“Que veinte años no es nada…”
Carlos Gardel y Alfredo Le Pera
Felipe Calderón ganó la guerra. No la guerra contra el narcotráfico, desde luego. Esa sigue cobrándonos muertos, territorios y gobiernos. Ganó otra: la guerra sobre cómo combatirlo.
La 4T negó su estrategia, pero nunca la desmontó. La rebautizó, la amplió y terminó haciéndola permanente. Morena convirtió en política de Estado aquello que durante años presentó como el pecado original de Calderón.
En diciembre de 2006 comenzó el Operativo Conjunto Michoacán: Ejército en las calles, despliegue federal, persecución de objetivos criminales y reacción violenta de los cárteles. Casi veinte años después, volvimos al mismo lugar. Literalmente.
Este miércoles, fuerzas especiales del Ejército realizaron un operativo en Tanhuato y Ecuandureo contra la estructura de Heraclio Guerrero, alias Tío Lako, jefe regional del CJNG. Detuvieron a nueve personas —incluidas su hija y su pareja—, aseguraron dos inmuebles, 64 vehículos, ametralladoras, lanzagranadas, explosivos, droga, motocicletas y un dron. Los detenidos fueron extraídos en helicóptero de la Fuerza Aérea y trasladados a la Ciudad de México.
El objetivo principal escapó.
Después vinieron más de veinte bloqueos, vehículos incendiados y carreteras tomadas por el crimen. Ejército, Guardia Nacional y fuerzas estatales activaron un Plan Antibloqueo para recuperar la circulación. Es decir: operación militar contra un dirigente criminal, detenciones, fuga del objetivo, reacción coordinada del cártel, carreteras incendiadas y tropas recuperando el territorio. Michoacán, 2006. Michoacán, 2026.
Solo cambió el diccionario. Antes se llamaba “guerra”; ahora son “operaciones de precisión”, “acciones operativas” y “restablecimiento del libre tránsito”. La 4T no pacificó el lenguaje: lo puso a hacer guardia.
Sí hay avances. Hoy existe mayor capacidad de inteligencia, mejor coordinación federal, extracción inmediata de detenidos y una respuesta más rápida para liberar las vías. La captura de nueve integrantes y el tamaño del arsenal decomisado no son asuntos menores.
También hay deterioro, no obstante. El narco conserva la capacidad para reaccionar en minutos, incendiar caminos, paralizar regiones y exhibir que el Estado entra al territorio, pero no necesariamente permanece en él. El gobierno detuvo a nueve; el jefe escapó. Las autoridades recuperaron las carreteras; el crimen ya había demostrado que podía cerrarlas.
La operación fue más precisa que la de antes durante el calderonismo. La dependencia militar ahora es sin duda más profunda. El adversario está más armado. Y la soberanía territorial sigue negociándose kilómetro por kilómetro. De rodillas.
Pero volvamos a la derrota ideológica de Morena: durante años la “cuatroté” convirtió a Calderón en el origen mitológico de toda la violencia mexicana. “La guerra de Calderón” funcionó como explicación universal, absolución histórica y sustituto de resultados. Cada muerto posterior encontraba una coartada en 2006. Pero —nunca sobra recordarlo— cuando Morena llegó al poder no retiró a las Fuerzas Armadas. Les entregó más territorio institucional. Creó una Guardia Nacional supuestamente civil y terminó incorporándola a Defensa. Militarizó aduanas, puertos, aeropuertos, infraestructura, empresas y seguridad pública. Aquello que condenó como excepción se convirtió en sistema.
La diferencia no es menor: Calderón recurrió a los militares ante la debilidad del aparato civil; la 4T tuvo años para fortalecer policías, fiscalías, inteligencia financiera y capacidades locales, pero prefirió volver estructural esa debilidad. Ya no tenemos una presencia militar transitoria mientras se construyen instituciones civiles. Tenemos instituciones civiles atrofiadas para justificar una presencia militar permanente.
