“No es lícito preconizar nuestra indiferencia ante su heroica lucha…”
Lázaro Cárdenas, citado por López Obrador en su reaparición tuitera.
“La política es el arte de crear problemas y luego vender la solución”.
Karl Popper
Después de semanas de silencio monacal —ese retiro político que dura exactamente lo que tarda en extrañarse a sí mismo— YSQ reapareció con un tuit digno de museo revolucionario: pidió dinero para ayudar al “hermano pueblo de Cuba”. Sí, leyó usted bien. Un expresidente mexicano convocando —función que ya NO le corresponde desempeñar— a depositar dinero en una cuenta bancaria para auxiliar a un régimen que lleva más de seis décadas generando escasez, represión y propaganda.
La escena es casi entrañable: el líder de la austeridad republicana convertido en promotor de colectas internacionales, apelando a la épica latinoamericanista mientras pasa discretamente el número de cuenta de Banorte…
Pero no se engañe: este no es un gesto romántico. El tuit tiene varias capas. Y ninguna tiene que ver de hecho con el pueblo cubano.
En realidad, detrás del mensaje hay cuatro razones bastante menos heroicas.
Primera razón: la vieja discursiva engañabobos
AMLO nunca ha podido resistirse a la nostalgia revolucionaria. Esa en la que todo régimen que se diga antiimperialista merece defensa automática, aunque lleve décadas reprimiendo a su propio pueblo. La liturgia es conocida: São Paulo, revolución bolivariana, soberanía latinoamericana, bloqueo imperialista y toda la colección de consignas que sirven para justificar cualquier cosa… excepto la libertad.
El problema es que la verdad es ligeramente incómoda para esa narrativa. Porque defender al gobierno cubano no es defender al pueblo cubano. Es abogar por un régimen autoritario que lleva generaciones enteras prohibiendo elecciones libres, encarcelando disidentes y racionando comida.
Pero en el universo retórico del obradorismo eso es un detalle menor. Lo importante es mantener viva la mística revolucionaria, aunque la revolución lleve décadas convertida en burocracia militarizada.
En ese sentido, el tuit es casi un acto de nostalgia ideológica. Una especie de reunión de exalumnos de la izquierda latinoamericana, solo que el curso terminó hace treinta años.
Segunda razón: ese gran ego
La política mexicana tiene muchas constantes, pero pocas tan confiables como el ego de López Obrador. Después de todo, el hombre que prometió retirarse discretamente de la vida pública ya lleva varias reapariciones cuidadosamente calculadas y, todavía más, monumentos al narcisismo. Yo he contado ya cuatro ocasiones.
La explicación es sencilla: extraña los reflectores. Y qué mejor manera de conseguirlos que picándole la cresta a Donald Trump desde la cómoda seguridad del retiro tropical. Chicle y pega.
La estrategia es clara: provocar al presidente estadounidense, colocarse nuevamente en el centro del debate y volver a interpretar el papel que más le gusta: el del líder latinoamericano enfrentando al imperio.
Pero hay un pequeñito problema con el plan. Trump es probablemente el político más pragmático del planeta. Y nada en su historial sugiere que vaya a dedicarle un segundo de atención a un expresidente mexicano cuyo prestigio internacional no atraviesa precisamente su mejor momento… Spoiler: Trump no lo va a pelar por más que haya sido su viejo amigou y quien desconoció la victoria de Joe Biden durante casi dos meses.
Tercera razón: la prosaica vacuna
Aquí la épica se vuelve prosaica. En los últimos años, los gobiernos aliados del llamado eje bolivariano —Cuba, Venezuela, Bolivia, Nicaragua— han sido también territorios fértiles para negocios políticos y redes de influencia mucho muy corruptas. Digamos que hacen palidecer a regímenes “de abolengo” rusos, chinos, de los Balcanes.
No es ningún secreto que los vínculos entre esas élites y distintos sectores del poder latinoamericano —me refiero específicamente a ciertos personajes de la crema y nata del morenismo— han producido fortunas mal habidas y sumamente considerables. Por eso resulta tan interesante que el autoproclamado paladín de la “honestidad valiente” se convierta ahora en uno de los más fervientes defensores del régimen cubano.
