“Es preferible heredar a los hijos pobreza, pero no deshonra”.

Andrés Manuel López Obrador

“Todos los animales son iguales, pero algunos animales son más iguales que otros”.

George Orwell

La austeridad republicana terminó exactamente donde siempre terminan las revoluciones que prometen igualdad: rodeada de privilegios.

Esta semana, Jesús Ernesto López Gutiérrez, hijo menor de Andrés Manuel López Obrador, apareció en la inauguración privada de Nusr-Et, el costoso restaurante del chef turco Salt Bae en la Ciudad de México. Un evento para invitados VIP. Exclusivo. Selecto. Muy lejos del universo de las tortillas y la sobriedad franciscana que durante años se predicó desde el púlpito político de la Cuarta Transformación.

No. El problema no es que un joven asista a un restaurante de lujo. El problema es quién es. Y, sobre todo, de quién es hijo.

Durante años los mexicanos escuchamos una lección moral permanente: Que la pobreza era una virtud. Que la austeridad era una obligación ética. Que los lujos eran una expresión de corrupción. Que los ricos eran sospechosos. Que los aspiracionistas eran egoístas. Que los fifís representaban todo lo que estaba mal en el país. Mas hoy resulta que los únicos autorizados para disfrutar de los privilegios son quienes construyen su carrera política denunciándolos.

Por supuesto, aparecerán los defensores de siempre. Dirán que no sabemos quién pagó la cuenta. Que no sabemos qué comió. Que asistir a un restaurante no constituye delito. Tendrán razón. Pero nadie está hablando de delitos. Estamos hablando de congruencia. Y la congruencia fue precisamente la mercancía política más valiosa que vendió López Obrador —y ahora continúa vendiendo Claudia Sheinbaum— durante ya casi treinta años.

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El caso de Jesús Ernesto no es una excepción. Es la continuación de una larga cadena de episodios que involucran a los hijos del expresidente y que revelan algo mucho más profundo: la aparición de una nueva aristocracia política nacida al amparo de la llamada Cuarta Transformación y financiada con nuestros impuestos.

Ahí está José Ramón López Beltrán. Primero fue la Casa Gris de Houston. Aquella residencia vinculada a un alto ejecutivo de Baker Hughes, empresa contratista de Pemex. Durante semanas el país entero discutió lo mismo: cómo el hijo del presidente que predicaba austeridad podía habitar una propiedad —en un abierto conflicto de interés— que simbolizaba exactamente el estilo de vida que su padre había condenado durante décadas.

Después llegaron las explicaciones. Que si la casa era rentada. Que si “al parecer la mujer tiene dinero...”. Que si todo era legal.

Pero la discusión nunca fue jurídica. Fue moral. Es lógico que quien construyó un movimiento basado en la superioridad moral termine siendo juzgado por estándares morales.

Más tarde apareció otro episodio incómodo. José Ramón informó que trabajaba para KEI Partners, empresa vinculada a los hijos de Daniel Chávez, empresario cercano al obradorismo y participante en algunos de los proyectos más emblemáticos del sexenio. Una vez más, al menos hay conflicto de interés… Y la pregunta que siguió fue inevitable: ¿dónde terminaba la amistad política y dónde comenzaban los beneficios derivados de la cercanía con el poder?

Cuando parecía que la conversación había terminado, llegaron las imágenes más recientes. José Ramón y Carolyn Adams fueron captados en Puerto Cancún, uno de los desarrollos residenciales más exclusivos del país. También circularon fotografías de compras en una boutique Cartier.

Nadie tiene prohibido vivir bien. Nadie tiene prohibido adquirir artículos de lujo. Lo que sí resulta imposible es dedicar una vida entera a condenar esos símbolos de prosperidad para después terminar habitándolos con absoluta naturalidad. En otras palabras, el verdadero problema no es la riqueza, es la hipocresía.

Y otra cosa que no debe de escaparse: no hay congruencia entre los ingresos de estos personajes y su nivel de vida. En otras palabras, los mexicanos jamás habrían cuestionado a un empresario exitoso viviendo en una mansión. Lo que cuestionan es al hijo del líder, cuyo ingreso no da para ese nivel de gastos, que convirtió la austeridad en doctrina política mientras su entorno familiar parece alejarse cada vez más de ella.

Y luego está Andrés Manuel López Beltrán. Andy. El heredero político. El príncipe de la Cuarta Transformación. El hombre que hoy intenta construir una carrera propia utilizando exactamente aquello que el obradorismo decía combatir: el apellido. Resulta difícil imaginar una demostración más acabada de nepotismo político. Durante años se prometió que terminarían los privilegios familiares. Que el país dejaría atrás los apellidos poderosos. Que los hijos de los gobernantes no heredarían espacios de influencia. Hoy el principal activo político de Andy sigue siendo una fotografía con su padre.

Toda revolución produce su propia nobleza. La revolución francesa tuvo la suya. La revolución rusa también. La revolución cubana no fue diferente. La Cuarta Transformación tampoco escapa al fenómeno.

Cambian los discursos. Cambian las consignas. Cambian las banderas. Los privilegios permanecen.

Así, mientras al pueblo le recomiendan frijoles porque somos un “país frijolero”, mientras se insiste en que la pobreza es una virtud y que la austeridad es un valor superior, la nueva élite revolucionaria parece sentirse perfectamente cómoda entre residencias exclusivas, boutiques de lujo, restaurantes para celebridades internacionales y relaciones privilegiadas con los círculos del poder económico.

La ironía es extraordinaria. Durante décadas López Obrador construyó un movimiento político denunciando exactamente eso. Hoy los símbolos del privilegio ya no aparecen del otro lado de la barricada. Aparecen en el álbum familiar.

La 4T no destruyó a los fifís. Los sustituyó. Y quizá esa sea la mayor estafa política del movimiento obradorista. Porque millones de mexicanos votaron pensando que estaban acabando con una élite. Lo que hicieron fue financiar el nacimiento de una nueva. Una más hipócrita. Y es que, al menos, la anterior nunca fingió vivir con doscientos pesos en la cartera.

Giros de la Perinola

(1) La Auditoría Superior de la Federación reportó observaciones por aclarar que, acumuladas a lo largo del sexenio de López Obrador, suman cientos de miles de millones de pesos. Una cifra tan escandalosa que debería ocupar titulares todos los días mientras dure el obradorismo. Sin embargo, en la República de la superioridad moral, las preguntas incómodas suelen declararse conservadoras.

(2) Y hablando de herencias: Andy López Beltrán regresó a Tabasco para buscar una diputación federal. Curioso destino para un movimiento que prometía acabar con los cacicazgos familiares. Al parecer, la lucha contra el nepotismo también aplica bajo el principio de “excepto en los casos de la familia”.

(3) La izquierda latinoamericana pasó décadas burlándose de los llamados “socialistas de champagne”. Terminó produciendo los propios. Solo que éstos no beben solo champagne. Además prefieren que el pueblo tome agua mientras ellos reservan mesa.