Los “abrazos, no balazos” no sustituyeron la guerra: fueron su intervalo retórico. Cuando la realidad criminal terminó de devorar el eslogan, reaparecieron los soldados. En realidad, nunca se habían ido…
Dos décadas, tres presidentes, dos partidos, una Guardia Nacional y la mayor expansión del poder militar en tiempos civiles para que el Estado vuelva a representar la misma escena en el mismo lugar. Entonces, ¿el problema fue exclusivamente la estrategia de Calderón o la incapacidad del Estado mexicano para construir algo distinto?
Veinte años después, el Ejército regresó a Michoacán para recuperar las carreteras que el crimen decidió cerrar.
Solo faltó un detalle: pedirle perdón a Calderón. No por haber ganado la guerra contra el narco —esa continúa perdida—, sino por haber ganado la discusión sobre cómo combatirla. La 4T hizo de su némesis su manual de operaciones.
Giros de la Perinola
(1) Todos ponen. Los militares, los muertos. Los ciudadanos, las carreteras, los vehículos y el miedo. El gobierno, los nuevos nombres.
El narco, como siempre, cobra.
(2) Calderón también ganó en Washington. En mayo pregunté: “¿Y si Washington ya eligió candidato?" Obviamente no sugería que la Casa Blanca enviaría una boleta marcada ni que la DEA organizaría la encuesta de Morena. El mecanismo es más fino: mientras los expedientes estadounidenses eliminan perfiles, sus reconocimientos públicos acreditan a otros.
Los elogios de Terry Cole, director de la DEA, a Omar García Harfuch no equivalen a una candidatura. Son apenas una constancia de confiabilidad expedida por la potencia con la que México comparte frontera, comercio, narcotráfico, armas y buena parte de su estabilidad.
Sheinbaum acusó a la DEA de “doble discurso”: elogia a García Harfuch mientras señala a otros políticos mexicanos por posibles vínculos criminales. No hay contradicción. Quizá la agencia simplemente distingue entre el funcionario con quien puede trabajar y aquellos sobre quienes dice tener información. Palacio quisiera cooperación sin distinción de nombres, conductas ni expedientes. Una especie de soberanía con tarifa plana.
Durante años, Morena sostuvo que los reconocimientos estadounidenses a García Luna demostraban la subordinación del gobierno de Calderón. Hoy las mismas agencias elogian a García Harfuch y eso se llama “coordinación respetuosa”.
La diferencia doctrinal es profundísima: antes gobernaban ellos; ahora gobernamos nosotros.
Washington no necesita imponer a García Harfuch. Le basta con certificarlo mientras otros aspirantes descubren que sus visas, amistades y expedientes cruzan la frontera más rápidamente que sus aspiraciones.
¿Estados Unidos ya eligió candidato? Quizá todavía no. Pero entre sancionados, investigados y elogiados, parece haber iniciado las eliminatorias antes que Morena.
(3) Último giro. Claudia Sheinbaum encontró, finalmente, una institución autónoma que sí le gusta: ella misma.
Ayer llamó “feminicida” a Fernando Cerimedo. No presunto responsable ni investigado por su posible participación: feminicida. Nadia Beller, afortunadamente, sobrevivió. Corresponderá a la justicia boliviana determinar si hubo tentativa de feminicidio, quién la ordenó y quiénes participaron. Pero la presidenta mexicana llegó a la sentencia antes que fiscales, peritos y juez. La mañanera siempre toma el vuelo más temprano.
Con Ernesto Ruffo ocurrió algo parecido. Sheinbaum aseguró que había “muchísimas pruebas”, describió los delitos como hechos consumados y llegó a afirmar que estaba “juzgado”. La presunción de inocencia funciona ya como las letras chiquitas: aparece cuando la condena presidencial ocupó el titular.
No sabemos si Cerimedo o Ruffo son culpables. Sí sabemos que en una democracia la culpabilidad no la decide quien posee el micrófono más grande, sino un tribunal después de un proceso.
La mañanera ya investiga, acusa, desahoga pruebas y dicta veredictos. Solo le falta impartir justicia. Aunque, visto lo visto, quizá Palacio considere que los jueces también pueden tercerizarse.





