“El poder tiende a concentrarse en manos de quienes no saben soltarlo”.
Raymond Aron
“Y cuando llegue el día que tengamos que elegir,
habrá que pensar en la libertad”.
Chavela Vargas
La caballada no es que esté flaca. Está contenida. Encapsulada. Vigilada. Por primera vez en décadas, en el segundo año de gobierno no se distinguen herederos claros —en este caso— rumbo al 2030. A estas alturas, históricamente, ya había señales claras de posibles candidatos: filtraciones, posicionamientos, encuestas sembradas, entrevistas “casuales”, gobernadores inquietos. Hoy no. Hoy, hay una calma forzada que huele más a disciplina vertical que a armonía interna.
Eso no es estabilidad. Es contención.
Y es que Morena no funciona como partido con corrientes institucionalizadas. Funciona como movimiento cohesionando alrededor de un liderazgo fundador que, aunque formalmente retirado, sigue siendo el eje gravitacional.
La presidenta gobierna sin romper con él. No lo contradice, no lo desplaza, no lo corrige públicamente. Y la lealtad hacia arriba inhibe, hoy por hoy, ambiciones hacia adelante.
Y cuando en política la ambición no encuentra cauce, no desaparece: se acumula. Se guarda. Se organiza en silencio. Las fracturas no se anuncian; se preparan. Luego, explotan.
El primer indicio de que algo se mueve no está en Palacio Nacional. Está en el partido. Todo apunta a que Luisa María Alcalde no terminará consolidándose como dirigente de Morena. Hay ruido interno, hay desgaste, hay una percepción creciente de que el partido perdió dinamismo territorial. Morena no puede darse el lujo de parecer un aparato burocrático cuando su principal capital es el movimiento mismo.
Se especula, entonces, con el regreso de Mario Delgado. Y aunque no lo descarto, pienso que esa decisión olería a reciclaje. Lo que Morena necesita es control, no transición cosmética.
Por eso mi apuesta es otra: Martí Batres. No por carisma. Por método. Por disciplina. Batres es orgánico. Es militancia pura. Es aparato. Y Morena, como el viejo PRI al que tanto juró combatir, entiende perfectamente que quien controla la dirigencia controla las listas, las candidaturas, las reglas internas y los tiempos. La presidencia del partido es antesala de la otra presidencia. Primero el engranaje. Luego la boleta.
Si Batres llega a la dirigencia, no será para administrar derrotas municipales. Será para preparar el 2030, recuperando a desencantados.
Eso coloca inevitablemente el foco en el otro nombre que ronda en silencio: Omar García Harfuch. Él no es ideología; es eficacia (que yo cuestiono seriamente, pero esa es otra historia). No es militancia; es operación. No es dogma; es orden. Representa la versión administradora de la 4T, la que quiere resultados medibles y narrativa de seguridad. Es electoralmente vendible en sectores urbanos que Morena no puede darse el lujo de perder. Es atractivo para sectores fuera de Morena, en la mal denominada oposición. Pero nunca ha sido parte del núcleo doctrinario. No es fundador, no es histórico, no es “de los nuestros” en la liturgia interna de Regeneración Nacional. Su ascenso implicaría desplazar a la ortodoxia en favor del pragmatismo. Por lo mismo, podría atraer muchos votos.
Y ahí está la grieta.
Batres encarna la pureza doctrinaria. García Harfuch la funcionalidad operativa. Uno habla de movimiento. El otro de gobernabilidad. Uno le habla a la base dura. El otro a la clase media nerviosa de todo el país.
La sucesión de 2029 sería la primera sin Andrés Manuel López Obrador como árbitro directo del proceso interno. Y Morena no ha demostrado que pueda procesar competencia real sin la figura del fundador como gran elector. Sin árbitro, el partido podría descubrir que es menos monolítico de lo que presume.
Ahora bien: conviene también despejar fantasías.
Marcelo Ebrard ya jugó la partida grande. En Morena no hay repechaje presidencial. El mensaje interno fue claro: la oportunidad fue 2023. La historia no se reescribe dos veces.
Gerardo Fernández Noroña es útil como ariete discursivo, no como figura de consenso. Su papel es tensar, no cohesionar. Polariza con eficiencia, pero sumar mayorías requiere algo más que volumen. Otros nombres orbitan, pero sin sincronía política. Y en política, el timing lo es todo.
Mientras tanto, la oposición parece debatirse entre aprender o repetir el error.
En 2024 se desgastaron perfiles antes de consolidar uno. Se confundió la deliberación entre Beatriz Paredes y Xóchitl Gálvez con canibalismo. Si repiten el esquema, el 2030 podría decidirse antes de empezar.
Hay figuras que comienzan a incomodar al oficialismo con demasiada anticipación como para que sea casual.
Grecia Quiroz ha sido blanco reiterado de Gerardo Fernández Noroña, pero también de TODO el aparato institucional y el digital morenista. El patrón es claro: ataques preventivos, descalificaciones personales, intento de encapsular su crecimiento. En política nadie invierte tanta energía en destruir a quien considera irrelevante. Si la buscan descarrilar ahora, es porque alguien ya la proyecta compitiendo más adelante.
También está Lilly Téllez, con un discurso frontal que entusiasma a una base pero genera resistencia en sectores moderados.
Y Alessandra Rojo de la Vega, que ha construido capital simbólico sin la mochila de los partidos tradicionales y con narrativa de resiliencia frente a ataques incluso físicos.
O un actor antisistema como Ricardo Salinas Pliego podría capitalizar el hartazgo si el sistema partidista insiste en cerrarse sobre sí mismo. Cuando los partidos se blindan, el outsider se fortalece.
Y ahí aparece otra variable: Samuel García. Popular, mediático, con discurso de modernidad ligera que conecta con sectores jóvenes. Si decide competir de nuevo, puede fragmentar el voto opositor lo suficiente para que Morena gane aun en medio de su propia tensión interna. Ahí vale la pena recalcar: oposición no carece de nombres. Carece de jerarquía.
La silla de Morena empieza a moverse antes que la del Águila. Y si quien controle el partido define al candidato, y quien define al candidato define el país, entonces ambas sillas podrían terminar siendo indistinguibles.
Giro de la Perinola
La Perinola gira y dice: fractura.
Si Morena llega a 2029 con choque interno entre aparato y pragmatismo, entre ortodoxia y eficacia, aparecerá la tentación del “salvador”. Y aquí no estamos hablando en abstracto. Hablo de Andrés Manuel López Obrador.
El expresidente que oficialmente vive retirado en La Chingada, en Tabasco. El que dice estar dedicado a escribir. El que “ya no se mete” sigue siendo referencia obligada en cada decisión estratégica del movimiento.
El populismo no se jubila: espera. Vale la pena prestar atención: si la narrativa interna se convierte en “solo él puede garantizar la unidad”, la presión para reinterpretar las reglas / la legislación constitucional podría emerger bajo el argumento más poderoso de todos: que el pueblo decida. Reformas constitucionales profundas ya hemos visto. El discurso sería continuidad, estabilidad, mandato popular.
¿Imposible? No.
Ahí está el precedente de Donald Trump: regreso, polarización capitalizada, movimiento que no sobrevive sin el líder.
En México, el verdadero precandidato de 2030 podría no estar recorriendo el país ni dando entrevistas. Podría estar quitado de la pena en Tabasco. En La Chingada. Esperando que la fractura haga su trabajo.






