“Todos tienen un plan hasta que reciben un golpe en la boca”.

Mike Tyson

“Quien dice organización, dice oligarquía”.

Robert Michels

En el boxeo profesional, unos cuantos kilos bastan para cambiar de categoría: paja, mosca, wélter, mediano, crucero o pesado. En política, por fortuna, la báscula no vota. Votan los ciudadanos, y allí el peso se mide en sufragios, territorio, reputación y capacidad para seguir de pie después de los golpes.

Bajo esas reglas, en la pelea por la Cuauhtémoc hay un peso pesado: Alessandra Rojo de la Vega. Es la campeona defensora, pelea en territorio propio, tiene exposición nacional y ha construido una marca política que ya no depende enteramente de los partidos que la postularon. No es poca cosa en una oposición donde algunos dirigentes todavía necesitan consultar el logotipo antes de recordar quiénes son.

Una encuesta de C&E Research, levantada en abril, la coloca al frente de todos los careos planteados, con entre 36.4% y 38.4% de las preferencias, y registra 53.3% de apoyo a su reelección. No es una ventaja irreversible, pero sí suficiente para que Morena comience a escuchar la campana. Las encuestas, desde luego, no son actas electorales, aunque el partido suele tratarlas como expresión infalible del pueblo cuando calcula ganarlas.

Del otro lado todavía no existe candidata formal, pero ya se escuchan las señales que suelen preceder a la espontaneidad cuidadosamente organizada. Arturo Ávila abandonó sus aspiraciones y expresó su respaldo a Citlalli Hernández; poco después aparecieron en Buenavista pintas con las iniciales “CH”. Nada está decidido, naturalmente. Solo el respaldo, las bardas y el posicionamiento.

Conviene, sin embargo, no convertir la inferencia en boletín de prensa. No existe prueba pública de que Claudia Sheinbaum haya decidido enviar a Citlalli a recuperar la Cuauhtémoc. Lo comprobable es que Morena empieza a perfilarla y que la posibilidad tiene bastante lógica.

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Su eventual postulación no sería únicamente una demostración de fuerza. También constituiría la confesión del tamaño del problema. Morena no puede repetir el experimento familiar de Caty Monreal, no parece encontrar suficiente una figura exclusivamente local y necesita colocar detrás de su candidata todo el peso de la estructura partidista.

En realidad, no estaría escogiendo adversaria para Alessandra, sino calculando cuánta maquinaria necesita para derrotarla.

La diferencia puede resumirse así: Citlalli tiene peso partidista; Alessandra, peso electoral. Una llevaría el aparato a la espalda; la otra tiene el territorio bajo los pies.

Citlalli reúne las cualidades de una candidata de combate: notoriedad, disciplina partidista, capacidad de confrontación y una identidad ideológica que nadie podría confundir con la moderación. Además, conduce la operación electoral de Morena rumbo a 2027 y permitiría disputar a Alessandra el discurso feminista. La esquina y la boxeadora se conocen bien; en ocasiones, demasiado bien.

Pero la pregunta interesante no es solo por qué Citlalli. Es por qué no Luisa María Alcalde.

La explicación amable diría que Sheinbaum preserva a Luisa para una empresa mayor. Demasiado amable. Mi lectura es otra: la presidenta no quiere verla ni derrotada ni fortalecida.

Luisa pertenece al linaje político de López Obrador. Es hija de Bertha Luján y Arturo Alcalde; AMLO la llevó primero a la Secretaría del Trabajo, después a Gobernación y finalmente a la presidencia de Morena, donde compartió la cúpula con Andrés Manuel López Beltrán. No es una figura formada en el grupo original de Sheinbaum, sino una herencia política recibida junto con las llaves de Palacio.

Robert Michels explicó hace más de un siglo que las organizaciones terminan concentrando el poder en quienes controlan su maquinaria. Décadas después, Angelo Panebianco llamó “zonas de incertidumbre” a los espacios estratégicos cuyo dominio permite mandar dentro de un partido: la organización, los recursos, la comunicación y, sobre todo, la selección de candidaturas. Morena podrá llamarlas encuestas; la ciencia política suele llamarlas poder.

Vista desde allí, la salida de Luisa de la dirigencia y su llegada a la Consejería Jurídica adquieren otro significado. Puede presentarse como un ascenso institucional; también puede leerse como un encapsulamiento político. Pasó de controlar la afiliación, las candidaturas y la estructura territorial de Morena a ocupar una oficina importante, sí, pero directamente subordinada a la presidenta y sin base electoral propia.

Sheinbaum no la expulsó: la sentó cerca. A veces, en Palacio, la proximidad es la forma más elegante de evitar que alguien vaya demasiado lejos.

Porque la confianza política no se mide por la distancia entre los despachos, sino por aquello que se permite controlar. Luisa quedó cerca de la presidenta; Citlalli, cerca de las candidaturas. Una tiene rango. La otra, estructura.

Enviar a Luisa a la Cuauhtémoc entrañaría riesgos en ambos sentidos. Si gana, obtiene territorio, presupuesto, reflectores y una plataforma propia desde la cual proyectarse. Si pierde, la derrota alcanza a una heredera directa de López Obrador y termina cobrándose también en Palacio Nacional. Demasiada ganancia si triunfa; demasiado costo si fracasa.

La solución más conveniente es mantenerla donde está: conserva jerarquía, pero no construye poder electoral. Claudia Sheinbaum quizá no esté reservando a Luisa María Alcalde para el futuro. Está administrando en el presente una herencia de López Obrador.

Citlalli, en cambio, resulta funcional para la operación. Puede ser enviada al combate sin que una eventual victoria produzca un polo de poder comparable al que podría construir Luisa. Y si pierde, Morena podrá atribuir el resultado a la fortaleza excepcional de Alessandra. Hay derrotas que terminan una carrera y otras que, con suficiente disciplina partidista, se convierten en muestra de lealtad.

Ya dije: todo este reacomodo revela la dimensión que Morena concede a la Cuauhtémoc. No se trata simplemente de recuperar una alcaldía: busca borrar la derrota de 2024, clausurar el ciclo Monreal y contener a una opositora que comienza a proyectarse hacia la Jefatura de Gobierno.

Citlalli llegaría acompañada por la dirigencia de Morena y una maquinaria que sabe hacer sentir su peso. Alessandra subiría con el cinturón, el cuadrilátero y, por ahora, las tarjetas de los jueces. En la báscula podría parecer evidente quién pertenece a la categoría mayor. En la Cuauhtémoc, no tanto. Allí la báscula no vota y, hasta nuevo aviso, el peso pesado es la campeona defensora.