Leo que García Lorca guardaba una amistad fraterna con José Antonio Primo de Rivera, un gran aficionado a la poesía que tuvo la mala tirada de ser fundador y líder principal de la Falange Española, un ala ultraconservadora nacionalista que se unificó, mediante decreto, al partido único de Francisco Franco.
Hay una anécdota en la que Federico cuenta cómo cena con José Antonio cada viernes. Dice que suben a un taxi y bajan la cortina de ventanilla típica en esos tiempos, porque no les conviene que los vean justos. Fueron falangistas los que después, le quitaron la vida por la homosexualidad, preferencias políticas, así como por acusaciones de comunismo y un supuesto espionaje. Con todo eso, determinaron ejecutarlo sin juicio.
La anécdota tiene un solo testigo, el poeta Gabriel Celaya, y llega hasta nosotros por la biografía que Ian Gibson dedicó a José Antonio. Nadie ha encontrado un documento que la confirme. Desde entonces cada bando reclama el episodio a su medida. La derecha lo emplea para dibujar a un Lorca sin ideología, un poeta puro al que la política le quedaba grande. Cierta izquierda lo niega de raíz, porque le resulta intolerable que su mártir cenara con el hombre cuyo símbolo terminó por firmar su condena. El viernes del taxi se volvió otro campo de batalla de las dos Españas.
Antonio Machado ya había avisado con una imagen que el tiempo hizo literal. Una de las dos Españas, escribió, había de helarle el corazón al niño que llegaba al mundo. La guerra convirtió el verso en método. Se helaron los corazones, se levantó la trinchera y quedó proscrito el gesto mínimo de mirar al otro como semejante. En ese mapa, una cena entre un poeta y un jefe falangista deja de ser una rareza pintoresca. Es una herejía.
Con “malas amistades” nombran las madres aquello de lo que hay que apartar a los hijos. La fórmula supone que uno se contagia de quien frecuenta, que la compañía tiñe. La historia de Federico invierte la advertencia. Su mala amistad no lo corrompió, lo humanizó. Lo que lo llevó a la cuneta tuvo el signo contrario, la exigencia de pureza, el mandato de amar solo a los propios y de tratar al adversario como enemigo absoluto. Las malas compañías, en el único sentido que importa, fueron las de la tribu que reclamaba lealtad sin grietas. Aunque tal vez, fueron las malas amistades las que terminaron por quitarle la vida a García Lorca.
Ahí asoma el único remedio para que la humanidad subsista. Tiene la forma modesta de un gesto, la de sentarse en el taxi con las cortinillas bajadas al lado de quien uno debería odiar con todo y el riesgo de que naturalmente, sea quien tire de la cuerda para dejar caer la guillotina. La de sostener que el otro, con su bandera equivocada, sigue siendo alguien con quien vale la pena hablar de poesía un viernes por la noche. Esa pequeña traición a la propia trinchera es lo que nos conserva humanos. El día que se vuelve impensable, la política abandona la discusión y descubre el paredón.
Federico cayó fusilado en las afueras de Granada, sin juicio y sin sepultura conocida, por amar de más y por pertenecer de menos. José Antonio cayó también ante un pelotón, del otro lado de la misma guerra. Los dos cupieron alguna vez en el mismo automóvil, con las cortinillas bajadas. Hoy que las trincheras se dibujan de nuevo, en las urnas, la geopolítica y en las pantallas, vale la pena preguntar quién nos persuade de que ciertas cenas son imposibles, y a quién beneficia que lo sean.



