“El poder simbólico es, en esencia, poder de hacer ver y hacer creer”.
Pierre Bourdieu
La revista TIME no mide el poder: lo escenifica. Lo selecciona, lo ordena y lo convierte en relato exportable. En ese escenario, México aparece de forma intermitente, casi siempre como promesa en construcción o como reforma en proceso. Nunca como estructura consolidada.
No es un error editorial. Es un patrón.
Ahí está Lázaro Cárdenas, leído como experimento nacionalista en clave hemisférica. Después, Carlos Salinas de Gortari, elevado a arquitecto de una modernización que terminó siendo más narrativa que transformación. Más tarde, Vicente Fox, convertido en símbolo de una transición que cambió las formas sin alterar del todo los mecanismos. Y, por supuesto, Enrique Peña Nieto, empaquetado como el rostro del “Mexican moment”, una ficción tan eficaz en el exterior como insostenible en el interior.
La constante no son los nombres. Es la dramaturgia.
TIME necesita países que “estén a punto de”: consolidarse, estabilizarse, volverse confiables. México encaja perfecto en ese molde: un país que siempre parece estar entrando a la modernidad… y que, sin embargo, no termina de instalarla.
En otras palabras, cada cierto tiempo TIME decide que México está a punto de volverse un país serio. Lo hizo con Salinas, lo repitió con Fox y lo vendió con entusiasmo casi publicitario con Peña Nieto. A todos los presentó como el inicio de algo. A ninguno le alcanzó para sostenerlo.
Ahora le toca a Claudia Sheinbaum.
Pero seamos claros: su aparición en la lista de las personas más influyentes del mundo dice menos sobre su poder que sobre la necesidad de TIME de seguir vendiendo la misma historia: México como promesa inminente. Un país que —ahora sí, “ya merito”— está por ordenarse, por modernizarse, por funcionar.
El problema es que esa historia ya la conocemos. Y terminó mal. Porque mientras afuera la presentan como la presidenta científica, técnica, metódica —casi una gerente del caos heredado—, adentro lo que hay es algo bastante menos glamoroso: una jefa de Estado cuyo margen de maniobra está atado a un modelo político que ni diseñó ni parece dispuesta a desmontar.
Ese modelo tiene nombre y apellido, aunque incomode: Andrés Manuel López Obrador.
Y lo heredado no es menor. Es un esquema que ha aprendido a sostener legitimidad con recursos simbólicos mientras deteriora sus capacidades materiales. Un Estado que comunica control mientras lo pierde, que centraliza decisiones mientras fragmenta responsabilidades, que exhibe fuerza mientras negocia debilidad en lo cotidiano.
Peter Sloterdijk lo explicaría mejor que cualquier manual de ciencia política: las sociedades contemporáneas no se sostienen por convicción, sino por una especie de cinismo funcional en el que todos saben que el relato es incompleto… pero deciden operar como si fuera suficiente. Eso es hoy el poder en México.
Aquí no hay transición; hay continuidad. No hay originalidad; hay repetición. Sheinbaum no llega a corregir excesos, llega a administrarlos. No reconstruye instituciones: opera sobre su desgaste —o, peor aún, sobre su aniquilación—. No redistribuye poder: intenta ejercerlo bajo reglas de concentración ya establecidas. Y eso cambia por completo la lectura.
Su inclusión en TIME no es el reconocimiento de un poder consolidado, sino una apuesta —casi un acto de fe— de que podrá darle forma racional a un sistema que, en los hechos, ha funcionado cada vez más por impulsos políticos, lealtades personales, corrupción y una elasticidad peligrosa de la legalidad. Ese sistema se llama obradorismo.
Dicho sin rodeos: a Sheinbaum la están premiando por lo que se espera que sea, no por lo que el sistema le permitirá hacer (o por lo que ella querrá hacer).
Pero hay algo más incómodo: TIME no se equivoca por ingenuidad. Se equivoca —si es que se le puede llamar así— por diseño. Necesita historias. Necesita rostros que encarnen procesos. Y México, con su mezcla de caos administrado y narrativa aspiracional, es terreno fértil para eso.
El problema es que aquí las narrativas no son inocuas. Aquí cuestan.
Costaron cuando se vendió la modernización salinista como irreversible. Costaron cuando se creyó que la alternancia de Fox era suficiente para desmontar el régimen. Costaron —y mucho— cuando el “Mexican moment” de Peña Nieto se estrelló contra la corrupción, la violencia y la impunidad.
Y van a volver a costar si se insiste en leer a Sheinbaum como algo que todavía no es —y que, francamente, no ha dado señales de querer ser—.
Porque, hasta ahora, no hay ruptura. Hay disciplina. No hay rediseño. Hay continuidad con mejor tono. Una versión más ordenada —y más silenciosa— del mismo modelo.
Ahí está el verdadero problema: no en su capacidad, sino en su función.
Estoy convencida de que Sheinbaum puede terminar pareciendo, hacia afuera, una figura mucho más presentable que su antecesor: más técnica, más predecible, más cómoda para los estándares globales. Pero eso no implica un país mejor gobernado. Implica, en el mejor de los casos, una ficción más sofisticada.
Y TIME, fiel a su costumbre, ya decidió comprarla. Otra vez.
Sheinbaum no es la excepción. Es el nuevo capítulo. La pregunta ya no es si estará a la altura del relato.
La pregunta es si el país —otra vez— volverá a pagar el costo de creérselo.
Giro de la Perinola
(1) Mexicanos en TIME 100
Política y poder
• Enrique Peña Nieto (2014)
• Claudia Sheinbaum (2025, 2026)
Cultura, cine y entretenimiento
• Guillermo del Toro (2018)
• Alejandro González Iñárritu (2016)
• Gael García Bernal (2016)
• Diego Luna (2025)
• Salma Hayek (2023)
• Yalitza Aparicio (2019)
Activismo / sociedad civil
• María Herrera Magdaleno (2023)
(2) Otros listados relevantes de TIME
• Carlos Slim → frecuente en rankings de poder global
• Andrés Manuel López Obrador → ampliamente cubierto, aunque no central en TIME 100
(3) Portadas de TIME (otra liga)
Cárdenas, Alemán, López Mateos; Salinas, Zedillo; Fox, Peña Nieto; y, excepcionalmente, Slim.
Lectura de fondo: México entra a TIME cuando encarna una narrativa útil: modernización (Salinas, Peña), transición (Fox), estabilidad o crisis (Zedillo), exportación cultural (Del Toro, Iñárritu). Nunca como potencia estructural constante. México aparece como episodio, no como actor permanente.





