“El capitán no está para evitar las tormentas; está para hacerse visible durante ellas”.
Antigua máxima naval
“La responsabilidad política comienza donde termina la posibilidad de culpar a otros”.
Raymond Aron
Durante un año el país se preguntó dónde estaba el piloto que condujo el avión en el que Ismael El Mayo Zambada cruzó la frontera hacia Estados Unidos. ¿Quién era? ¿Cómo logró despegar, aterrizar y desaparecer sin dejar más respuestas que preguntas? ¿Por qué la autoridad mexicana parecía saber tan poco sobre quien ocupaba una pieza central en uno de los episodios más delicados de la relación bilateral?
La respuesta terminó siendo una ironía política: el piloto sí apareció. Y lo hizo exactamente donde lo había enviado el propio gobierno mexicano.
Según la información dada a conocer en los últimos días, Mauro Alberto Núñez Ojeda, El Jando, fue entregado a Estados Unidos con el aval del gabinete de seguridad. Más tarde, la propia Fiscalía General de la República reconocería que terminó de establecer plenamente su identidad después de esa entrega. Entretanto, desde Palacio Nacional se solicitaron explicaciones a la Fiscalía y al gabinete sobre las razones de aquella decisión.
No entraré aquí a discutir si la entrega fue jurídicamente correcta o incorrecta. La cooperación internacional existe y forma parte del combate al crimen organizado. Lo verdaderamente desconcertante es otra cosa.
Las decisiones existen. Los expedientes existen. Las instituciones participaron. Lo único que parece no existir es el autor político de la decisión.
Y ahí comienza el verdadero problema. Porque el piloto que sigue desaparecido no es Mauro Alberto Núñez. Es el otro. El piloto político de esta historia.
En aviación, cuando el vuelo entra en turbulencia, los pasajeros esperan escuchar una voz. No esperan que desaparezca el piloto. Esperan que explique qué ocurre, cuánto durará la turbulencia y cuál será la ruta para salir de ella. La incertidumbre rara vez proviene del movimiento del avión; proviene del silencio de quien debería transmitir control.
En política sucede exactamente lo mismo. Los ciudadanos toleran errores. Ningún gobierno está exento de ellos. Lo que difícilmente toleran es la sensación de que nadie lleva realmente los controles. Y eso es precisamente lo que proyecta este episodio.
No importa si la decisión fue acertada o equivocada. Lo inquietante es que parece no tener dueño. Y esa sensación empieza a repetirse.
Cuando las decisiones producen buenos resultados, aparecen los responsables para asumirlas. Cuando generan costos políticos, sobreviene un extraño fenómeno administrativo: las decisiones se vuelven huérfanas. Nadie las tomó. Nadie las autorizó. Nadie las conocía. Nadie las explicó. Todos participaron, pero nadie parece dispuesto a reconocer la paternidad política de aquello que ocurrió.
Ese quizá sea el cambio más profundo que atraviesa hoy la 4T.
Durante años, Morena no solo gobernó el país; gobernó el significado de los acontecimientos. Marcaba la conversación pública, imponía el marco del debate y obligaba a la oposición a discutir dentro de sus propios términos.
Hoy ocurre exactamente lo contrario. Los hechos llegan primero. Prontísimo. Las explicaciones llegan después. Y cada nueva explicación ya no cierra una historia. Abre otra. El gobierno da la sensación de haber dejado de producir narrativa para producir aclaraciones.
Antes respondía con certezas. Hoy responde con distintas solicitudes de información dirigidas a sus propias instituciones.
Resulta difícil imaginar una imagen más debilitante para cualquier administración que descubrir una decisión de Estado prácticamente al mismo tiempo que la opinión pública. No porque la decisión necesariamente haya sido equivocada, sino porque transmite la impresión de que las piezas del propio aparato gubernamental operan como compartimentos estancos, donde la responsabilidad política se diluye conforme aumenta el costo de asumirla.
Eso trasciende por completo el caso de El Jando. Habla de una forma de gobernar. De un movimiento donde las decisiones aparecen, los expedientes avanzan, las instituciones actúan… pero el responsable gubernamental nunca termina de responsabilizarse y subir a escena.
Como ocurre después de un accidente aéreo, toda investigación busca reconstruir la secuencia de los hechos. Existe una caja negra precisamente para responder una pregunta elemental: quién hizo qué y cuándo lo hizo.
En política debería existir algo parecido. Porque cuando las decisiones de Estado empiezan a quedarse sin autor, el problema deja de ser administrativo para convertirse en institucional.
Durante meses preguntamos dónde estaba el piloto que llevó a El Mayo a Estados Unidos. Al final apareció.
Lo que seguimos sin encontrar es la responsabilidad gubernamental. Y un país puede sobrevivir a una mala decisión. Lo que difícilmente resiste es la impresión de que, cuando llegan las turbulencias más delicadas, nadie quiere reconocer que iban sentados en la cabina.






