Hace tiempo se estilaba que durante los partidos del Mundial de futbol, sin importar el país anfitrión, en los días que México jugara y coincidiera con clases, los salones se convertían en pequeños estadios. Había “convivios”, era posible olvidarse por unas horas del uniforme, vestir la playera de la Selección Nacional y a veces hasta pedir pizzas.
Eso no lo vivirán las niñas, niños y adolescentes que en este ciclo escolar, cursan estudios en escuelas públicas pues la SEP ha anunciado con menos de un mes de anticipación que las vacaciones llegarán antes para evitar que los traslados habituales y rutinarios de los mexicanos afecten la experiencia turística de los miles de viajeros, principalmente provenientes de Europa, Estados Unidos y Canadá, que serán espectadores mundialistas.
La decisión es comprensible y prácticamente, es una declaración implícita de que la capacidad no es suficiente para albergar partidos, turistas y millones de personas que diariamente necesitan trasladarse para hacer su vida habitual. Principalmente, en la capital, donde a pesar de obras, remodelación, trabajo desde el hogar y estrategias viales, ya se anticipa que podrían venir tiempos caóticos.
Hay bastante que criticar de la medida tomada, primero desde la perspectiva de infancias.
Comenzando porque esta medida destruye el colectivo escolar. Una experiencia como un Mundial de futbol ocurriendo en tu país cuando eres una niña o niño que asiste a escuela pública es una ocasión especial para construir tejido social y experiencia compartida, para vivirlo igual que el otro. Es una oportunidad pedagógica de construir recuerdos desde lo colectivo y lo relacional, sea mediante el juego o mediante las dinámicas escolares sobre geografía, tradiciones o la cantidad de ideas docentes o sea desde ver partidos, saber que está ocurriendo tu país y adquirir capital cultural. Es un espacio seguro para contener realidades complejas como la imposibilidad de acudir a un estadio por los precios disparados o la soledad que implica tener que estar en casa o en la calle o en un negocio u oficina no habilitado para las infancias, tal vez con un cuidador o con ninguno, porque en el México real hay que trabajar.
El individualismo de la medida tomada por la SEP rompe el tejido de comunidad y lo hace sobrecargar los cuidados en el hogar, habitualmente sostenidos por mujeres, madres, abuelas que también deben trabajar. Encima, expone a niñas, niños y adolescentes a riesgos asociados al consumo de alcohol que es frecuente cuando se trata de futbol.
Durante las copas mundiales de la FIFA, algunos países registran una venta de hasta cinco veces más de alcohol y el consumo incrementa el riesgo exponencial de violencia intrafamiliar, abuso sexual y maltrato infantil. Simplemente se están creando las condiciones perfectas para el caos con tal de guardar apariencias: el consumo de bebidas alcohólicas se proyecta con un aumento de hasta 48% en el gasto de los hogares durante el Mundial 2026 en tanto que el consumo por parte de la pareja es un predictor decisivo de violencia, pues las familias en las que al menos una persona se embriaga, tienen hasta 3.5 veces más riesgo de sufrir violencia severa. La fórmula del individualismo neoliberal es que se relega al hogar la experiencia mundialista de mexicanos por el simple hecho de no ser parte de la élite internacional que merece disfrutar al país durante los días del Mundial, se condena al encierro a los ciudadanos del país anfitrión porque los años previos no sirvieron para anticipar obras y cambios que permitieran coexistir en el mismo espacio a extranjeros y nacionales. En cambio, la respuesta es sacrificar a las niñas, niños y a sus madres.
Las madres que hoy trabajan encima deben investigar qué hacer con sus hijas e hijos. Resulta peor para las que crían de forma autónoma. Sin guarderías, sin dinero adicional, sin tiempo suficiente, un funcionario sin empatía pero sonriente anuncia una “fiesta” que recae sobre los hombros de las que tienen rutinas ya establecidas. La incongruencia de esta medida con el discurso del sistema de cuidados es fuertísima pues las madres no fueron consultadas previamente ni compensadas. El hecho de que un calendario escolar anuncie un ciclo que incumple en el último minuto es una transgresión directa contra quienes dependen de las escuelas para poder cumplir con sus jornadas de trabajo que a veces, ni siquiera alcanzan a ser completas por la necesidad de cuidar.
Ese es el problema de no unificar la política pública y vivir de ocurrencias basadas en el individualismo, que convierte una necesidad humana universal en un problema privado, todo para atender a intereses turísticos y de consumo, en donde la prevención faltó colocándole a las mujeres, madres y abuelas, la imposición de sostener con recursos propios lo que no pudo hacer el gobierno con recursos públicos. La crianza deja de ser comprendida como una tarea social para convertirse en una carga moral y económica atribuida exclusivamente a madres.
El problema es que ya es tendencia. La expansión del individualismo como principio rector de la educación ha transformado profundamente la manera en que se entienden la formación y la responsabilidad colectiva hacia las niñas y los niños. Desde los cambios de libros de texto hasta las escuelas que perdieron horarios extendidos y comedores, la educación privada ha ido ganando adeptos, pues prácticamente la gente está pagando por poder trabajar. Las mujeres más pobres batallan, las autónomas, las trabajadoras. Las madres. Bajo la promesa de libertad, autonomía y autosuficiencia, se ha instalado una lógica que desplaza las obligaciones comunitarias hacia la esfera privada, especialmente hacia las familias y dentro de ellas, desproporcionadamente hacia las mujeres. El resultado no es una sociedad más libre, sino una sociedad más fragmentada, más desigual y más incapaz de sostener la vida común.
Este tipo de medidas y la visión de la SEP no fortalece a las familias; las deja solas. En este modelo, la escuela pierde su dimensión pública y democrática.
El deterioro comunitario se manifiesta en niños que no vivirán una experiencia igual sobre el Mundial, expuestos a riesgos en los hogares o calles o espacios laborales y madres o abuelas adultas exhaustas que sienten que fracasan individualmente en problemas que son estructuralmente colectivos.
Sin conciencia de interdependencia. Con una ficción del individuo autosuficiente que oculta que la autonomía humana siempre descansa sobre redes invisibles de cuidado sostenidas históricamente por comunidades, familias y trabajo afectivo no remunerado.
Condenarlo es defender una ética comunitaria del cuidado e implica decir que con todo y Mundial, tenemos derecho a la ciudad, derecho a la escuela, derecho al trabajo, derecho a transitar y derecho a que los cuidados sean justo sistema comenzando por las políticas de Estado y que si hubo gobiernos que no tomaron medidas para albergar un evento internacional, son ellos los que deberán organizar lo disponible antes de cargarle a las mujeres, madres y abuelas, obligaciones con las que podrían perder empleos y tener que sumarse a la informalidad. Una sociedad que abandona los cuidados al ámbito privado termina mercantilizando la infancia y agotando a quienes sostienen cotidianamente el tejido, aquello es todo menos humanista, todo menos feminista y todo menos amistoso con un sistema nacional de cuidados. Lo peor es que resulta profundamente clasista: las niñas y niños de escuelas privadas sí que podrán recibir el beneficio cultural de compartir aulas presenciando un evento de esta talla, sí que podrán construir memorias compartidas sobre partidos en tanto que son los que menos tienen quienes quedarán relegados a su confinamiento.






