“El poder de limitar a un adversario puede depender del poder de obligarse a uno mismo”.

Thomas C. Schelling

Hay tres políticos caminando alrededor de dos posiciones. No se trata de un juego de sillas musicales. No son improvisados, comparsas ni espontáneos que descubrieron su vocación al ver una única encuesta favorable. Adrián de la Garza, Antonio Astiazarán y Luis Donaldo Colosio Riojas tienen nombre, estructura, ambición y razones suficientes para no hacerse a un lado. Lo único que no tienen son tres gubernaturas disponibles en 2027. Ese año, entre Nuevo León y Sonora, habrá solo dos. Pero Sonora guarda una peculiaridad que puede destrabarlo todo: quien gane gobernará únicamente hasta 2030.

La música ya empezó a sonar. Dante Delgado mueve una silla de un estado a otro y Morena observa el juego con esa serenidad que produce ver a los adversarios encargarse de su trabajo... En elecciones de mayoría relativa, tres no siempre significan pluralidad. A veces solo significan multitud...

Ciro Gómez Leyva planteó una fórmula concreta: Adrián, priista, puede ser postulado también por el PAN como candidato común, cada partido con sus siglas y sus votos, sin necesidad de fingir que la ruptura nacional entre ambos nunca ocurrió. Federico Arreola advirtió la paradoja: esa suma lastimaría primero a Movimiento Ciudadano y solo después a Morena; en Sonora, la eventual aparición de Colosio podría fragmentar la oposición y facilitar la continuidad morenista. Salvador García Soto llevó la historia al terreno del trascendido y dio por decidida la candidatura sonorense del senador. Las tres piezas describen el problema. Falta ofrecer una salida.

La salida comienza por dejar de mirar a Sonora y Nuevo León como elecciones independientes. NO lo son. Ello desde el momento en que Colosio, senador por Nuevo León, registrado en Sonora y de indiscutibles raíces en esa entidad, puede alterar las dos sucesiones con una sola decisión. Su candidatura en Sonora fortalecería a MC en un estado donde carece de la implantación suficiente para competir solo; su salida de Nuevo León abriría espacio al proyecto sucesorio de Mariana Rodríguez y, al mismo tiempo, despejaría el camino de Adrián para concentrar los votos de PRI y PAN. Así que Dante no mueve únicamente un candidato. Mueve votos, vetos, amenazas y dos mercados electorales conectados. Habría que entenderlo.

La oposición tiene entonces tres aspirantes, dos gubernaturas en 2027 que Morena aspira a ganar o conservar y una sola conducta racional: negociar ambas entidades en un MISMO tablero. No se trata de exigir grandeza, patriotismo ni una súbita conversión de los partidos —¡o de los candidatos!— a la generosidad. Esos discursos sirven para los spots (los de Morena especialmente) y para despedir al candidato sacrificado.

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Nadie abandona una gubernatura a cambio de un abrazo, una fotografía y el solemne compromiso de que “más adelante veremos”. Se necesita un método que convierta una declinación humillante en una decisión defendible.

Propongo una auditoría electoral cruzada. Tres casas demoscópicas sin contrato previo con los aspirantes; levantamientos simultáneos en Sonora y Nuevo León; cuestionarios idénticos; careos con todas las combinaciones; medición de negativos, voto seguro, segunda preferencia, capacidad de transferencia entre partidos, distribución territorial y participación probable. No bastan las encuestas esas de simpatizantes que permiten a cada aspirante proclamarse invencible dentro de su propia pecera. Hay que saber qué dupla maximiza la posibilidad conjunta de ganar dos gubernaturas, no qué candidato produce el boletín más entusiasta…

La regla tendría que acordarse antes de conocer los resultados. De otro modo ocurrirá lo de siempre: todos aceptarán la encuesta hasta descubrir que perdieron. Los partidos se comprometerían a respaldar la combinación ganadora mediante candidaturas comunes o fórmulas jurídicamente posibles en cada estado, conservarían sus emblemas y negociarían una distribución de candidaturas legislativas y municipales que reflejara lo que cada uno aporta. Para el tercero no habría una medalla a la participación, sino una ruta pública, concreta y políticamente exigible hacia 2030. No es una fecha escogida al azar: la gubernatura sonorense que se elegirá en 2027 durará excepcionalmente tres años, de modo que en 2030 volverá a disputarse el cargo. La aritmética electoral no tiene sentimientos, pero un acuerdo inteligente sí puede tener compensaciones. Claro que sí.

