Hay tragedias que sacuden. Y hay reacciones que hacen recordar.

No había terminado de disiparse el eco de los disparos en Teotihuacán cuando ya circulaban —perfectamente alineados— los mismos mensajes, las mismas frases, los mismos diagnósticos de siempre: Estado fallido, México no puede organizar un Mundial, el gobierno está rebasado, esto es consecuencia de su complicidad. Todo listo. Todo empaquetado. Todo listo para ser distribuido.

Demasiado rápido.

Porque una cosa es reaccionar ante un hecho lamentable —eso es natural— y otra muy distinta es parecer tener un libreto previamente ensayado, listo para activarse en cuanto ocurre algo que encaje con la narrativa.

Y aquí es donde empieza lo verdaderamente interesante.

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El ataque en Teotihuacán no es un hecho cualquiera. No por su gravedad —que es indiscutible—, sino por su atipicidad. Un individuo armado, disparando desde lo alto de una pirámide contra turistas en uno de los sitios más emblemáticos del país. Un escenario que, por su naturaleza, no forma parte del patrón cotidiano de violencia que tristemente sí conocemos en México.

Pero hay lugares donde escenas así no son excepción, sino rutina.

Hay países donde la violencia de este tipo —individual, impredecible, dirigida contra civiles en espacios públicos— ocurre con una frecuencia que ya ni siquiera sorprende. Donde el perfil del agresor, el desarrollo del ataque y hasta el desenlace forman parte de una triste familiaridad.

Aquí no. Aquí sigue siendo raro. Y por eso mismo, resulta todavía más llamativo lo rápido que algunos estaban listos para convertirlo en munición política.

No se trata solamente de la tradicional carroñería y miseria moral de los panistas y priistas, la cual ya conocemos, como conocemos los extremos demenciales a los que esos subnormales son capaces de llegar en su odio ciego contra el gobierno de México. No, aquí sin duda hay algo más: ¿cómo es que ciertas narrativas aparecen tan rápido, tan alineadas y tan listas para ser replicadas?

¿De verdad todo es espontáneo?

¿O hay quienes ya saben exactamente qué decir… antes incluso de entender qué pasó?

Y si uno se permite —aunque sea por un momento— seguir esa línea de pensamiento, la pregunta se vuelve todavía más incómoda:

¿A quién le conviene que México sea percibido como un país incapaz de garantizar seguridad en sus principales destinos turísticos? ¿A quién le sirve instalar la idea de que no podemos organizar eventos internacionales? ¿Quién gana cuando la imagen del país se deteriora, no por los hechos en sí, sino por la forma en que se amplifican y se narran?

El nado sincronizado en las redes sociales, siempre evidente, en esta ocasión fue más grotesco que de costumbre. Desde las granjas de bots operadas por los partidos de derecha, hasta opinólogos y levantacejas de esos que son “apartidistas, ciudadanos, objetivos e imparciales”, el coro fue unánime y con un solo argumento: México, repitieron hasta la náusea, “no es seguro” para albergar el campeonato mundial de futbol. Lo repitieron hasta babear, extasiados, convencidos de que estaban poniendo “su granito de arena” para que la FIFA le quite a México el Mundial -lo que no hará, porque esa multinacional es todo menos pendeja-, lo cual, en su óptica perversa y podrida, “generaría descontento social hacia el gobierno y hacia Morena”.

Son los de siempre: la oposición carroñera, estúpida, miserable y sin escrúpulos, que no esperó ni un segundo para lanzarse sobre la tragedia como buitres hambrientos. Son expertos en lo único que saben hacer: convertir el dolor en munición política, la incertidumbre en veneno y la tragedia en propaganda barata. No buscan respuestas, buscan rapiña. No les importa lo ocurrido, les importa cómo explotarlo.

No les interesa entender lo que pasó. Les interesa que parezca que todo está mal. Porque en su lógica, si México fracasa… ellos tienen razón. Y eso, para ellos, vale más que cualquier verdad.

X: @Renegado_L