“La lealtad en sistemas cerrados no se prueba con eficacia, sino con obediencia”.
Albert O. Hirschman
“El poder que no rinde cuentas no corrige errores: los institucionaliza”.
Jan-Werner Müller
Como en Alicia en el país de las maravillas, donde todo opera al revés, la llamada cuarta transformación ha logrado algo más sofisticado: convertir la anomalía en norma… y la norma en dogma. Solo que aquí no hay fantasía, sino poder real, presupuesto público de por medio y decisiones que afectan a todo un país. En este sistema, el ciclo es predecible: negar, culpar… y premiar. Sin escalas. Sin rubor.
Hace apenas unos días, Luisa María Alcalde —todavía presidenta de Morena en ese momento— activó el reflejo condicionado del oficialismo. Ante versiones sobre su salida, negó. Dijo que eran rumores, que se trataba de una “campaña de la derecha”, que el movimiento estaba “más fuerte que nunca” y que ella seguiría al frente del instituto político, salvo instrucción superior. Traducción: no hagan olas; aquí no pasa nada. O mejor dicho: aquí nunca pasa nada… hasta que pasa exactamente lo que ya estaba decidido.
Pero claro que pasó. Vino la instrucción —que ni tan— superior…
Veamos: lo interesante aquí no es la contradicción —la política mexicana lleva décadas perfeccionándola—, sino el mecanismo. El desmentido no como vínculo con la verdad, sino como herramienta de administración del tiempo político. Se niega para enfriar la conversación, se acusa a la oposición para deslegitimar la duda, y mientras tanto la decisión real se toma fuera del radar público. Es un método. Un método bastante eficaz… para quienes no tienen que dar explicaciones.
Porque aquí entra el segundo acto, el que ya no es anecdótico sino estructural. Con Morena no solo no pasa nada, no solo no hay rendición de cuentas ni castigo: llega el premio. O, si se prefiere, la reubicación...
Lo que trasciende en este caso no es una salida discreta tras señalamientos de desorden interno en Morena ni una pausa para aclarar versiones de irregularidades financieras que nunca se transparentaron del todo —detalle menor—. No. Lo que aparece es la posibilidad de que Luisa María Alcalde aterrice en la Consejería Jurídica de la Presidencia, bajo el mando de Claudia Sheinbaum. Es decir: no hay costo político. Hay ascenso institucional. Hay premio por permanencia.
Y aquí entra una variable que en los pasillos del poder nunca fue exactamente un secreto: la relación entre Sheinbaum y Alcalde distaba de ser tersa. Se sabía —se rumoraba con insistencia— que la presidenta no la tenía precisamente en su lista de afectos. Ergo: la jugada se vuelve aún más interesante. Sacarla de Morena, colocar a Citlalli Hernández —más alineada, más claudista— al frente del partido, y enviar a Alcalde a una posición bajo supervisión directa. No es castigo. Es control. Es congeladora con escritorio y nombramiento oficial.
Y ahí es donde el discurso de la 4T —ese que prometía erradicar los privilegios, castigar la corrupción y moralizar la vida pública— se desmorona por su propio peso… otra vez. Porque en cualquier sistema mínimamente funcional, ante la duda se investiga, se separa, se revisa. Aquí ocurre lo contrario: se protege, se recicla, se eleva. Y cuando ese patrón se repite, deja de ser excepción para convertirse en regla… no escrita, pero perfectamente ejecutada.
Ahí están los nombres: Ignacio Ovalle, responsable de Seguridad Alimentaria Mexicana (Segalmex), uno de los mayores escándalos de desvío de recursos en este sexenio, fue retirado discretamente y reubicado sin consecuencias reales. Ahí está Manuel Bartlett, señalado reiteradamente por conflictos de interés, permaneciendo intocable al frente de la CFE. Ahí está Rocío Nahle, con cuestionamientos sobre la refinería de Dos Bocas y aun así premiada con una candidatura y una gubernatura. Y ahora, el turno de Luisa María Alcalde. La lista no es casual. Es instructiva.
El mensaje no podría ser más claro: en la 4T no se castiga el error, se administra la lealtad. El famoso “90% lealtad, 10% capacidad” que en su momento enunció Andrés Manuel López Obrador no era una ocurrencia: era un manual operativo. Y Claudia Sheinbaum no lo ha corregido; lo ha institucionalizado con mejores modales.
