Hay momentos en la vida pública de una nación en los que conviene recordar que la soberanía no depende del tamaño de una nación, de su poder económico o de su capacidad militar. Depende de la decisión de un pueblo de gobernarse a sí mismo y de hacer valer sus instituciones.
Aquellas voces que, fuera de nuestro país, cuestionan al Gobierno de México sugiriendo cómo debe conducirse nuestra estrategia de seguridad, abren nuevamente un debate que trasciende coyunturas políticas. En el caso nuestro, no se trata únicamente de responder a una crítica, sino de reafirmar un principio que ha acompañado a México desde su nacimiento como nación independiente: las decisiones de los mexicanos corresponden exclusivamente a los mexicanos.
Ante esas voces, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido clara y serena. México es amigo de todos los pueblos del mundo. Sin embargo, la amistad entre naciones sólo puede construirse desde el respeto mutuo. La cooperación internacional nunca debe confundirse con subordinación, ni el diálogo con la renuncia a nuestra capacidad de decidir.
La historia de nuestro país nos ha enseñado el enorme valor de la autodeterminación. Desde la defensa de nuestra independencia hasta la consolidación de nuestra política exterior basada en la no intervención, México ha demostrado que es posible mantener relaciones de colaboración con otras naciones sin renunciar a sus principios. Esa tradición diplomática sigue vigente y constituye uno de los mayores patrimonios de nuestro Estado.
En el caso de Estados Unidos, es natural que dos países con una frontera de más de tres mil kilómetros compartan preocupaciones comunes. La seguridad, la migración, el comercio y el combate al crimen organizado exigen coordinación permanente. Sin embargo, también es cierto que ninguno de estos desafíos puede analizarse desde una sola perspectiva. El tráfico ilegal de armas que cruza hacia México, el lavado de dinero y el consumo de drogas forman parte de una realidad compartida que demanda responsabilidades compartidas.
Por ello, reducir un problema de carácter transnacional a señalamientos unilaterales no contribuye a construir soluciones. La cooperación eficaz requiere reconocer que existen obligaciones para ambas partes y que ningún país puede asumir por sí solo el costo de enfrentar fenómenos criminales que operan más allá de las fronteras.
México ha optado por fortalecer sus instituciones, consolidar su estrategia de seguridad y mantener abiertos los canales de diálogo con sus socios internacionales. Esa es la ruta correcta: cooperación sí, imposición no.
Creo firmemente que la defensa de la soberanía no debe entenderse como un acto de confrontación, sino como una responsabilidad constitucional. Defender nuestra independencia significa proteger el derecho de las y los mexicanos a decidir democráticamente el rumbo de nuestra nación, respetando el Estado de derecho y fortaleciendo nuestras instituciones.
La relación con Estados Unidos seguirá siendo estratégica por razones económicas, geográficas y sociales. Millones de familias comparten historias, trabajo y sueños a ambos lados de la frontera. Precisamente por ello, esa relación debe construirse sobre el reconocimiento de que somos dos países soberanos, con responsabilidades comunes y con pleno respeto a las decisiones internas de cada nación.
En tiempos donde la polarización suele dominar la conversación pública, conviene recordar que la fortaleza de México no radica en responder con estridencia, sino en actuar con firmeza institucional.
La soberanía no necesita discursos altisonantes, sino instituciones sólidas, diálogo respetuoso y un pueblo consciente de que su destino no puede decidirse fuera de sus fronteras. Ese ha sido, y debe seguir siendo, el compromiso del Estado mexicano.





