Con la venia del líder, hoy existen personajes aparentemente menores que terminaron convertidos en operadores, gestores y, en algunos casos, hasta beneficiarios de negocios al amparo del gobierno.
El chofer del poder
Es el caso de Nicolás Mollinedo Bastar, Nico, quien durante años se desempeñó como chofer personal de Andrés Manuel López Obrador y no solo manejaba su vehículo, también controlaba agendas, accesos y fungía como filtro político.
Esa proximidad le permitió ocupar posiciones dentro del aparato público, particularmente en la Ciudad de México, donde fue coordinador de logística y director de servicios urbanos e incluso se ha documentado, que se habría beneficiado con terrenos cercanos a estaciones del Tren Maya en Quintana Roo.
Su ascenso es representativo de una lógica que contradice el discurso meritocrático. Sin poseer formación técnica destacada, su principal carta de presentación fue la lealtad. En su paso por el gobierno capitalino, llegó a ser señalado por presuntas irregularidades, sin embargo, como en muchos otros casos, no hubo investigaciones ni consecuencias judiciales.
En enero de 2024, el periodista Tim Golden de ProPublica, señaló que la DEA investigó a Nico por presuntamente negociar y recibir entre dos y cuatro millones de dólares del Cártel de Sinaloa (específicamente a través de operadores de Édgar Valdez Villarreal “La Barbie”), para financiar la campaña presidencial de AMLO en 2006.
En 2019, Nico también quiso formar su propio partido político, llamado “Movimiento Ambientalista Social por México”. Y, por qué no, también favoreció a su primo, Rafael Fernando Marín Mollinedo, quien quiso ser candidato de Morena a Quintana Roo después de su paso como director de la Agencia Nacional de Aduanas y ser responsable del Corredor Interoceánico.
Redes informales de poder
Pero el caso de Nico no es único, diversas investigaciones apuntan al chofer de Andrés López Beltrán: Javier Núñez López, quien habría tejido una red de relaciones en Pemex y otras instancias gubernamentales.
Tras décadas como chofer de la familia López Obrador, su cercanía se tradujo en una posición estratégica dentro de Pemex Exploración y Producción, donde fue nombrado subdirector de Abastecimiento.
Reportes recientes señalan que es objeto de investigación en Estados Unidos por su presunta participación en redes de financiamiento y asignación de contratos vinculados al sector energético. También se le relaciona con operadores y consultores que habrían gestionado pagos millonarios para asegurar contratos, lo que apunta a la existencia de esquemas paralelos de gestión fuera de los canales institucionales.
Pero, aquí lo relevante no es solo el cargo formal que estos personajes ostentan sino el acceso al poder.
Su cercanía con el círculo familiar de los López Obrador les permite intermediar, influir y facilitar decisiones que deberían estar sujetas a reglas claras, no a influencia política.
La verdadera cara
Colaboradores, amigos y allegados de la familia del expresidente se han beneficiado de contratos, concesiones y posiciones estratégicas sin rendir cuentas ni estar sujetos a controles institucionales.
Desde obras públicas hasta servicios energéticos, se ha documentado cómo obtienen oportunidades que deberían asignarse bajo criterios de competencia y transparencia.
Los “choferes del Bienestar” son una nueva élite política que, contrario al discurso antiélite de la 4T, reproduce mecanismos de concentración de poder y riqueza ya conocidos.
La diferencia es que ahora se hace en nombre del pueblo, lo que añade una capa de cinismo difícil de ignorar.
Al final, la pregunta es inevitable: ¿cuántos “Nicos” más existen hoy operando en las sombras del poder? ¿Cuántos intermediarios informales toman decisiones sin rendir cuentas? ¿Quién los está vigilando?
Porque si el combate a la corrupción depende de los mismos que les brindan el amparo del poder, se confirma que no tal hay transformación.
Que lo que hay es pura simulación.
X: @diaz_manuel