Los relojes importan, pero también los calendarios constitucionales. Colosio cumplió 41 años de edad y ocupa un escaño en el Senado; Astiazarán tiene 55 y concluye en 2027 su segundo periodo al frente de Hermosillo, después de haberse reelegido con 45.34% de los votos; Adrián cumplirá 55 en septiembre, gobierna Monterrey por tercera ocasión y ya perdió una elección para gobernador. Sin embargo, Sonora altera la ecuación: quien resulte electo en 2027 gobernará solo tres años, del 13 de septiembre de ese año al 12 de septiembre de 2030. Para Toño, esperar ya no significaría congelarse hasta 2033. Significaría postergar su turno apenas un trienio y llegar a la siguiente elección con 59 años. Tres aspirantes parecían multitud mientras solo mirábamos 2027; al mirar también 2030, aparece una tercera silla.

(1) La primera combinación parece electoralmente más sólida, aunque políticamente es la menos negociable: Astiazarán en Sonora y Adrián en Nuevo León. Ambos gobiernan las capitales, ambos poseen estructura territorial, ambos han ganado elecciones ejecutivas y ambos pueden concentrar a PRI y PAN sin obligar a sus dirigencias nacionales a representar otra boda por conveniencia. Las mediciones son contradictorias —unas colocan a Morena arriba en Nuevo León, otras a Mariana y otras a Adrián—, dato que refuerza la necesidad de un ejercicio común por parte de la oposición, en vez de una guerra de encuestas confeccionadas a la medida del cliente. En Sonora, Toño domina con amplitud las preferencias internas panistas, mientras Colosio hace lo propio dentro de un MC considerablemente más pequeño. OJO: ganar la pecera no equivale a conquistar el océano.

Esta dupla plantea, sin embargo, el problema más serio: MC cedería las dos gubernaturas. Dante Delgado no aceptaría convertirse en proveedor gratuito de votos para el PRI y el PAN, menos aún cuando su objetivo es desplazar a ambos y consolidar a Movimiento Ciudadano como segunda fuerza nacional. La compensación tendría que ser proporcional: espacios legislativos y municipales en los dos estados, respaldo para que Colosio conserve una plataforma nacional y una definición anticipada de su ruta hacia 2030. No sería pedirle que renuncie a su futuro, sino impedir que lo gaste antes de tiempo en una aventura sonorense que podría dejarlo sin gubernatura y sin aura.

(2) La segunda combinación separaría territorialmente a los dos hombres que previsiblemente no aceptarían retirarse: Colosio en Sonora y Adrián en Nuevo León. El costo inmediato recaería sobre Astiazarán, pero aquí aparece la peculiaridad que modifica el tablero: la gubernatura sonorense de 2027 durará solo tres años.

Toño no tendría que esperar hasta 2033 ni sobrevivir seis años fuera de una posición ejecutiva. Podría competir en 2030, con 59 años, mediante una candidatura común de MC y PAN. Según me aseguran, eso es precisamente lo que ya le estarían ofreciendo. Colosio gobernaría el trienio de transición; Astiazarán recibiría después una candidatura de seis años; Adrián competiría en Nuevo León con PRI y PAN. La declinación dejaría de ser sacrificio para convertirse en relevo pactado.

Este arreglo sí contiene incentivos para todos: MC obtendría Sonora en 2027; PAN conservaría una ruta real para 2030; PRI y PAN concentrarían fuerzas alrededor de Adrián en Nuevo León; Colosio sumaría experiencia ejecutiva sin quedar atrapado durante seis años antes de 2030. Lo que parecía un juego de dos sillas tendría, en realidad, una tercera esperando apenas tres años adelante.

(3) La tercera combinación —Astiazarán en Sonora y Colosio en Nuevo León— sería la más equilibrada para PAN y MC, pero exigiría sacar del tablero a Adrián, precisamente el candidato que ya derrotó a Mariana Rodríguez en Monterrey y que ahora busca sumar por separado los votos priistas y panistas.

No se ve al alcalde entregando gratuitamente una candidatura que lleva años construyendo. Tampoco tendría sentido que PRI y PAN renunciaran al perfil que mejor permite reunirlos sin reconocer formalmente que volvieron a juntarse.