Porque casualmente cuando la justicia estadounidense comienza a acercarse a las redes de narcopolítica en América Latina, a hurgar en los muy sucios negocios de todos estos individuos, de sus amigos y sus familiares, las solidaridades ideológicas se vuelven súbitamente muy intensas.
Digamos que el romanticismo revolucionario a veces funciona también como póliza de seguro. Lo resumo: la DEA cada vez está más cerca y más al acecho de la 4T.
Cuarta razón —y la más importante—: Harfuch
Pero el verdadero destinatario del tuit no está en La Habana. Está en México. Más concretamente: se llama Omar García Harfuch.
En Morena comienza a ser evidente algo que incomoda al obradorismo original: el crecimiento político de figuras que no provienen del núcleo ideológico del movimiento. García Harfuch crece como la espuma en popularidad. Lo secunda Marcelo Ebrard.
Y eso genera una ansiedad comprensible en quienes creen que la sucesión de 2030 debería quedar exclusivamente en manos de los “puros”. Empezando por López Obrador.
El tuit, leído así, funciona como un silbato ideológico. Un recordatorio para los morenistas de sepia —los del movimiento original— de cuáles son los valores “auténticos”: antiimperialismo, revolución latinoamericana, fidelidad al credo.
En otras palabras: un mensaje interno. Les dice: “pónganse las pilas”. Algo así como: “ojo con los priistas reciclados que ahora quieren heredar la revolución”.
El daño colateral: Sheinbaum
Todo esto tiene un efecto político inevitable (no que a AMLO le importe un bledo). Debilita a Claudia Sheinbaum.
Cada reaparición de López Obrador ocurre justo cuando la presidenta intenta marcar su propia línea —para bien o para mal; sea efectiva o no— frente a Washington. Cuando habla de cabeza fría. Cuando habla de soberanía sin estridencias. Cuando habla de paz; de cooperación internacional. Cuando intenta navegar la relación con Trump con pragmatismo.
Y entonces aparece AMLO… agitando la bandera revolucionaria desde X. ¡Lógico! ¡Él es el primer detractor de la estrategia OGH!
Pero hay otra capa que complica todavía más el tablero. Porque, aunque Sheinbaum sea la heredera política más pura del obradorismo —morenista de origen, de convicción y de biografía— tampoco parece particularmente entusiasmada con la idea de que el movimiento termine heredado a Omar García Harfuch.
Para la presidenta, como para muchos dentro del obradorismo histórico, el problema no es solo electoral sino casi identitario: García Harfuch representa la eficacia tecnocrática, la seguridad dura y el pragmatismo político, pero no la narrativa fundacional del movimiento. No es parte del mito de origen.
Dicho sin rodeos: para buena parte del morenismo de cepa, entregar la sucesión a Omar García Harfuch sería como ceder la revolución a alguien que nunca marchó en ella.
Y ahí está el dilema. Porque mientras el obradorismo quiere preservar la pureza del movimiento, la política —esa ingrata— premia cada vez más a los perfiles que sí ganan elecciones.
Giros de la Perinola
(1) Fíjense ustedes: hay detalles deliciosamente irónicos en toda esta historia. Por ejemplo: la velocidad con la que apareció la asociación civil que recibirá las dichosas donaciones. Casi un récord burocrático nacional.
Curioso en un gobierno que dedicó seis años a destruir fideicomisos y asfixiar organizaciones civiles legítimas bajo el argumento de combatir la corrupción.
Pero, ¡magia!, cuando la causa es revolucionaria, la tramitología desaparece. Milagros administrativos.
(2) Hay otra ironía aún mayor. Mientras los cuatroteros se preparan para explicar por qué hay que defender a Cuba del imperialismo, el propio gobierno cubano busca acuerdos con Washington.
El resultado es casi poético: La Habana negociando con Estados Unidos y los trasnochados mexicanos defendiendo una revolución que ya ni sus propios protagonistas parecen tomarse demasiado en serio.
Se los bailaron, señores obradoristas; se los bailaron.
La geopolítica tiene estas cosas.
Los morenistas terminarán siendo los últimos en enterarse de que la revolución ya se fue a dormir.





