden ocupar.

En política los vacíos nunca permanecen así. Siempre aparece alguien dispuesto a llenarlos.

Resulta ingenuo pensar que un gobierno que durante años ha ampliado su influencia sobre prácticamente todos los organismos autónomos observará pasivamente una UNAM debilitada. No necesita intervenir de manera espectacular. Le basta con dejar que la presión aumente, que las dudas se acumulen, que crezcan las exigencias de cambios internos y que la propia Universidad llegue desgastada a esa discusión.

Porque entonces la intervención ya no parecerá una intromisión. Parecerá una solución. Salvar a la UNAM.

Estoy segura porque eso ya ocurrió en 1999. El conflicto dejó de ser, muy pronto, una discusión sobre el Reglamento General de Pagos. La rectoría perdió el control político del conflicto y otros actores comenzaron a definir el rumbo de la Universidad. Una vez que eso sucede, los argumentos académicos e institucionales dejan de ser suficientes para recuperar el mando.

Mientras la UNAM se enfrasca en explicar estadísticas, auditorías y procedimientos, otros ya están leyendo el momento político. Unos hablan de transparencia. Otros de responsabilidades. Otros más comenzarán a hablar de cambios profundos. No porque necesariamente les preocupe el examen, sino porque las crisis institucionales siempre generan oportunidades políticas.

No se trata de que señalar los errores de la UNAM facilite una eventual intervención. Ocurre exactamente al revés. Son los errores mal administrados los que abren la puerta a la conquista y al abordaje. Callarlos no la cerrará. Así que no se me acuse de antipatriota ni de debilitar aún más a la UNAM.

La mayor amenaza para cualquier institución autónoma nunca proviene únicamente del poder político. También nace cuando esa institución deja de corregirse con la rapidez, la firmeza y la autoridad que la sociedad espera de ella.

Yo no sé si el gobierno federal terminará interviniendo abierta o discretamente en la vida universitaria. Tampoco sé si Leonardo Lomelí logrará superar políticamente esta crisis. Lo que sí veo es que la UNAM acaba de cometer el peor tipo de error institucional: uno que no fortalece a sus adversarios por mérito propio, sino por omisión de quienes debían evitarlo.

La 4T no necesitó construir esta oportunidad. Esta vez no. La propia Universidad decidió servírsela.