“Cuando lo público se vuelve familiar, deja de ser público”.
Michael Walzer
“El privilegio más eficaz es aquel que no se percibe como tal”.
Pierre Rosanvallon
“No veo ningún abuso de mi parte, lo que veo es mucha mezquindad en mi contra”, dijo Marcelo Ebrard. Y con esa frase —mitad confesión, mitad coartada— retrató con precisión quirúrgica no su inocencia, sino el tipo de régimen en el que vivimos.
Porque aquí el problema no es solo si Ebrard está falto de criterio (que sí lo está), si es cínico (que sí lo es) o si merece una nominación al Óscar y un despido fulminante (sí, ambas cosas). El problema es encima otro: la conversión de lo público en extensión de lo privado, ejecutada con tal naturalidad que ni siquiera se/lo reconoce como abuso.
O dicho sin rodeos: peculado y campaña.
Seis meses. Seis meses viviendo en la residencia oficial de la embajada de México en Reino Unido. No un fin de semana, no una visita protocolaria, no una emergencia. Medio año. Y no hablamos del embajador ni de un funcionario acreditado ni de un caso excepcional de asilo político. Hablamos del hijo del entonces canciller.
Y aquí conviene hacer una pregunta elemental —de esas que desmontan simulaciones—: ¿cómo se solicita ser huésped en una residencia diplomática?
¿Se manda oficio al embajador? ¿Se turna una nota a la Cancillería? ¿Hay formato? ¿O basta con el apellido? Porque las residencias oficiales no son hoteles boutique con cargo al erario. Son prestaciones laborales vinculadas al ejercicio del servicio exterior. Tienen una función institucional, no familiar. No están diseñadas para alojar “cuates” ni hijos de secretarios ni favores personales envueltos en retórica paternal. Una bastante pobre.
Ebrard dice que no se usaron recursos indebidamente. Pero habitar un inmueble público seis meses sin pagar renta es, por definición, usar recursos públicos. No es una interpretación: es contabilidad básica. Electricidad, agua, mantenimiento, seguridad, oportunidad de uso del espacio. Todo eso tiene costo. Todo eso es erario.
Decir que la entonces embajadora lo trató “como a un hijo” no resuelve nada; al contrario, agrava el problema. Porque confirma lo que Rosanvallon describía: el privilegio más eficaz es el que se normaliza como gesto personal.
Y, más aún, confirma otra cosa: el privilegio de sentirse víctima.
Y no, esto no es un tecnicismo jurídico ni una “mezquindad”. El artículo 223 del Código Penal Federal define el peculado como el uso indebido de recursos públicos para beneficio propio o de terceros. Aquí hay un tercero claro, un beneficio claro y un uso evidente. Merece separación del cargo, proceso jurídico y, en una de esas, cárcel.
Pero incluso si alguien quisiera suavizarlo —porque siempre hay voluntarios para eso—, el mínimo encuadre sería nepotismo y uso indebido de recursos públicos. En cualquier democracia funcional, eso bastaría para una investigación seria y para el despido mientras esta ocurre, no para una defensa indignada en conferencia.
El punto, sin embargo, es más profundo. Esto no es un desliz individual. Es un síntoma estructural.
Max Weber advertía que el Estado moderno se construye separando el patrimonio del gobernante de los recursos públicos. Aquí estamos viendo exactamente lo contrario: la regresión hacia una lógica patrimonialista donde el cargo no administra recursos, los dispone.
Y lo más revelador no es el acto, sino la reacción. Ebrard no se esconde, no matiza, no duda. Se victimiza. Acusa mezquindad. Invierte la carga moral. Ese gesto no es torpeza: es certeza de impunidad.
Porque en México ya llegamos a un punto donde los abusos no se ocultan; se explican en la mañanera…
Ahora bien, hay algo más interesante detrás del timing. ¿Por qué esto sale ahora? ¿Quién decidió que este episodio —que no ocurrió ayer— debía volverse público en este momento? ¿A quién le conviene exhibir a Ebrard como símbolo de privilegio en un régimen que presume austeridad?
