Como se había anticipado, la presidenta Claudia Sheinbaum no asistió a la inauguración del Mundial de la FIFA. Su lugar fue tomado por Salma Hayek, quien apareció junto a Gianni Infantino, presidente de la organización. Tampoco estuvo presente Clara Brugada, ni representantes del gobierno federal ni local. Se le ha echado de menos, pues con excepción de Nelson Mandela en 2010, todos los jefes de Estado y/o de gobierno de países sede han estado en los momentos inaugurales.
Por el contrario, optaron por un sitio particular donde montaron unas carpas, cantaron los dos goles de la selección mexicana y se hicieron unas fotos con simpatizantes, y así evitaron cualquier tipo de expresiones o signos de repudio por parte de los asistentes. ¿No deben los políticos tener la piel resistente ante signos de rechazo? ¿No son gajes del oficio de la actividad pública?
Su ausencia ha sido, a mi juicio, un error. En primer lugar, el Mundial es el evento deportivo más popular en el mundo, y es sobremanera especial para la inmensa mayoría de los mexicanos, donde muchos, a pesar de que no siguen cada fin de semana los partidos de la liga, esperan con ansías el silbatazo de inicio para ponerse la camiseta verde, pintarse el rostro con los colores nacionales y salir a las calles para celebrar el triunfo, empate o derrota de la selección.
Según declaró Sheinbaum, lo hizo para ver el partido “con la gente”, con el mensaje de siempre: ella está con el “pueblo”, despreciando así un evento de gigantesca envergadura sin colores partidistas que hubiera servido de enorme reflector para mostrar al planeta que México, a pesar de sus problemáticas, es un país digno de ser la sede del Mundial, y que su presidenta es su orgullosa representante.
En segundo, México fue protagonista y sede del partido inaugural. Otra cosa se habría dicho si Sudáfrica hubiera sido el anfitrión, pues habría sido excesivo esperar que la presidenta mexicana viajara a ese país, como no se le habría reclamado a Felipe Calderón si no lo hubiera hecho en 2010. Al final, lo hizo. El partido del jueves fue, en contraste, en el Estadio Azteca, en el corazón de la capital mexicana, lo que solo ha tenido lugar en tres ocasiones; en 1970, en 1986 y ahora, en 2026.
Sheinbaum se ha perdido la ocasión de mostrar la estatura de México y la trascendencia histórica de mostrarse como la primera mujer presidenta de este país. Sin embargo, la jefa del Estado mexicano tendrá la oportunidad de enmendar su error. Podrá acudir, si lo desea, a alguno de los partidos que tendrán lugar dentro de las próximas semanas. Quizás el México vs. Corea o México vs. República Checa, en Guadalajara y la Ciudad de México, respectivamente. Debería hacerlo. ¿Qué mejor que ver a la presidenta de México en el partido que definirá la clasificación a la primera fase eliminatoria?
En conclusión, Sheninbaum ha cometido un error. Se ha perdido la mejor ocasión. Sin embargo, no debe perder las oportunidades que le quedan. Deberá sacudirse, aunque sea por un par de horas, la vestimenta populista, y así abrazar a todos los mexicanos en uno de los eventos que mayor fuerza unificadora ejercen. No importa que la presidenta sea de un color u otro. Es la jefa del Estado y lleva el orgullo de una nación.


