“La primera ley es no engañarse a uno mismo. Y usted es la persona más fácil de engañar.”

Richard Feynman

México acaba de descubrir una nueva rama de las ciencias exactas: cuando el resultado no conviene, lo inexacto es el instrumento. Si el termómetro marca fiebre, se denuncia al termómetro; si la báscula señala sobrepeso, se le acusa de gordofobia; si PISA exhibe que nuestros estudiantes no saben matemáticas, seguramente la OCDE no comprende la riqueza epistemológica de contar con los dedos.

Claudia Sheinbaum cuestionó que se aplique una misma evaluación a países con realidades diferentes. La objeción suena sensible, humanista y hasta bordada a mano por alguna comunidad originaria, pero destruye la idea misma de medir. Una cinta métrica que se estira según la estatura, nacionalidad, historia y susceptibilidades del medido sirve para arropar gobiernos, no para comparar realidades.

Pero además hay que saber —o salir del error— que PISA no entrega a todos los adolescentes un cuadernillo idéntico redactado en finlandés. Traduce y adapta lingüísticamente los reactivos, los somete a revisión de los países, verifica su equivalencia y con ello construye una escala COMÚN. Tampoco busca descubrir al próximo Einstein ni expide certificados individuales de aprobado o reprobado: estudia una población —jóvenes escolarizados de quince años— mediante distintas combinaciones de preguntas calibradas sobre la misma escala. No es examen de admisión a la UNAM; es una radiografía epidemiológica del aprendizaje.

¿Significa que PISA es perfecta? No. Evalúa competencias específicas y no mide civismo, sensibilidad artística, solidaridad, felicidad ni todos los propósitos imaginables de la educación. En México representó aproximadamente al 69% de los quinceañeros. En otras palabras, es una ventana, no la casa entera. El pequeño inconveniente para Palacio Nacional es que lo que alcanza a verse por esa ventana parece zona de desastre.

México obtuvo 388 puntos en matemáticas, 408 en lectura y 414 en ciencias, por debajo del promedio de los países de la OCDE en las tres áreas. Solo tres de cada diez estudiantes alcanzaron el nivel básico en matemáticas y únicamente la mitad lo consiguió en lectura y ciencias. Traduzco sin la amable intermediación del gobierno, Aurelio Nuño, Eduardo Andere, Carlos Mancera, Claudio X. González o la oposición: siete de cada diez jóvenes no pueden resolver con solvencia matemática problemas elementales de la vida cotidiana. La palabra verdaderamente obscena del informe es “casi”: casi ninguno alcanzó los niveles superiores. Hemos democratizado tanto la mediocridad que hasta la excelencia fue declarada privilegio neoliberal

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Ahora bien, los datos deben leerse sin matracas, incluidas las de los críticos como una servidora. Frente a 2022, matemáticas sí sufrió una caída estadísticamente significativa: pasó de 395 a 388 puntos. Lectura bajó de 415 a 408 y ciencias subió de 410 a 414, pero ninguna de estas dos últimas variaciones fue estadísticamente significativa. En términos rigurosos, ambas permanecieron aproximadamente iguales. Iguales.

Este detalle produce una escena deliciosa. La presidenta tomó cuatro puntos que la OCDE considera indistinguibles de una fluctuación estadística, los convirtió en mejoría y enseguida se los adjudicó a la Nueva Escuela Mexicana. Primero fabricó el avance; después lo nacionalizó. No sé si Claudia Sheinbaum no entiende la estadística o entiende demasiado bien a su audiencia. Si una alumna de estadística atribuyera causalidad a una diferencia NO significativa, probablemente reprobaría; si lo hace la jefa del Estado, se llama nuevo paradigma educativo…

Para explicar el deterioro en lectura, Sheinbaum invocó las plataformas digitales y recordó que la caída es internacional. Algo de verdad hay: muchos países retrocedieron y la OCDE advierte sobre distracción, superficialidad y pérdida de pensamiento crítico. Pero reconocer un fenómeno mundial no absuelve a quien gobierna; describe, en cambio, el problema que debería enfrentar. También llueve en todo el país y, hasta donde sé, no felicitamos a la autoridad cuando se inunda el Metro...

