México tuvo al mundo entero observándolo. Miles de millones de personas dirigieron su mirada hacia nuestro país para presenciar la inauguración de la Copa del Mundo 2026. Era un momento histórico. No se trataba solamente de abrir un torneo de futbol. Se trataba de presentar a México ante la humanidad. De mostrar quiénes somos. De exhibir nuestra riqueza cultural, artística e histórica. De recordar que somos el primer país en la historia que alberga tres Copas del Mundo. Y, sin embargo, el resultado dejó una sensación difícil de ignorar: se desperdició una oportunidad extraordinaria.
El veredicto puede parecer severo, pero resulta inevitable. Fue un espectáculo olvidable.
No porque faltaran recursos. No porque faltaran artistas. No porque faltara talento. Fue olvidable porque faltó visión. Porque faltó una idea rectora. Porque nadie pareció preguntarse qué historia debía contar México al mundo.
Y allí radica el problema principal.
Todo gran espectáculo necesita una narrativa. Necesita una identidad. Necesita un hilo conductor capaz de dar sentido a cada escena, a cada canción, a cada imagen y a cada aparición en el escenario. Las ceremonias memorables no son aquellas que simplemente reúnen artistas famosos. Son aquellas que cuentan una historia capaz de emocionar y permanecer en la memoria colectiva.
La impresión que dejó la inauguración es que nunca existió una auténtica curaduría artística ni musical. O, si existió, estuvo subordinada a criterios de mercadotecnia internacional antes que a una visión cultural definida. El resultado fue una sucesión de actuaciones sin una narrativa clara, sin una propuesta conceptual reconocible y sin una identidad capaz de distinguir el espectáculo de cualquier otro gran evento de entretenimiento producido en cualquier parte del mundo.
No se trata de cuestionar a quienes participaron. Shakira ha sido una de las artistas latinas más importantes de las últimas décadas. Maná ocupa un lugar destacado en la historia del rock en español. Alejandro Fernández representa una tradición musical profundamente arraigada en México. Los Ángeles Azules poseen una capacidad extraordinaria para conectar con públicos de distintas generaciones. El problema no fueron los artistas. El problema fue la falta de una idea que les diera sentido dentro de una propuesta integral.
Porque el mundo no estaba esperando una recopilación de éxitos musicales. El mundo estaba esperando encontrarse con México.
Con el México ancestral.
Con el México profundo.
Con el México orgulloso de sus raíces.
Con el México que asombra.
Con el México que emociona.
Con el México que ningún otro país puede ofrecer.
Y México tenía una historia extraordinaria para contar.
La nación que organizó los mundiales de 1970 y 1986.
El país de los mayas, los mexicas, los zapotecas, los purépechas y tantas otras culturas originarias que dejaron una huella imborrable en la historia de la humanidad.
La tierra del juego de pelota mesoamericano, una de las manifestaciones deportivas más antiguas de las que se tiene registro.
El país de los mariachis.
De la charrería.
Del muralismo.
De las tradiciones artesanales admiradas en todos los continentes.
De una gastronomía reconocida como patrimonio cultural de la humanidad.
De una riqueza cultural prácticamente inagotable.
Sin embargo, gran parte de esa riqueza estuvo ausente.
¿Dónde estuvo la evocación de las grandes civilizaciones prehispánicas?
¿Dónde estuvieron los mayas?
¿Dónde estuvieron las referencias al juego de pelota practicado siglos antes de que existiera el futbol?
¿Dónde estuvo la fuerza simbólica de la charrería?
¿Dónde estuvieron Rivera, Orozco y Siqueiros?
¿Dónde estuvo la grandeza visual de un país cuya historia puede contarse a través de algunos de los símbolos culturales más reconocibles del planeta?
Las ausencias fueron tan notorias como las presencias.
Y no solamente en el terreno conceptual.
También en el artístico.
