Hay algo a lo que, como sociedad, jamás deberíamos acostumbrarnos: ver violencia en los espacios donde debería construirse el futuro de México.

El Congreso no es un ring, no es un lugar para resolver diferencias a empujones. Y mucho menos puede convertirse en el escenario donde las y los jóvenes aprendan que, cuando los argumentos se acaban, empiezan los golpes.

Lo ocurrido el pasado 12 de agosto durante los trabajos de la Comisión Permanente, cuando el diputado priista Carlos Eduardo Gutiérrez Mancilla se vio involucrado en un altercado con el diputado Arturo Ávila, debería obligarnos a responder una pregunta incómoda: ¿Qué ejemplo estamos dando desde el Congreso a las juventudes de México?

La pregunta adquiere todavía mayor relevancia porque Mancilla preside la Comisión de Juventud. No estamos hablando de una responsabilidad menor. Estamos hablando del órgano legislativo que tiene entre sus tareas escuchar, discutir y construir propuestas para una generación que enfrenta enormes desafíos en temas de empleo, educación, seguridad, vivienda, salud mental, oportunidades y participación política.

¿Y qué mensaje les estamos enviando si quien encabeza ese órgano termina protagonizando episodios de confrontación?

Las columnas más leídas de hoy

Porque lo ocurrido el 12 de agosto no puede analizarse como si hubiera sucedido en el vacío. El 28 de mayo, durante una sesión extraordinaria de la Cámara de Diputados, Mancilla protagonizó un enfrentamiento con el diputado Zenyazen Escobar que escaló hasta un conato de pelea. Y en agosto de 2025 también estuvo involucrado en la confrontación física ocurrida en el Senado entre Alejandro Moreno y Gerardo Fernández Noroña.

No corresponde a una columna de opinión dictar responsabilidades jurídicas. Para eso existen las instituciones y los procedimientos correspondientes. Pero sí nos corresponde hacer una pregunta política: ¿Existe congruencia entre esos antecedentes y la responsabilidad de presidir la Comisión de Juventud?

Porque una presidencia de comisión no es un trofeo. No es un premio. No es una plataforma para el protagonismo. Es una responsabilidad institucional.

Quien preside una comisión debe saber conducir, escuchar, construir acuerdos y, sobre todo, entender que representar a una institución exige una conducta acorde con ella.

Y hay una diferencia que no podemos permitirnos confundir: ser firme no es ser violento. Debatir no es agredir. Disentir no es atacar. Tener carácter no significa perder el control.

La libertad de expresión protege nuestras ideas. No convierte la violencia en argumento. Por eso presenté un punto de acuerdo para solicitar a la Junta de Coordinación Política que revise la permanencia de Carlos Mancilla al frente de la Comisión de Juventud y, en su caso, impulse ante el Pleno su sustitución.

Y quiero dejar algo perfectamente claro, no estoy buscando esa presidencia. No la estoy disputando. No la estoy negociando. No estoy construyendo una candidatura alrededor de ella.

Mi planteamiento es institucional, quien preside una comisión que representa a las juventudes debe estar a la altura de las juventudes.

Eso es todo. Y, francamente, no creo que sea una exigencia excesiva. De hecho, debería ser lo mínimo.

Hay algo particularmente grave en el contexto en el que ocurrió este episodio, el 12 de agosto es el Día Internacional de las Juventudes. Ese día deberíamos haber estado hablando de cómo abrir oportunidades para las nuevas generaciones. De cómo garantizarles educación, de cómo generar empleo, de cómo combatir la violencia, de cómo lograr que más jóvenes participen en la vida pública, de cómo recuperar su confianza en las instituciones.

Pero terminamos hablando de una confrontación dentro del Congreso. Qué contradicción tan brutal.

A los jóvenes les decimos que no resuelvan sus diferencias con violencia. Que dialoguen. Que escuchen. Que respeten. Que construyan acuerdos. Que las diferencias políticas no deben convertirse en enemistades personales.

Y después ven el Congreso y preguntan, “¿Y ustedes por qué no hacen lo mismo?”.

Esa es la verdadera preocupación. Porque las juventudes no necesitan políticos que les enseñen a pelear. Necesitan políticos que les demuestren que se puede defender una convicción sin agredir a nadie. Que se puede ser contundente sin ser violento. Que se puede tener un adversario político sin convertirlo en enemigo. Y que la política sirve para transformar la realidad, no para alimentar espectáculos en redes sociales.

No podemos pedirle a una generación que confíe en las instituciones mientras quienes las ocupamos actuamos como si las reglas de convivencia fueran opcionales.

La ciudadanía no nos eligió para protagonizar escándalos. Nos eligió para legislar. Para representar. Para resolver. Para trabajar.

Mientras algunos encuentran reflectores en la confrontación, millones de jóvenes están buscando oportunidades. Mientras algunos convierten el Congreso en espectáculo, hay familias esperando que alguien les escuche. Mientras algunos parecen estar más preocupados por ganar una pelea, hay una ciudadanía esperando que sus representantes ganen algo mucho más importante: resultados.

Y aquí está el punto de fondo.

Esto no se trata de quién me cae bien o mal. No se trata de colores partidistas. No se trata de revancha. Se trata de estándares. Los cargos públicos no otorgan privilegios para comportarse de cualquier manera. Al contrario, entre mayor es la responsabilidad, mayor debe ser la exigencia.

Quien acepta representar a las juventudes acepta también la obligación de darles un ejemplo. Porque los jóvenes están mirando. Y lo que ven en nosotros también define lo que piensan de la política.

Yo quiero que una joven vea el Congreso y piense que ahí puede defender sus ideas. Que ahí puede encontrar respuestas. Que ahí puede participar. Que ahí puede transformar su país.

No quiero que vea un ring. No quiero que piense que para ser escuchada tiene que gritar más fuerte. No quiero que crea que la política consiste en imponerse por la fuerza.

Quiero que entienda que la inteligencia también es una forma de fuerza. Que los argumentos pueden ser contundentes. Que la firmeza no necesita violencia. Y que un verdadero representante no es quien intimida más, sino quien tiene la capacidad de convencer, construir y dar resultados.

Por eso mi posición es clara: No podemos pedirle a las juventudes que rechacen la violencia mientras desde la Comisión que debería representarlas la normalizamos.

El cargo es temporal, el ejemplo queda. La polémica pasa, la conducta permanece. Y una Presidencia de la Comisión de Juventud no puede convertirse en un mal ejemplo para las juventudes de México.

Por eso hay que elevar el nivel.

Menos golpes. Más argumentos.

Menos espectáculo. Más resultados.

Menos protagonismo. Más responsabilidad.

Porque México no necesita políticos que sepan pelear. Necesita políticos que sepan estar a la altura. Y las juventudes de México merecen exactamente eso.

X: @MaTeresaEalyMx