“El que parte y reparte, se queda con la mejor parte.”
Refrán popular
“El pasado nunca está muerto. Ni siquiera es pasado.”
William Faulkner
En la Secretaría de Educación Pública ya no se educa. Se administra basura política. La SEP no forma, no corrige ni transforma. Encubre, recicla y normaliza.
Y cuando la educación se convierte en botín, el daño no es discursivo: es generacional. Se vuelve épico.
Lo que ocurre hoy en la SEP no es un error ni un exceso: es un método. Morena convirtió a la dependencia en un depósito de problemas: funcionarios incómodos, lealtades tóxicas y radicales ideológicos que ya no caben en ningún otro lado.
El caso más obsceno es el de Francisco Garduño, recientemente nombrado director general de los Centros de Formación para el Trabajo en la Secretaría. Sueldo: alrededor de 113 mil pesos mensuales. Currículum educativo: irrelevante. Historial político: una tragedia humana.
Sí, el mismo Garduño cuya gestión frente al Instituto Nacional de Migración quedó marcada por el incendio de la estación migratoria en Ciudad Juárez, donde murieron 40 personas bajo custodia del Estado mexicano. El mismo funcionario imputado por ejercicio ilícito del servicio público, cuyo proceso penal sigue abierto. A B I E R T O.
Aun así, Mario Delgado, secretario de Educación Pública, lo calificó sin pudor como un “funcionario ejemplar”. Ejemplar, sí: ejemplo de cómo en la 4T la lealtad lava la inmundicia.
No se trata de legalidad. Mientras no exista sentencia firme, Garduño puede ocupar un cargo público. La presunción de inocencia existe. Lo que no existe es la vergüenza política. El mensaje es brutal: en este régimen, la tragedia no inhabilita; protege, premia.
El mensaje también va dirigido a los propios cuadros de Morena: no importa tu trabajo ni tu trayectoria; importa a quién le debes el cargo.
Así, la SEP dejó de ser una institución cuya misión es la educación para convertirse en área de contención de crisis internas. Garduño no llega por mérito ni por experiencia, sino porque ya no sabían dónde esconderlo sin que el escándalo fuera mayor. Y hoy, la SEP sirve exactamente para eso: esconder.
El caso de Marx Arriaga confirma el patrón. No estamos ante un ideólogo apasionado, sino ante un cuadro radicalizado que se siente acorralado. Su llamado a crear “comités de defensa” de la Nueva Escuela Mexicana no es pedagógico: es militancia disfrazada de política educativa.
Para Arriaga, la educación es secundaria. Lo importante es la trinchera, el enemigo, la épica. La derecha, la ultraderecha, la OCDE, la Coparmex, el FMI. Todos conspiran. Todos justifican su permanencia. ¿La realidad? El único que trata de justificar —sin éxito— su sueldo es el mismísimo Arriaga.
Lo más delicado es que, en ese discurso, Arriaga reta implícitamente a su propio gobierno. Al acusar a la administración de Claudia Sheinbaum de no ser suficientemente “obradorista”, no solo desordena la SEP: desafía al poder que lo sostiene. Muerde la mano que le da de comer.
La educación nunca fue prioridad para Regeneración Nacional. Nunca.
La SEP se convirtió en la bodega de las lealtades incómodas: ahí se manda a quienes no se sanciona ni se corrige, sino a los que se reciclan. No para educar, sino para adoctrinar, afiliar y disciplinar.
Hoy, en la SEP:
• no se discute aprendizaje
• no se discute rezago educativo
• no se discute abandono escolar
• no se discute el desastre en matemáticas y comprensión lectora
Se discute el poder. Se hace de todo menos el diseño y gestión de un modelo educativo.
Garduño no sabe de educación. Arriaga no quiere educación.
Delgado administra políticamente la dependencia, más atento a que el SNTE afilió más de un millón de maestros a Morena que a las condiciones reales en las que esos docentes viven y enseñan.
En la SEP nadie habla de educación porque no es el objetivo. El foco es otro: ser un refugio. Un clóset. Un estacionamiento de funcionarios problemáticos.
Giros de la Perinola
(1) El nombramiento de Garduño y la radicalización de Arriaga no son hechos aislados. Son síntomas tempranos del choque inevitable entre el progreso y el obradorismo (hoy claudismo).
(2) En el gobierno se comenta —en voz baja— que la SEP se ha convertido en un campo de prueba: hasta dónde puede tolerarse la impunidad heredada y el desorden ideológico sin pagar el costo completo.
(3) Un trascendido: alguien va a caer, pero no necesariamente quien debería. Garduño está blindado por el pasado. Arriaga se protege radicalizando. Y Mario Delgado empieza a perfilarse como el fusible perfecto.
(4) Si la presidenta no ordena la SEP, la SEP terminará por desordenar su gobierno. Porque cuando un régimen convierte la educación en basurero político, no solo fracasa: se exhibe.






