Recibo de vez en cuando correos electrónicos de Recitativo, una publicación digital española especializada en música clásica. Siempre son interesantes. En el más reciente de sus textos me enteré de la existencia de un instrumento musical que no sirve para nada. Lo inventó en el siglo XIX el artesano Jean-Baptiste Vuillaume, mide tres metros y medio y pesa 130 kilos. Se llama octabajo y es, nada más, una especie de ampliación del contrabajo.
Cuando vi en Google una foto del octabajo me pareció algo así como un violín diseñado para el tierno Gigante Egoísta del cuento de Oscar Wilde o para el más maloso Gargantúa de las historias de François Rabelais. Véase esta imagen.

El octabajo fue creado para producir notas extraordinariamente graves. ¿Las necesitaba la música? Nunca se sabrá porque durante mucho tiempo prácticamente no hubo repertorio para tal instrumento, excepto algo por ahí de un compositor español radicado en Canadá, José Evangelista.
Desde su creación, fue muy difícil construir un octabajo, y todavía más complicado tocarlo. Solo se fabricaron tres ejemplares de la versión original de Vuillaume. Siglo y medio después, el luthier Jean-Jacques Pagès construyó una réplica moderna que en 2016 llegó a la Orquesta Sinfónica de Montreal, cuyo director, Kent Nagano, para poder incluirlo en sus conciertos, tuvo entonces que encargar a José Evangelista una obra específica, Accelerando. Y no sé si haya más obras para el octabajo, que sigue siendo una extravagancia, en gran medida porque produce sonidos tan graves que difícilmente capta el oído humano.
El octabajo me recuerda a los gigantescos y costosísimos organismos constitucionales autónomos o a los descentralizados creados desde los años noventa por el PRI y el PAN que duplicaron burocracias y funciones del gobierno federal y que, excepto el INE y el Banco de México, sirvieron para muy poco.
Muchos de tales organismos u órganos constitucionales y descentralizados fueron gigantes absurdos que se alimentaban de enormes cantidades de recursos públicos.
No tengo duda de que una composición para octabajo como Accelerando puede tocarse con instrumentos más sencillos. La han interpretado orquestas que no cuentan con el gigantesco tololoche.
Algunos organismos u órganos autónomos o descentralizados del Estado mexicano llegaron a parecerse al octabajo: enormes estructuras burocráticas construidas para producir algo que ya producían otras dependencias.
La justificación para crear el gigantesco aparato de organismos especializados, desconcentrados, descentralizados y constitucionalmente autónomos fue que tendrían independencia, especialización técnica, transparencia, regulación... Todo con un costo tan gigantesco como el más descomunal de los gigantes de la literatura fantástica.
Por fortuna, la 4T hizo la pregunta relevante: ¿realmente necesitábamos gastar tanto en todo eso para hacer funcionar al Estado?
Si existía el contrabajo, que ya producía los sonidos graves que una orquesta necesitaba, ¿era necesario el enorme octabajo? La respuesta es no, no se requería ir mucho más abajo del contrabajo.
Algo semejante ocurrió con las estructuras creadas por el Estado mexicano en los tiempos del PRI y del PAN. Se construyeron instituciones cada vez más grandes y especializadas para realizar funciones que, en casi todos los casos, podían haber seguido desempeñándose dentro de las instituciones públicas que ya existían.
Por fortuna, para detener semejante derroche, la Cuarta Transformación desmontó buena parte de aquella arquitectura y devolvió sus funciones a las secretarías y organismos públicos existentes. No desapareció necesariamente la función. Desapareció el instrumento, que como el octabajo ha quedado para museo de las extravagantes cosas inútiles.
El caso de la evaluación educativa es un muy buen ejemplo: el Instituto Nacional para la Evaluación Educativa fue creado en 2002 y convertido en órgano constitucional autónomo en 2013; después, en el arranque de la 4T, en 2019, fue sustituido por Mejoredu. Y finalmente Mejoredu también desapareció, con el regreso de sus atribuciones a la Secretaría de Educación Pública.
Otro caso: el Coneval realizaba mediciones de pobreza y evaluaciones de la política de desarrollo social que ahora realiza el INEGI. Y hay muchos más.
Desde luego, no todos los organismos autónomos son inútiles. El Banco de México debe ser autónomo para separar la política monetaria de las decisiones políticas. El INE responde a la necesidad de organizar las elecciones lejos del gobierno para evitar favorecer al partido en el poder. Pero nada más.
¿Necesitaba la música al octabajo? Nuevos instrumentos sí, pero utilizables, como dos inventados en el siglo XIX: la celesta que Tchaikovsky usó en el Cascanueces, o el saxofón, tan popular hoy en día.
¿Necesitaba el Estado tantos órganos autónomos y descentralizados? Tantos no. Un par de ellos, sí. El resto era solo despilfarro. Qué bueno que la 4T los tiró a la basura.