Es correcto añadir otro matiz: entre 2015 y 2025 aumentó la proporción de quinceañeros mexicanos incorporados a secundaria, y sumar jóvenes antes marginados puede presionar el promedio a la baja. Y aunque incluirlos es un avance social, matricularlos sin enseñarles lo indispensable es simplemente repartir “credenciales de asistencia”. Es decir, no lleva a ninguna mejoría. Posiblemente todo lo contrario.

La coartada siguiente de este gobierno es la pobreza. Desde luego que importa: un alumno con hambre, sin libros, computadora ni espacio para estudiar compite en condiciones profundamente desiguales. Negarlo sería una estupidez; mas convertirlo en destino inevitable sería otra. Entre 2022 y 2025, Camboya aumentó 35 puntos en ciencias, 29 en matemáticas y 18 en lectura; Filipinas avanzó 17, 16 y 20 puntos, respectivamente; Turquía ganó 18, ocho y 16. México, en cambio, obtuvo cuatro puntos NO significativos en ciencias y perdió siete tanto en matemáticas como en lectura. ¡Qué envidia Camboya! ¡Qué maravilla Filipinas! ¡Qué insoportable falta de sensibilidad política la de esos países que, en lugar de declarar colonialista al termómetro, se pusieron a mejorar la temperatura!

PISA permite, además, comparar estudiantes de condiciones socioeconómicas semejantes. El 30% de los participantes mexicanos pertenece al estrato internacional más desfavorecido y obtuvo 387 puntos en ciencias; jóvenes igualmente pobres y jodidos alcanzaron resultados significativamente mejores en Turquía y en regiones de China. Incluso en México, 12% de los alumnos desfavorecidos consiguió ubicarse en el cuarto (25%) de mejor desempeño científico nacional. La pobreza condiciona, pero no sentencia. Explica por qué la tarea es más difícil; no por qué debe abandonarse.

Así, en otros países no es destino. En México amenaza con convertirse en certificado oficial de imposibilidad. Los alumnos mexicanos evaluados cursaron la mayor parte de su educación básica bajo gobiernos de Morena: padecieron su respuesta a la pandemia, sus prioridades presupuestales, sus materiales educativos, su desprecio por la evaluación y su guerra contra cualquier dato que no se ponga la camiseta guinda. PISA no permite condenar por sí sola a la Nueva Escuela Mexicana; SÍ permite juzgar al sistema que produjo estos resultados y al gobierno que lleva ocho años administrándolo.

Los críticos de siempre tampoco llegan con las manos vírgenes: México arrastra un cuarto de siglo de estancamiento, incluidos los años en que algunos fueron funcionarios, asesores, evaluadores o propietarios intelectuales de la educación nacional. No necesitamos “sacerdotes” que nos traduzcan el oráculo; necesitamos dejar de repetir su fracaso.

Y aquí aparecen los otros datos de PISA, quizá los más hermosos y más crueles. El 80% de los estudiantes mexicanos se declara curioso, frente al 73% de la OCDE; 76% afirma esforzarse más cuando el trabajo se complica, contra 60%; 82% pide ayuda a sus maestros y 86% a sus compañeros cuando no entiende. Solo 11% considera que la escuela ha sido una pérdida de tiempo, menos de la mitad del promedio de la OCDE, y 81% dice sentirse parte de ella. La mayoría también percibe maestros atentos: 81% afirma que el profesor se interesa por el aprendizaje de todos; 77%, que continúa explicando hasta que entienden, y 83% que ofrece ayuda adicional.

Los muchachos preguntan, insisten, se esfuerzan y todavía creen en la escuela. El sistema les responde dejando a siete de cada diez sin competencia matemática básica. No estamos ante una generación apática a la que haya que conmover con discursos sobre humanismo, sino ante jóvenes con ganas de aprender y un aparato educativo incapaz de corresponderles. La tragedia no es que hayan abandonado emocionalmente la escuela; ¡es que la escuela los está abandonando académicamente ellos!