Porque lo que empieza a perfilarse en su gobierno no es una ruptura con el obradorismo, sino su consolidación burocrática. Una suerte de continuidad disciplinada donde el margen de maniobra está acotado por una red de lealtades previas que no se pueden —o no se quieren— tocar. Ese es el verdadero mal de este país. No el discurso. La estructura.
No es solo quién ocupa los cargos, sino bajo qué lógica operan. Cuando la pertenencia sustituye al desempeño, el sistema deja de optimizar resultados y comienza a blindar fidelidades. La rendición de cuentas se vuelve irrelevante, porque lo que está en juego no es la eficacia, sino la cohesión interna del grupo en el poder. Una cohesión, por cierto, bastante selectiva.
Eso tiene un costo. Y no es abstracto. Tiene costo en decisiones mal tomadas, en instituciones debilitadas, en errores que no se corrigen porque hacerlo implicaría reconocerlos —pecado capital—. Tiene costo en un Estado que deja de aprender de sus fallas porque ha decidido premiarlas. Y tiene un costo político creciente: la pérdida de credibilidad… aunque el aparato insista en negarla.
Porque la narrativa oficial exige algo cada vez más complejo: que la realidad no importe. Que se crea en la austeridad mientras Morena recibe miles de millones. Que se crea en la honestidad mientras los casos incómodos se archivan. Que se crea en la transformación mientras los mecanismos son exactamente los mismos… o ligeramente más sofisticados.
El problema —para ellos— es que la acumulación de contradicciones empieza a ser demasiado visible. Incluso para quienes prefieren no ver.
Giros de la Perinola
(1) Luisa María Alcalde dijo que solo dejaría Morena si “la presidenta se lo pedía”. Se lo pidió. Y su respuesta fue pedir tiempo: “deme un ratito para pensarlo”. Un ratito. Horas después, ya estaba agradeciendo la oportunidad y aceptando el nuevo encargo. En la 4T, hasta la obediencia tiene dramaturgia… y tiempos perfectamente ensayados.
Pero el fondo es otro: el poder no se discute, se acata. Y si alguien duda unos minutos… tampoco pasa nada. Porque al final, lo único que importa es alinearse. Rápido o lento, pero alinearse.
(2) Ahora bien, hablemos de austeridad —ese concepto tan útil en el discurso y tan elástico en la práctica—. Morena ha recibido en los últimos años más de 30 mil millones de pesos en financiamiento público. Tan solo en 2026, alrededor de 2,700 millones, lo que representa cerca del 40% del total destinado a partidos políticos. El partido “austero”. Entre comillas, por supuesto. Y luego se sorprenden de que el sistema de partidos sea caro…
(3) Frente a eso, cabe una pregunta básica: ¿cuál es el presupuesto de la Consejería Jurídica de la Presidencia? Porque uno supondría que el órgano encargado de sostener jurídicamente al Ejecutivo opera con menos recursos… pero con más rigor. Mas suponer, en la 4T, es un deporte de alto riesgo. Casi extremo.
(4) Y mientras el oficialismo administra ascensos —y congeladoras elegantes—, en política exterior acumula silencios costosos. Claudia Sheinbaum tuvo una oportunidad elemental: reconocer la muerte de agentes estadounidenses en Chihuahua. No lo hizo.
Del otro lado, Donald Trump —siempre atento a capitalizar vacíos— ya acusó recibo de este silencio. La factura puede venir después. O la fractura… Porque en diplomacia, lo que no se dice también se paga. Y suele cobrarse con intereses.
(5) Y mientras Palacio guarda silencio, Bloomberg adelanta movimientos en la embajada de México en Washington antes que la propia cancillería.
La pregunta es inevitable: ¿quién está informando afuera lo que se decide adentro?, ¿y quién, desde Palacio Nacional, filtra… o bloquea? Porque alguien, claramente, sí está jugando.
(6) Por si fuera poco, la doble moral del régimen obradorista (ahora con sello claudista) vuelve a asomarse: el oficialismo se escandaliza por la presencia de un puñado de agentes de la CIA en México. Dos, tres, cuatro. Escándalo nacional.
Pero investigaciones periodísticas —como las de Dolia Estévez— han documentado la masiva presencia de agentes rusos operando bajo cobertura diplomática en el país. Ahí no hay escándalo. Ahí hay silencio. Silencio cómodo.
O todos coludos… o todos rabones.
Nada de eso. La 4T ha optado por algo más rentable: indignarse de forma selectiva. Señalar cuando conviene. Callar cuando también conviene. Y gobernar, siempre, según convenga.
Ese es el verdadero manual del poder. No el que se predica. El que se ejerce.






