Lo que menos pretendo al escribir estas líneas es victimizarme. Si comparto esta experiencia es porque refleja una realidad que miles de personas viven todos los días en nuestra querida Ciudad de México y porque guardar silencio sería normalizar lo inaceptable.
Hace unos días fui víctima de un asalto a las 10 de la noche en la colonia San Miguel Chapultepec, sobre la calle José María Tornel —a punto de llegar a Constituyentes—. No ocurrió en una zona aislada ni particularmente peligrosa. Ocurrió en una de esas áreas que las autoridades, alcaldía Miguel Hidalgo incluida, suelen presentar como seguras y protegidas.
Venía manejando acompañado de dos sobrinos de ocho y nueve años de edad, con su mamá y otra persona. Íbamos platicando y, como sucede tantas veces, bajamos la guardia por unos instantes.
En un alto, dos hombres armados nos encañonaron simultáneamente por ambos lados del vehículo. No había espacio para maniobrar ni posibilidad real de escapar. En segundos entendí que no había seguido los protocolos que uno repasa mentalmente tantas veces y que la situación exigía serenidad.
No resistí.
Cuando comprendí que no buscaban secuestrarnos ni llevarse el vehículo, sino despojarnos de nuestras pertenencias, abrí ligeramente la ventana.
—¿Qué quieres?
—Todo, cabrón. Todo.
Entregué primero mi teléfono. Después mi reloj. Luego mi cartera. Del lado del copiloto ocurrió exactamente lo mismo. Mientras tanto, mi prima cubrió a sus hijos con una chamarra oscura para evitar que los delincuentes los vieran.
Recuerdo haber pensado, durante esos interminables segundos, que en cualquier momento aparecería una patrulla. Después de todo, nos encontrábamos justo entre dos alcaldías que presumen constantemente sus programas de seguridad y sus estrategias de blindaje: Miguel Hidalgo y Cuauhtémoc.
No apareció nadie.
Cuando el semáforo cambió, los asaltantes exigieron también una bolsa que llevábamos en el vehículo. La entregamos. Antes de irse me advirtieron que no intentara arrancar y que abriera la puerta.
Fue entonces cuando les dije que venía una patrulla.
No sé si me creyeron o simplemente decidieron no correr riesgos, pero salieron corriendo. En cuanto desaparecieron, aceleré y me alejé del lugar.
Lo material se recupera. Lo verdaderamente preocupante vino después.
Los teléfonos fueron desbloqueados en cuestión de minutos. Afortunadamente alcancé a activar mis protocolos de seguridad y bloquear mis cuentas bancarias. La persona que me acompañaba no tuvo la misma suerte. Vaciar sus cuentas fue apenas el comienzo. También utilizaron su identidad para contactar a sus familiares y amigos, solicitando dinero mediante mensajes cuidadosamente redactados, con un lenguaje profesional y convincente. Más de una persona cayó en la trampa.
Eso demuestra que ya no estamos frente al ladrón improvisado de hace décadas. Estamos frente a estructuras criminales organizadas, capacitadas y eficientes, que conocen perfectamente cómo explotar la información personal de sus víctimas.
Por supuesto que presenté la denuncia correspondiente. También informé personalmente a diversas autoridades sobre lo ocurrido.
Sin embargo, el problema va mucho más allá de un caso particular.
La narrativa oficial insiste en presumir cifras favorables y estrategias exitosas. Pero la realidad que viven miles de ciudadanos en las calles cuenta una historia distinta. Una ciudad donde personas armadas operan con tranquilidad en zonas consideradas seguras. Una ciudad donde el tiempo de respuesta simplemente no existe cuando más se necesita. Una ciudad donde la percepción de inseguridad no surge de rumores, sino de experiencias reales.
Resulta frustrante viajar por el mundo y observar a familias caminando con tranquilidad a cualquier hora de la noche, mientras aquí aprendemos a vivir mirando constantemente por encima del hombro.
No podemos acostumbrarnos.
No podemos aceptar que salir a cenar, regresar a casa o esperar un semáforo en rojo implique asumir el riesgo de ser encañonados.
Por eso exijo más protección y mejores resultados. A las alcaldías que tanto presumen sus programas de blindaje. Al gobierno de la Ciudad de México. Al gobierno federal. La seguridad no puede seguir midiéndose únicamente en discursos, conferencias o estadísticas. Debe medirse en la tranquilidad con la que vive la gente.
Afortunadamente todos estamos bien. No permitiré que me roben la tranquilidad ni la confianza para seguir adelante.
Pero tampoco voy a quedarme callado.
Si algo puede dejar esta experiencia es una lección para quienes la lean: la prudencia nunca sobra. Mantener la atención, conocer protocolos de seguridad digital y física, y actuar con serenidad en momentos críticos puede marcar una diferencia enorme.
Nadie debería vivir con miedo.
Pero mientras esa siga siendo nuestra realidad, compartir estas experiencias también es una forma de protegernos entre todos.