Hay otra fortaleza casi omitida. México obtuvo 453 puntos en resolución computacional de problemas, todavía por debajo de los 500 de la OCDE. Lo extraordinario está en que 63.9% de los estudiantes resolvió esos problemas mejor de lo que permitía anticipar su desempeño científico; el promedio internacional fue de 56.3%. Y no será por exceso de infraestructura: México dispone de apenas 2.26 computadoras escolares por cada diez alumnos, uno de los registros más bajos entre los 86 sistemas examinados.

Tal vez esas capacidades se desarrollaron en teléfonos, aplicaciones, tutoriales, videojuegos plataformas y redes sociales. El 47% de los jóvenes mexicanos ya utiliza inteligencia artificial (así sea la de Google) semanalmente para aprender; 40%, para investigar temas nuevos; 34%, para resumir lecturas, y 35%, para redactar trabajos. Mientras la Nueva Escuela Mexicana debate si evaluar constituye una agresión cultural, sus alumnos ya viven en el siglo XXI sin esperar autorización de Mario Delgado.

Desde luego, restringir el celular durante una clase puede ser razonable: 37% de los estudiantes reporta distracciones digitales en la mayoría o totalidad de sus lecciones de ciencias. No propongo convertir TikTok en libro de texto ni el desplazamiento infinito en método pedagógico. Regular la distracción es sensato; pero confundirla con la tecnología sería como combatir las faltas de ortografía confiscando los lápices porque también sirven para escribir recaditos. La tarea es enseñar a investigar, programar, verificar fuentes, proteger datos, usar TikTok y gobernar algoritmos antes de que los algoritmos gobiernen a los alumnos. Pero resulta más barato retirar teléfonos, redes sociales y opiniones críticas al régimen que proporcionar computadoras y alfabetización digital.

Y todavía hay una forma adicional de evitar que PISA “incomode”: impedirle mirar con demasiado detalle. Y eso precisamente ha profundizado la 4t. Entre 2003 y 2012, México pagó sobremuestras de alrededor de 30 mil alumnos o más, suficientes para obtener resultados representativos por cada una de las 32 entidades federativas. En 2015 esa amplitud se abandonó; en 2025 participaron 7,843 estudiantes de 297 escuelas, una muestra técnicamente sólida para representar al país, pero insuficiente para diagnosticar cada estado. No fue la 4T la que tomó originalmente la decisión. Lo que sí hizo fue conservarla con admirable disciplina: para algunas comunidades sí resultó muy neoliberal aquello de no cambiarle ni una coma.

La pérdida es políticamente conveniente. Sin resultados estatales, la Federación culpa a “las condiciones históricas”; los gobernadores, al sistema nacional; la SEP, a las familias; las familias, a las escuelas, y las escuelas, a la falta de recursos. Todos tienen explicación y nadie tiene domicilio estadístico. Por eso resulta especialmente cómico escuchar a Sheinbaum afirmar que PISA no comprende las distintas realidades de México: si realmente quisiera conocerlas, financiaría nuevamente la sobremuestra estatal. La metodología existe y México ya la utilizó. No hace falta mexicanizar la regla; basta con medir mejor a los “distintos Méxicos”. Claro que cuesta. También cuestan los trenes, el petróleo enviado a Cuba y una refinería que no refina. La diferencia es que una buena medición podría señalar responsables y mejorar aprendizajes y el futuro de los mexicanos.

PISA no afirma que los jóvenes de nuestro país sean incapaces. Revela que el Estado desperdicia su curiosidad, perseverancia, adaptabilidad y ganas de aprender. Ellos todavía creen que la escuela sirve; resultan conmovedores, quizá porque son los únicos que no han perdido la fe pese a todo lo que hacen sus gobernantes para desengañarlos. La 4T no creó toda la ruina: recibió una casa dañada, arrancó algunos instrumentos de medición, cambió los planos y ahora se dedica a discutir con la métrica. No enseñaron, ¡pero vaya que transformaron!: convirtieron cuatro puntos de ruido estadístico en hazaña educativa, el contexto en coartada y la ignorancia en soberanía.

Giro de la Perinola

¿La presidenta quiere una evaluación adaptada a la realidad mexicana? Ya existe: se llama mañanera. Allí el gobierno redacta las preguntas, interpreta las respuestas, establece su propia escala y obtiene diez en todo. Lástima que en matemáticas cero siga siendo cero, incluso en el país de la Transformación.