Es el escenario más armonioso en el papel y el menos creíble fuera de él. La política está llena de soluciones impecables que tienen el pequeño defecto de que nadie piensa cumplirlas…

(4) Queda una cuarta posibilidad: que cada quien haga exactamente lo que desea. Adrián con PRI y PAN en Nuevo León; Mariana defendiendo el gobierno de MC; Morena con Andrés Mijes, Waldo Fernández, Tatiana Clouthier o Clara Luz Flores; Astiazarán encabezando al panismo sonorense; Colosio aterrizando con la bandera naranja y Morena defendiendo Sonora desde una estructura construida durante seis años. Sería la competencia más libre, más plural y más conveniente para el partido en el poder. Morena podría ganar sin crecer: le bastaría con que sus adversarios dividieran entre ellos el voto que pretende expulsarla. Eso sería, básicamente, preservar el statu quo: todos compiten, nadie negocia y Morena agradece.

¡Por favor! No hace falta atribuirle a Alfonso Durazo una operación clandestina ni convertir cada encuentro político en pacto de impunidad. Eso es tan ridículo como innecesario. ¿La verdad? Morena parte con ventaja en Sonora gracias a una estructura territorial real y a un gobernador que entiende la operación electoral.

Eso vuelve todavía más irresponsable la fragmentación opositora. Durazo no necesita escogerles candidato, bloquear a Toño o adoptar políticamente a Colosio. Puede limitarse a gobernar, operar su sucesión y mirar cómo PAN, PRI y MC transforman tres activos competitivos en dos derrotas posibles. Sería injusto responsabilizar al adversario de aprovechar el regalo.

La candidatura sonorense de Colosio tampoco es una excentricidad sin sentido. Es una palanca de negociación. Dante posee al hombre capaz de restarle a Astiazarán los votos suficientes para hacerlo perder; Adrián posee la estructura capaz de arrebatarle a MC el gobierno de Nuevo León. Uno puede amenazar Sonora para negociar Nuevo León; el otro puede conquistar Nuevo León y dejar a MC sin su principal bastión. No son candidaturas aisladas: son instrumentos simultáneos de presión recíproca. La cuestión es si se usarán para construir un acuerdo o para garantizar dos derrotas compartidas.

La solución, por ende, no consiste únicamente en medir quién debe sacrificarse. Consiste en incorporar el tiempo a la ecuación. Nuevo León se decide en 2027; Sonora, en 2027 y nuevamente en 2030. La auditoría cruzada permitiría ordenar las candidaturas inmediatas; el trienio sonorense permitiría ordenar la tercera ambición. Adrián en Nuevo León, Colosio o Toño en Sonora durante el periodo de transición y el tercero en 2030. Nadie tendría que desaparecer: uno tendría que esperar con candidatura, alianza y fecha.

En el elevador electoral del norte parecía estar colocado el aviso: “capacidad máxima, dos personas”. Pero habíamos olvidado mirar los pisos. Hay dos lugares en 2027 y un tercero en 2030. La salida existe y, al parecer, hasta comienza a negociarse. Falta saber si los partidos quieren ganar más de lo que cada candidato quiere llegar primero. Tres son multitud únicamente cuando todos pretenden sentarse al mismo tiempo.

Giro de la Perinola

Falta una mudanza posible. Si Dante Delgado concluye que en Movimiento Ciudadano ya no caben simultáneamente Colosio y el proyecto sucesorio de Samuel García, el samuelismo podría terminar tocando la puerta de Morena, fuerza con la que el gobernador ha mostrado… llamémosle amablemente: entendimiento institucional y coincidencias convenientes. ¿Mariana vestida de guinda en lugar de fosfo?

En ese caso, la recepción morenista no sería precisamente con cabrito y mariachi. Andrés Mijes, Waldo Fernández, Tatiana Clouthier y Clara Luz Flores llevan años construyendo una candidatura; tendrían que aceptar que Morena entregara la plaza a la esposa del gobernador denunciado por la propia dirigencia estatal del partido. Sí, leyó bien.

También habría que conciliar la mudanza con el antinepotismo que Morena presume defender. Pero peores cosas se han visto en la 4T, así que tampoco habría que descartarlo. Aun si desde arriba lograran imponerla, quedaría la mala costumbre de contar votos: Mariana ya perdió Monterrey frente a Adrián; enfrentarlo otra vez, convertido ahora en candidato común de PRI y PAN, no parece el ascenso más sencillo de derrotada municipal a gobernadora. Así que advierto: cambiar el naranja por el guinda modificaría el uniforme. No necesariamente el resultado.