Aquí es donde la política deja de ser anecdótica y se vuelve estratégica.
Ebrard es, todavía, un actor con aspiraciones. Y en un sistema donde la sucesión de 2030 empieza antes de 2027, cualquier mecanismo de contención —o de exposición— se vuelve relevante. Exponerlo hoy puede ser una forma de recordarle los límites. O de negociarlos.
Pero hay una hipótesis menos cómoda —y quizá más interesante—: que no lo hayan exhibido, sino que se haya exhibido. Que este sea, precisamente, el escándalo que conviene.
En política, la victimización también es un activo. Colocarse en el centro del escándalo, tensionar con la Presidencia, aparecer como figura incómoda dentro del régimen, puede ser una forma de reposicionamiento. Una ruptura calculada, no declarada; un deslinde progresivo que le permita, llegado el momento, presentarse como alternativa —dentro o fuera de Morena— rumbo a 2030. Fea forma de hacer campaña, sin duda. Pero eficaz en un ecosistema donde la visibilidad lo es todo. Al final, incluso en política, aplica esa máxima cínica: no hay mala publicidad.
Bajo esa lógica, el escándalo deja de ser un costo y se vuelve inversión. Y aquí aparece otra derivada incómoda: este episodio no solo presiona a Ebrard, encierra a la propia presidenta. Porque si el discurso oficial es de austeridad y combate a privilegios, sostenerlo en el cargo implica convalidar el abuso; removerlo, en cambio, implica reconocerlo. Es una trampa política de manual. For dummies.
En otras palabras: alguien más vuelve a decidir por Sheinbaum. Le reducen el margen. Le colocan el dilema. La obligan a escoger entre costo político inmediato o erosión silenciosa de su narrativa.
Porque en los regímenes cerrados, el poder no solo se disputa hacia afuera; se administra hacia adentro, a través de estos mecanismos de presión, exposición y control.
Y hay todavía una lectura más —más de largo aliento— que empieza a asomarse.
Ebrard no rompió con Morena en 2024. No porque no quisiera, sino porque no podía. Y cuando alguien no puede romper, generalmente es porque tiene algo que perder. Hoy, en cambio, podría estar empezando a construir las condiciones para hacerlo.
No sería la primera vez que alguien desde dentro produce el quiebre. Ahí está el caso de figuras que emergen del propio sistema, provocan un cisma y terminan capitalizando el desgaste del régimen que los formó. No es una analogía perfecta, pero el patrón es reconocible: el insider que se vuelve disidente rentable.
Si ese guion se activa —y es un “si” que hoy apenas se insinúa—, el episodio actual deja de ser un tropiezo y se convierte en posicionamiento rumbo a 2030.
Este episodio, más que un desliz, empieza a parecer un movimiento. O lo contienen, o lo reciclan. O lo debilitan, o lo integran. O lo exhiben… o se exhibe. Y en ese juego, incluso la crisis puede ser plataforma.
Mientras tanto, la discusión pública se distrae en si fueron seis meses o menos, en si pagó algo o no, en si fue un gesto paternal. Minucias.
Lo esencial ya ocurrió: un funcionario de alto nivel utilizó un bien público como extensión de su vida privada y no solo no lo considera indebido, sino que se siente agraviado por ser cuestionado.
Eso no es falta de criterio. Es algo mucho más grave: la certeza de que el Estado le pertenece.
Giros de la perinola
(1) Si cualquier ciudadano quisiera hospedarse en una embajada mexicana, tendría que pasar por canales formales que, en la práctica, no existen para ese fin. Porque las cabezas de misión no están diseñados para eso.
Pero en el México del poder, parece que hay otro procedimiento: no se llena un formato, se llena un espacio… con el apellido correcto.
(2) Y la pregunta ya no es qué hizo Ebrard. Es si este fue un error… o el primer paso de una ruptura calculada rumbo a 2030.






