No hay prensa ni periodista excluido de la posible desinformación, de las narrativas malintencionadas y de las noticias falsas. Esta tendencia se convierte en una amenaza democrática cuando medios de prestigio, sin confirmación o evidencia suficiente, construyen interpretaciones sobre hechos que sí sucedieron, pero cuya explicación podría ser distinta a la que publican.
De hecho, el prestigio de grandes medios como CNN ha sido, paradójicamente, parte de la receta para las noticias falsas. Su método para hacer periodismo puede ser riguroso gracias a la capacidad, infraestructura, conocimiento y periodistas que, siguiendo la ciencia de la información y su ética, sostienen normalmente la veracidad de un contenido. Precisamente por eso, cuando una narrativa errónea logra instalarse desde plataformas con legitimidad internacional, su impacto es mucho más profundo.
El escándalo sobre la CIA nos obliga a comprender algo: además de las guerras de capos en las calles, existen esfuerzos criminales dentro de la guerra de narrativas e información. Tienen periódicos, tienen influencers, tienen inversión y tienen interés en hacer que las personas crean su versión de los hechos.
Esa versión intenta convencernos, desde fuentes norteamericanas, de que agentes de la CIA, en operaciones de inteligencia dentro de territorio mexicano, provocaron la explosión de un vehículo en los alrededores del AIFA en la que murió “El Payín”, identificado como presunto integrante del Cártel de Sinaloa, durante el mes de marzo.
La historia fue difundida sin evidencia pública verificable, pero encontró una enorme caja de resonancia por el contexto de tensiones que vive la relación entre México y Estados Unidos. La coyuntura está marcada por agentes de la CIA fallecidos en un accidente en Chihuahua por quienes la gobernadora Maru Campos enfrentará juicio político, acusaciones legales contra un gobernador electo, algo inédito, investigaciones que advierten que irán por más narcopolíticos y una creciente exigencia de resultados contra el crimen organizado.
El hecho es que entre más se analiza el caso, a pesar de que la CNN sostenga su publicación, más parece que se trata de una operación de desinformación impulsada por intereses criminales que buscan minar la credibilidad de las autoridades mexicanas, particularmente la de Omar García Harfuch, quien hoy es el principal interlocutor operativo con Estados Unidos en materia de seguridad. El secretario ha sido serio, honesto y franco. Tiene muy claro que el liderazgo de la presidenta Claudia Sheinbaum es el de la soberanía y que también se reconstruye soberanía cuando se le quita poder al crimen organizado para reconfigurarlo hacia donde corresponde que es hacia el Estado como aquel que detenta el monopolio de la violencia según nuestro contrato social fundacional que es la Constitución.
La reacción oficial, tanto del gobierno estadounidense como de la Secretaría de Seguridad y Protección Ciudadana, ha sido coordinada en cuanto a que la información es falsa. Si pensamos en los intereses a los que puede responder una interpretación de ese nivel, encontraremos que sería el pretexto perfecto para que otros criminales pudieran desatar olas de violencia, justificando su actuar en nombre de la defensa a la soberanía de México y que en esa enorme contradicción, pudieran encontrar comunidades justificando la reacción. Lo que sí existe, según las autoridades mexicanas, es cooperación bilateral e intercambio de inteligencia. Lo que no existe, al menos oficialmente, son operaciones unilaterales estadounidenses ejecutadas al margen de las instituciones mexicanas.
El caso más emblemático de esa cooperación reciente ha sido el operativo contra Rubén Oseguera Cervantes. Fuentes de seguridad reconocen que agencias estadounidenses facilitaron inteligencia clave para ubicar movimientos, logística y estructuras cercanas al líder del CJNG. Sin embargo, el trabajo operativo correspondió a autoridades mexicanas. Así ha funcionado buena parte de la coordinación bilateral en años recientes.
Gran parte de esa interlocución se mantiene con el United States Northern Command, estructura del Departamento de Defensa encargada de la coordinación estratégica regional con México y Canadá. A través de esos canales se comparte inteligencia para la intercepción de cargamentos de droga, tráfico de armas, identificación de laboratorios clandestinos y seguimiento financiero de organizaciones criminales.
La desinformación se ha sembrado desde Estados Unidos, pero posiblemente, no desde actores oficiales sino desde el propio crimen organizado. Hoy el imperativo democrático, soberano y autónomo es confiar en Omar García Harfuch; creer en su palabra cuando asegura que no existe intervención de la CIA en ese nivel y confiar también en que, si alguien tiene capacidad de defender la soberanía en seguridad, es él.
Lo que García Harfuch publicó en sus redes sociales buscó fijar precisamente esa idea: cooperación sí, subordinación no. En momentos de alta tensión, la disputa no es únicamente por los hechos sino por la interpretación legítima de los hechos.
Su trabajo excepcional da cuenta de ello. Más allá de los resultados, que han sido muchos y de primer nivel, Omar García Harfuch se ha ganado el respeto y la legitimidad en la interlocución con sus pares estadounidenses, así como el de la gente. Pero también, al perfilarse como una figura política con proyección hacia 2030, se ha convertido automáticamente en un blanco de ataques, filtraciones y desgaste narrativo que en el fondo, dañan también a la presidenta, al país y al Estado mexicano.
La muerte de agentes estadounidenses en Chihuahua fisuró una relación bilateral ya tensionada por investigaciones contra políticos mexicanos y por crecientes presiones para acelerar acciones contra estructuras criminales. En ese contexto, cualquier insinuación sobre operaciones clandestinas estadounidenses dentro de México adquiere una dimensión explosiva. Por eso, la rapidez de las autoridades para contener la narrativa antes de que escalara, y también por eso, nuestra responsabilidad en analizar la lógica de los hechos y comprender que pudieron haber gobiernos entreguistas, rendidos, maniqueos con Estados Unidos en el pasado, pero en definitiva, el de la presidenta Sheinbaum no es uno de ellos. No solo por creer como acto de fe, sino porque realmente, así es. Este episodio no debe leerse como una simple especulación mediática. En la nueva guerra entre gobiernos, organizaciones criminales y aparatos de inteligencia, la propaganda también puede convertirse en un arma profundamente dañina.





