Ayer en su conferencia de prensa mañanera, la presidenta Claudia Sheinbaum dijo que presentará un informe que esclarezca “por el bien de México y de la relación bilateral” la captura del narcotraficante Ismael el Mayo Zambada, ocurrida bajo muy extrañas condiciones en julio de 2024, hace dos años. Diversas fuentes tanto internas como periodísticas han dado cuenta que dicha detención estuvo plagada de hechos contradictorios e ilegales.

La historia más verosímil que se cuenta es la siguiente: el 5 de enero de 2023 fue detenido Ovidio Guzmán, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán. En dicho operativo fallecieron 29 personas: diez militares y 19 presuntos delincuentes. El hijo del Chapo quedó recluido en El Altiplano. Meses después, en septiembre del mismo año, fue extraditado a EEUU; y ahí comienza la historia que posteriormente se traduciría en un ejercicio de injerencia norteamericana nunca antes vista en nuestro territorio.

Estamos hablando de algo totalmente condenable ocurrido durante el periodo del anterior presidente estadounidense, Joe Biden. Lo subrayo porque el tema poco tiene que ver con quién gobierna la vecina nación: el problema es que quienes mandan allá, del partido que sea, se sienten dueños del mundo.

El 11 de julio de 2025, Ovidio se declaró culpable de los delitos imputados por la justicia de EEUU. Distintas fuentes aseguraron que había llegado a un acuerdo porque había aportado información sobre la delincuencia organizada en México. Un año antes se filtró un fuerte rumor que aseguraba que había sido liberado, pero lo que realmente pasó fue que se dio un cambio de estatus en el Buró Federal de Prisiones norteamericano. El hecho es que el presunto delincuente colaboraba con la fiscalía.

Lo anterior se confirmó cuando se detuvo a Ismael Zambada en El Paso, Texas. Antes de que Ovidio se declarara culpable, y con la información que este brindó a las agencias norteamericanas, se organizó un operativo para tenderle una trampa a quien había sido el aliado de su padre durante toda la vida.

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En julio de 2024, Joaquín Guzmán López (hijo del Chapo) invitó al Mayo a una reunión en Sinaloa. Para trasladarse, debían subir a una avioneta; dicha aeronave aterrizó horas después en El Paso, Texas, donde fueron detenidos ambos narcotraficantes. Varios medios manejaron que el Mayo se había entregado, pero según su propia versión, plasmada en una carta, nunca negoció su entrega, sino que, al contrario, fue golpeado y encapuchado; es decir, secuestrado.

El gobierno mexicano nunca tuvo información de este operativo, asunto que por lo menos fue de conocimiento de Ken Salazar, entonces embajador de EEUU en México.

La probable injerencia de las agencias de inteligencia estadounidenses habría traído episodios de violencia en territorio mexicano, en particular en varias ciudades de Sinaloa, que hasta la fecha siguen combatiendo las fuerzas del orden mexicanas.

El conflicto generado por el secuestro del Mayo Zambada ha generado miles de muertes. Estas se habrían evitado si los agentes de Estados Unidos no hubieran entrado a territorio nacional de manera ilegal. Se calcula que la guerra interna del Cártel de Sinaloa ha causado mas de tres mil muertos y alrededor de mil 500 desaparecidos.

Semejante atrocidad ha ocurrido en territorio mexicano también, gracias a que Estados Unidos ha pactado con grupos que considera terroristas. El colmo de la inmoralidad.

El absurdo intervencionismo de EEUU en la FIFA

Aunque el asunto no es tan relevante, conviene recordar que Estados Unidos durante el Mundial de Futbol ha aplicado la misma lógica injerencista en las canchas.

Donald Trump volvió a exhibir su peculiar visión de la autonomía: no respeta ni a instituciones globales cuyas sedes están lejos de EEUU, esta vez manipulando a la FIFA. Tras la expulsión y suspensión del delantero estadounidense Folarin Balogun, Trump llamó personalmente al presidente de la Federación Internacional de Futbol Asociación, Gianni Infantino, para exigir que se revisara el castigo.

Sometida ante la poderosa nación norteamericana, la FIFA suspendió la sanción y Balogun quedó habilitado para disputar el partido de octavos de final contra Bélgica, provocando una dura protesta de la UEFA y de la Federación Belga, que denunciaron una injerencia política sin precedentes en una decisión disciplinaria.

Lo más llamativo fue que la presión política no sirvió absolutamente para nada en la cancha. Balogun fue titular gracias al poder de EEUU, pero el manotazo de la Casa Blanca no pudo alterar el desenlace deportivo: la selección estadounidense cayó estrepitosamente por 4-1 y quedó eliminada.

Si la FIFA se dejó presionar y dobló las manos por temor a incomodar al gigante del norte, los futbolistas de Bélgica no se dejaron amedrentar y demostraron en los noventa minutos que las trampas del mayor poder existente sobre la Tierra pueden ser vencidas con juego limpio.

La FIFA se sometió a EEUU, Sheinbaum no

El contraste es evidente. La FIFA terminó cediendo a las presiones de Donald Trump. A la Selección de Bélgica no le importó y derrotó en la cancha a Estados Unidos.

Claudia Sheinbaum no es la FIFA. En vez de doblarse ante las exigencias del poderoso, las denuncia con total valentía. Frente a una injerencia mucho más delicada que la de dejar sin castigo a un futbolista que lo merecía, la presidenta de México ha optado por mantener una postura firme y sin titubeos ante Washington; jugando limpio, siempre, pero sin amedrentarse, como los belgas en la cancha del estadio de Seattle.

La presidenta volverá a poner hoy el dedo en la llaga con un informe detallado del caso Zambada. Enviará así un mensaje claro: la relación bilateral y la cooperación entre México y EEUU solo pueden construirse sobre el respeto mutuo y el cumplimiento del derecho internacional, nunca sobre actos unilaterales ni presiones políticas.

Frente a la soberbia intervencionista, la soberanía se ejerce con firmeza. En la cancha, EEUU no jugó limpio y perdió por goleada. En su relación con México, si insiste en el juego sucio, tampoco ganará.