El próximo 12 de agosto se conmemora el Día Internacional de la Juventud.
Más que una fecha para celebrar, debería ser una oportunidad para preguntarnos qué papel estamos asumiendo las nuevas generaciones en la vida pública de nuestro país.
Porque ser joven en política no consiste en presumir una edad. Consiste en tener el valor de romper inercias que durante décadas parecían intocables.
Durante demasiado tiempo la política fue secuestrada por quienes confundieron el servicio público con un patrimonio personal. Se acostumbraron a heredar espacios, repartir posiciones, construir cuotas y pensar en el siguiente cargo antes de terminar de cumplir con el actual.
Esa lógica ya no tiene cabida en el México que estamos construyendo.
La política no debería ser una escalera para llegar a un lugar. Debería ser una herramienta para transformar la vida de las personas.
Quienes pertenecemos a una nueva generación de servidores públicos tenemos frente a nosotros una enorme responsabilidad.
No llegamos a los espacios de representación para ocupar una curul, levantar la mano en una votación o administrar un cargo.
Llegamos para escuchar antes de hablar, para legislar antes que protagonizar y para resolver antes que justificar.
Porque un cargo público nunca debe entenderse como un premio.
Es una responsabilidad temporal que la gente nos confía. Y esa confianza no se honra con discursos ni con presencia en redes sociales.
Se honra con trabajo.
Caminar el territorio me ha enseñado algo que ningún escritorio puede enseñar: la gente no pregunta cuántos años tienes. Pregunta si regresaste. Si cumpliste. Si escuchaste. Si resolviste. Ahí entendí que la legitimidad no la da la edad; la da el trabajo.
Como legisladores jóvenes tenemos, además, una obligación doble: cumplir con nuestra responsabilidad y demostrar que sí es posible renovar la política sin renunciar a sus principios.
Porque la renovación no consiste únicamente en cambiar rostros.
Consiste en cambiar prácticas. Cambiar prioridades. Cambiar la manera en que quienes gobiernan se relacionan con la ciudadanía.
México necesita representantes que caminen las colonias antes que los pasillos del poder. Que escuchen más de lo que hablan. Que entiendan que detrás de cada iniciativa hay una familia esperando una respuesta.
Ya tuvimos demasiados políticos que conocían mejor los pasillos del poder que las calles de sus distritos.
Pero también debemos tener cuidado de no confundir renovación con sustitución.
La renovación generacional no puede convertirse en una simple disputa por espacios.
No se trata de desplazar a nadie por su edad. Se trata de sustituir la comodidad por resultados, la simulación por trabajo y la política de escritorio por la política de territorio.
Porque la política necesita experiencia, sí. Pero la experiencia deja de ser una virtud cuando se convierte en resistencia al cambio.
Necesita memoria. Pero también necesita nuevas preguntas.
Necesita futuro. Y ese futuro nos corresponde construirlo.
Por eso hablar de una nueva generación de servidores públicos también significa hablar de ética.
De entender que el poder nunca nos pertenece.
Que una diputación, una alcaldía, una secretaría o cualquier responsabilidad pública tienen fecha de inicio y fecha de término.
Lo que permanece nunca es el cargo.
Permanece el trabajo. Permanece la congruencia. Permanece aquello que fuimos capaces de cambiar mientras estuvimos ahí.
Por eso este 12 de agosto quiero hacer un llamado a las y los jóvenes que participan —o quieren participar— en la vida pública.
No lleguen pensando cuánto tiempo podrán conservar un cargo. Lleguen pensando cuánto pueden transformar mientras lo tengan.
Porque México ya no necesita políticos que hagan de la política una carrera personal.
Necesita servidores públicos que entiendan que servir es un privilegio. Que representar es una responsabilidad. Que legislar significa responderle a la gente. Y que el verdadero liderazgo no se mide por el puesto que se ocupa, sino por la huella que se deja cuando ese puesto termina.
La política cambia cuando dejamos de preguntarnos cuánto podemos durar y empezamos a preguntarnos cuánto podemos servir.
Porque el poder es pasajero. El trabajo es lo único que deja huella.
María Teresa Ealy Díaz | Diputada Federal LXVI Legislatura |X: @MaTeresaEalyMx




