La diplomacia es el tablero donde los países se juegan el futuro económico, la seguridad y su posición global, no un espacio para la improvisación ni para el activismo político. Lamentablemente México, parece haberlo olvidado. Y las consecuencias ya están a la vista.
México había avanzado en una diplomacia profesional, respetada por su doctrina y su capacidad de interlocución, pero hoy parece subordinada a impulsos ideológicos, lealtades políticas y decisiones que privilegian la narrativa sobre los intereses nacionales.
El resultado son conflictos innecesarios, debilidad de instituciones y pérdida de peso en el tablero geopolítico.
Giras que no aportan
Hasta ahora, la presidenta Claudia Sheinbaum ha realizado seis giras internacionales —G-20, CELAC, G7, Guatemala, Washington y Barcelona—, pero ninguna ha tenido impacto relevante más allá de lo protocolario. Esto refleja la falta de una estrategia clara en la diplomacia mexicana, que no construye agendas propias. El caso de las extradiciones evidencia esta debilidad, con procesos opacos, contradictorios y politizados en lugar de basarse en criterios jurídicos sólidos.
Señales de debilidad
El caso del almirante Fernando Farías aprehendido en Argentina, evidencia la falta de coordinación entre instituciones y alimenta la percepción de que las decisiones están influenciadas por intereses políticos. La incertidumbre jurídica que el país proyecta, tiene un considerable costo en el terreno de la cooperación y credibilidad, y sus posicionamientos han ido perdiendo capacidad de interlocución en América Latina.
La tendencia confrontativa por la que ha optado la diplomacia mexicana, permitió que escalaran las tensiones con el gobierno de Javier Milei en Argentina. Es decir, el choque ideológico que prevalece, hace que la diplomacia, en lugar de fungir como puente, termine como espacio de confrontación retórica.
En la relación con Estados Unidos, el panorama es más delicado. Pilares de la relación bilateral, como la cooperación en seguridad y migración se han visto afectados por la desconfianza mutua.
México exige respeto a su soberanía, al mismo tiempo que mantiene posturas ambiguas frente a temas críticos, el resultado es una relación complicada con nuestro vecino y principal socio comercial, en la que Washington actúa cada vez más de manera unilateral.
En este contexto, preocupa la creciente percepción de que el país se ha vuelto vulnerable en términos de seguridad e inteligencia. Diversos reportes apuntan a la presencia de redes de espionaje extranjero operando en el territorio, lo que convierte a México en un riesgo estratégico y evidencia debilidades básicas del Estado, como la de controlar su propio territorio.
Casos poco claros, como el de los agentes de la CIA fallecidos en Chihuahua, refuerzan la idea de una política exterior y de seguridad sin definición precisa.
Pérdida de relevancia
Ningún frente escapa al deterioro: las negociaciones del T-MEC se han visto afectadas por incumplimientos y decisiones ideologizadas en energía y comercio, generando disputas e incertidumbre para inversionistas. Este enfoque pone en riesgo el acceso preferencial a Norteamérica y desaprovecha oportunidades como el nearshoring, mientras otros países avanzan.
En lo económico, la incertidumbre limita la confianza y el crecimiento, afectando el empleo y reduciendo desarrollo y competitividad.
En lo político, llevar la narrativa confrontativa al ámbito internacional mina las relaciones y cierra espacios de cooperación.
En seguridad, la falta de coordinación con aliados debilita la capacidad del Estado para enfrentar amenazas transnacionales.
Pero el daño más grave, es que México ha pasado del respeto, la mediación y la construcción de consensos, a un país impredecible, ideologizado y, en ocasiones, irrelevante.
La diplomacia es una herramienta estratégica, no un instrumento para expresar filias y fobias.
X: @diaz_manuel




