La reciente gira de la presidenta Claudia Sheinbaum en España exhibe dos visiones opuestas que hoy compiten por legitimidad.

En Barcelona, la presidenta participó junto a figuras como Luiz Inácio Lula y Gustavo Petro, en el Foro en Defensa de la Democracia y en la Global Progressive Mobilisation, espacios impulsados por el presidente español Pedro Sánchez donde el mensaje fue claro: cerrar filas frente al avance de la derecha y construir un bloque progresista global.

El mismo fin de semana en Madrid, otras voces cobraban relevancia. En foros paralelos, opositores a regímenes autoritarios latinoamericanos, como el de Petro en Colombia, el de Cuba de Díaz-Canel, y la venezolana María Corina Machado, como símbolo de resistencia frente al régimen de Nicolás Maduro.

Dos ciudades, dos mensajes. Y la presidenta mexicana jugando a la cuerda floja, mezclando narrativa ideológica con necesidades estratégicas.

El foro progresista

Aunque el encuentro en Barcelona fue presentado como una defensa de la democracia, en los hechos sugiere la articulación de una alianza política de gobiernos y liderazgos que buscan reposicionarse frente al desgaste.

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No es casualidad la presencia de Lula, Petro y Sánchez. Todos forman parte de una corriente que, bajo la bandera de la justicia social, ha sido cuestionada por su tolerancia —y en algunos casos respaldo— a regímenes como el de Cuba o Venezuela. De hecho, dentro del propio foro se promovieron posturas críticas hacia Estados Unidos y gestos de respaldo a la isla caribeña.

Más que un espacio plural de deliberación, Barcelona funcionó como punto de encuentro ideológico de un bloque que busca reafirmarse construyendo un frente común frente al “avance de la derecha”.

Una cofradía del populismo que intenta reposicionarse en un escenario internacional que ya no le favorece.

El espejismo del respaldo europeo

De hecho, uno de los elementos más frágiles de la narrativa construida en torno a este encuentro es la idea de que cuenta con respaldo institucional europeo.

Al foro no asistieron jefes de Estado clave de la Unión Europea. Tampoco hubo participación destacada del Parlamento Europeo, un órgano que ha sido consistente en sus críticas hacia regímenes autoritarios en América Latina.

Basta recordar que en marzo de 2022, la Eurocámara aprobó una resolución sobre la situación de periodistas en México, cuestionando directamente a la administración de López Obrador. La reacción del entonces presidente no fue diplomática, sino confrontativa; la calificó de “calumnia” y parte de una estrategia “golpista” contra su gobierno, emitiendo incluso, un comunicado inusual y fuera de los canales diplomáticos.

En ese contexto, pretender que Barcelona representa una posición europea es, en el mejor de los casos, una exageración.

La tentación ideológica

El momento en que ocurre esta gira es significativo. México está en una fase crucial en su relación con Estados Unidos, particularmente en el marco de las negociaciones del T-MEC. La relación bilateral exige certidumbre, pragmatismo y alineación estratégica.

Sin embargo, la participación de Sheinbaum en un bloque que cuestiona abiertamente a Washington y que coquetea con regímenes adversarios, envía una señal contradictoria: mientras con América del Norte se negocian inversiones y cadenas de suministro, en Europa, México participa en la construcción del discurso que confronta al socio.

Ahí radica la contradicción de la política exterior de la 4T, en la necesidad económica de mantener una relación sólida con Estados Unidos y la tentación ideológica de alinearse a un bloque progresista internacional con gobiernos altamente cuestionados.

Mientras Barcelona fue el escaparate de esa inclinación. Madrid, recordó que existen contrapesos, que una comunidad internacional observa a esos regímenes que el progresismo suele justificar.

Al final, el de Sheinbaum, no fue un simple viaje diplomático. Fue una declaración política que tiene implicaciones. México se alineó con países que dicen defender la democracia, pero acaban siendo complacientes con el autoritarismo.

La cuestión no está en si México debe participar en foros internacionales, sino la lógica con que lo hace: como Estado o como movimiento.

Porque la Constitución no puede ser tratada como un catálogo de opciones en el que, cuando se trata de respaldar a gobiernos afines, la no intervención se vuelve flexible y cuando no, se invoca con rigor la autodeterminación de los pueblos.

X: @diaz_manuel