“El mayor peligro para la libertad no es la anarquía, sino el poder sin límites”.

Friedrich Hayek

En México existen secretarías de Estado para casi todo. Está Hacienda, Gobernación, Economía. Hay quienes incluso proponen crear unas cuantas más...

Pues bien, desde hace algunos años opera otra dependencia extraordinariamente eficiente, aunque no aparezca en el organigrama oficial: la Secretaría de la Ilegalidad. Su nombre coloquial es Morena. Su función consiste en convertir la excepción en norma y la violación a la ley en instrumento político.

Esta dependencia trabaja sin descanso. Adelanta procesos electorales llamando “coordinadores estatales” a quienes son, en los hechos, precandidatos. Realiza campañas permanentes mientras sostiene que no hace tal cosa. Utiliza estructuras gubernamentales asegurando que partido y gobierno son cosas distintas. Hace exactamente aquello que niega estar haciendo.

La simulación es tan burda que hasta resulta admirable. Durante décadas se criticó al PRI por confundir partido y gobierno. Morena prometió terminar con aquella práctica. Y cumplió. La transformó; la perfeccionó.

La ley electoral establece tiempos, límites y restricciones por una razón elemental: impedir que quien controla el poder utilice el aparato estatal… ¡para conservarlo! Morena decidió que esas disposiciones son, en el mejor de los casos, sugerencias.

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Por eso Félix Salgado Macedonio renuncia al Senado para competir por Guerrero aunque los propios estatutos de Morena establezcan limitaciones para su candidatura. La Constitución —ahora sí— le parece sagrada. Los reglamentos internos, en cambio, son documentos decorativos.

Lo mismo ocurre con la sucesión de gubernaturas. Primero anuncian registros, luego se retractan, después vuelven a adelantar tiempos y explican que el Mundial de Futbol aconseja modificar calendarios. La ley electoral termina subordinada al calendario de la FIFA. Ni el más imaginativo de los guionistas políticos habría concebido semejante argumento.

Pero el problema es mucho más profundo que unas campañas anticipadas. La verdadera ilegalidad consiste en haber borrado deliberadamente la frontera entre Estado, gobierno y partido político. Los programas sociales dejaron de percibirse como políticas públicas financiadas por los contribuyentes y se conocen y presentan como favores del Movimiento. Los servidores públicos se transforman en operadores políticos. Los recursos gubernamentales adquieren utilidad electoral. Las instituciones abandonan la neutralidad que debería caracterizarlas y terminan convertidas en extensiones del partido gobernante. Cooptadas, infiltradas, desaparecidas o subyugadas.

La democracia ya no existe. Dejó de ser competencia política y se convirtió en creación y administración de ventajas.

La investigación de Mexicanos Contra la Corrupción y la Impunidad sobre más de 252 mil supuestos “apoyos sociales” distribuidos mediante Finabien resulta particularmente reveladora. Porque, independientemente de las descalificaciones que seguramente recibirá este material dado a conocer, ilustra el problema central: en el universo morenista toda estructura gubernamental parece susceptible de transformarse en mecanismo de movilización política, fidelización electoral o construcción de clientelas.

La fortaleza de Morena ciertamente en parte proviene de su popularidad. Negarlo sería absurdo. Pero también descansa sobre algo más incómodo: años de erosión de límites legales, de aprovechamiento del aparato estatal y de una permanente disposición a empujar las reglas hasta volverlas irreconocibles. Su poder no es únicamente producto de las urnas. También es resultado de haber descubierto que en México violar la ley genera pocos costos y enormes beneficios políticos.

Por eso, Morena ya no representa simplemente un partido que comete ilegalidades. Es algo más grave. Constituye la institucionalización de la ilegalidad.

Y cuando la ilegalidad deja de ser excepción y se convierte en método de gobierno, la democracia aún conserva el cascarón: elecciones, congresos y tribunales, pero ha perdido su esencia. Ha hecho del sistema político una burla y se ha burlado de la población electoral.

Giros de la Perinola

(1) Manuela Obrador descubrió que Donald Trump es “asqueroso” y “misógino”. ¡Qué extraordinaria capacidad de observación! La novedad no está en el adjetivo sino en quién lo pronuncia: ¡una funcionaria del gobierno mexicano y delegada de programas sociales! La presidenta Sheinbaum asegura que esas expresiones no representan el sentir de México. Perfecto. Ahora falta demostrar que tampoco representan al gobierno.

Porque en la 4T suele existir una curiosa costumbre: cuando las declaraciones gustan, hablan a nombre del pueblo; cuando generan problemas diplomáticos, de repente son opiniones estrictamente personales.

(2) Pedro Hernández, dirigente de la CNTE, criticó las exenciones fiscales otorgadas a la FIFA y afirmó que el futbol se convirtió en un gran negocio. La frase merece pasar a la historia del humor involuntario… Lo dice quien representa a una organización que ha convertido el plantón, el bloqueo y la extorsión política en un modelo de negocios extraordinariamente rentable.