Así sea de mal gusto, admitamos que no son raras las flatulencias tan ruidosas como involuntarias en público. Entre los tantos problemas gastroenterológicos existentes, ese es uno de los más frecuentes. A cualquiera le puede pasar en estos tiempos de excesiva variedad de comida y bebida.
Podría ocurrirle a un funcionario tan importante como el director de la DEA... o el del FBI. Recordemos que las celebridades en Estados Unidos y el Reino Unido son bien pedorras en público. Mike Ditka, campeón del Super Bowl; Whoopi Goldberg, ganadora de un Oscar; Regis Philbin, famoso conductor de televisión; Larry King, estrella del periodismo convertido en espectáculo, y Cheryl Cole, cantante británica, aparecen entre las figuras de gran fama a las que se han atribuido episodios de flatulencias más que sonoras en televisión en vivo. Hay incluso recopilaciones de esos momentos. Aquí un video.
Si el pedote lo soltara el director de la DEA —o el del FBI, o algún integrante del gabinete presidencial de Estados Unidos—, el columnista Jorge Fernández Menéndez diría que se trata de una genialidad de alto calibre, una jugada de ajedrez político insuperable para presionar al gobierno de México.
Es lo menos que se puede concluir después de haber leído la columna que Jorge publicó hoy en Excélsior: “No son locuras, es agenda”. ¿En serio?
Fernández Menéndez sostiene que algunas de las muy numerosas bromas recientes de Donald Trump —los “tamales y jitomates”, el mapa que incluye a México, Canadá y Groenlandia, lo de desaparecer a Nuevo México, etcétera— no deben interpretarse simplemente como ocurrencias, sino como instrumentos de presión estratégica dentro de una increíblemente inteligente agenda estadounidense que incluye la renegociación del T-MEC y, sobre todo, seguridad y geopolítica… y más, mucho más.
Así de exagerado y proyanqui el querido Jorge. Objetivamente hablando, es demasiado elogiar hasta las puntadas más absurdas de personajes de la política estadounidense.
El texto de Fernández Menéndez tiene un componente muy fuerte de admiración respecto de la conducta de Washington; le invito a que reflexione sobre esto.
Su columna tiene un punto válido, pero Jorge lo lleva demasiado lejos. Es cierto que Trump suele usar provocaciones como instrumento de negociación, pero carece de sentido presentar meras puntadas —algunas muy divertidas— del presidente de Estados Unidos como estrategias sofisticadas para presionar a México, para terminar de sacar a China y Rusia de América Latina y para acabar, en definitiva, con los cárteles de las drogas ilegales.
El columnista Fernández Menéndez ha caído en el síndrome de la infalibilidad del imperio. Está bien decir que si Washington hace algo sensato, es estrategia. Pero, ¿afirmar que si hace algo absolutamente absurdo también es estrategia? Son ganas de convencerse —y el articulista de Excélsior parece plenamente convencido de ello— de que Estados Unidos nunca se equivoca, por evidentemente insostenible que sea su actuación, como es el caso de amenazar con cambiar el nombre a Nuevo México por Nueva América o dibujarse a sí mismo el presidente del vecino país del norte como guerrero intergaláctico con los recursos de la inteligencia artificial.
Que Estados Unidos tenga mucho poder económico, militar y financiero no significa que todas sus decisiones sean acertadas ni que sus objetivos sean necesariamente convenientes para México… o para toda la humanidad.
Una frase de Fernández Menéndez, “estrategia hemisférica exitosa”, no tiene el menor sentido, sobre todo aplicada a los acostumbrados chistes —algunos muy simpáticos, otros no tanto— del presidente de Estados Unidos.
Las travesuras del mandatario estadounidense pueden ser consecuencia del aburrimiento que provoca el poder absoluto. Porque el poder, cuando no encuentra límites, termina generando tedio.
En Reforma leo que Trump, para no morir de hastío, ha difundido 62 publicaciones en la cuenta que tiene en su propia red social, algunas generadas con IA, “que lo mostraban lanzando una guerra nuclear contra la Tierra desde el espacio, o frente a un ejército de robots… o bien reunido en la Oficina Oval con George Washington”, y también cambiando el nombre a Nuevo México o diciendo “la luna es nuestra”.
Interpretar como jugadas maestras de ajedrez político todas esas bromas, más otras que dedica a México, solo puede atribuirse a un enorme complejo de inferioridad nacionalista del columnista Fernández Menéndez.
Así que lo único que queda es concluir que si el director de la DEA o el del FBI —o un fiscal de Estados Unidos, o un senador de allá— se tiran un pedo muy notorio, muy sonoro, muy olfativo, digámoslo así, por problemas gástricos causados por el exceso de hamburguesas, entonces don Jorge Fernández Menéndez de inmediato dirá que son jugadas maestras para presionar a los narcopolíticos.
Después del gran pum de cualquiera de tales funcionarios estadounidenses leeríamos en su columna:
“No fue un accidente gástrico. Fue una señal deliberada. El director de la DEA o el del FBI —o el mero, mero del Departamento de Justicia— sabían que el olor llegaría a México y quisieron así enviar un mensaje a los políticos mexicanos: Washington sabe dónde están y tiene capacidad para hacerles sentir su presencia. Más les vale que huyan, cabrones”.
El propio Fernández Menéndez asegura en su texto de hoy martes que mucho de lo que Trump dice en redes sociales son locuras “en el papel”, pero agrega que más allá del “papel”, esto es, en “la realidad”, “todo responde a una agenda” basada en memes súper bien diseñados para condicionar la negociación del T-MEC y recordar a México la asimetría de poder existente entre ambos países.
Ridículo. Porque el columnista inclusive se va todavía bastante más lejos. Al mismo tiempo que sugiere que si hasta los chistes de la Casa Blanca son estrategia, califica las decisiones soberanas de México como errores, ingenuidad o desafío irracional.
No se vale tanto antimexicanismo, de plano no.