Resulta inevitable preguntarse por qué no se recurrió a expresiones musicales capaces de representar con mayor claridad la identidad nacional. ¿Dónde estuvo el Mariachi Vargas de Tecalitlán ocupando un lugar central dentro de una producción de alcance mundial? ¿Dónde estuvo un gran ballet folclórico nacional mostrando la riqueza cultural de nuestras regiones? ¿Dónde estuvieron figuras de alcance internacional asociadas de manera inequívoca con México, como Luis Miguel o Carlos Santana? ¿Dónde estuvo una presencia más sólida de la música regional mexicana contemporánea representada por agrupaciones como Banda El Recodo o Banda MS? ¿Dónde estuvo una participación de mayor dimensión para Los Ángeles Azules, acompañados de invitados especiales como tantas veces han demostrado que pueden hacerlo?
No porque todos ellos debieran necesariamente aparecer, sino porque su ausencia evidencia que nunca existió una reflexión profunda sobre qué rostro cultural quería mostrar México ante el mundo.
Incluso la propuesta visual terminó convirtiéndose en parte del problema.
México es una potencia cultural en materia de diseño artesanal, indumentaria tradicional y expresión estética. Basta observar los textiles de Chiapas, Oaxaca, Yucatán, Puebla, Jalisco o Michoacán para comprender la magnitud de ese patrimonio. Por eso resultó particularmente desconcertante la pobreza conceptual de muchos de los vestuarios presentados durante la ceremonia. Lejos de transmitir orgullo, identidad o sofisticación cultural, proyectaron una imagen genérica, deslavada y difícilmente asociable con la riqueza visual que distingue a nuestro país.
Nada parecía destinado a permanecer.
Nada parecía diseñado para convertirse en una imagen histórica.
Nada parecía concebido para provocar asombro.
Y ésa es precisamente la diferencia entre un espectáculo correcto y un espectáculo memorable.
Las grandes inauguraciones dejan escenas que sobreviven durante generaciones.
Las ceremonias históricas construyen símbolos.
Crean recuerdos.
Generan identidad.
Esta, en cambio, pareció conformarse con entretener durante unos minutos.
Por eso, apenas concluida, comenzaron las críticas, las comparaciones y también las bromas. Una de ellas sostenía que hasta Garibaldi habría presentado un espectáculo más mexicano. La frase provoca una sonrisa, pero también encierra una verdad incómoda. Porque la crítica de fondo no apunta a los artistas presentes. Apunta a la identidad ausente.
Resulta paradójico que el primer país en albergar tres Copas del Mundo haya decidido presentarse ante la humanidad con una ceremonia carente de profundidad histórica, de símbolos poderosos y de una narrativa cultural reconocible. Pareció existir más preocupación por satisfacer patrocinadores, algoritmos, tendencias globales y métricas de audiencia que por construir una ceremonia destinada a ser recordada dentro de cincuenta años.
Y ése es precisamente el mayor fracaso.
Porque México no necesitaba parecerse a nadie para impresionar al mundo.
Le bastaba con ser México.
Cuando llegó el momento de mostrar quiénes somos, quienes diseñaron el espectáculo optaron por presentar una versión genérica, intercambiable y desprovista de la fuerza cultural que nos distingue.
México no le quedó mal al mundo.
Le quedó mal a México.
Y el resultado final fue exactamente el contrario al que debía perseguirse: un espectáculo visto por millones, comentado por millones, pero condenado a desaparecer de la memoria colectiva porque, teniendo todo para ser extraordinario, eligió ser simplemente ordinario.
A la mente vienen grandes espectáculos, algunos francamente inolvidables, relativos a las inauguraciones de diversos eventos deportivos realizados en distintas ciudades del mundo, y es lamentable tener que afirmar que, aunque duela, el que se decidió mostrar en la inauguración de la Copa 2026 de la FIFA en el Estadio Ciudad de Méxuci, fue simplemente:
Un espectáculo destinado al olvido.
X: @salvadorcosio1 | Correo: Opinionsalcosga23@gmail.com




