Desde luego, la selección de España mereció el triunfo en la cancha. Como equipo fue muy superior a Argentina y, futbolista por futbolista, no cabe ninguna duda: los españoles demostraron más habilidad, fortaleza, inteligencia, serenidad y velocidad que sus rivales.

Más allá de lo deportivo, hubo una nación vencedora en el terreno de la diplomacia. El palco de honor del estadio de Nueva York / Nueva Jersey se convirtió en una cumbre de alto nivel entre tres naciones con gobiernos, si no de izquierda, sí de tendencia progresista —México, Canadá y España— y la principal potencia del planeta, Estados Unidos, que tiene una administración abiertamente conservadora.

La gran protagonista fue la presidenta de México, Claudia Sheinbaum, quien ocupó un lugar de privilegio en el palco, al lado de la esposa de Donald Trump, Melania, y junto al propio presidente estadounidense durante la ceremonia de entrega de medallas a campeones y subcampeones.

Se notó que el anfitrión, el hombre con mayor influencia política en el mundo, decidió que su invitada principal fuera Claudia Sheinbaum. A diferencia de la mandataria mexicana, el primer ministro canadiense, Mark Carney; el rey de España, Felipe VI, y el presidente del gobierno español, Pedro Sánchez, ocuparon posiciones secundarias. Este último, de hecho, ni siquiera participó en la ceremonia de premiación. Quizá así lo exigía el protocolo, o quizá así lo decidió el propio Trump.

Es importante subrayar la diferencia en el trato que Trump dio a Sheinbaum y a Sánchez: para la mexicana hubo toda clase de atenciones, a pesar de ser una mujer ciento por ciento de izquierda; con el español hubo cordialidad diplomática y nada más, aunque políticamente Sánchez se ubique más cerca del progresismo liberal europeo que de las ideologías verdaderamente izquierdistas.

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México, ni duda cabe, ganó con Claudia Sheinbaum en la final del Mundial. Quedó evidenciado que la relación entre México y Estados Unidos, nunca exenta de problemas, es de colaboración, pero también de respeto absoluto a la soberanía mexicana. Eso, trabajar juntos sin injerencias indebidas, es lo que ha exigido en todo momento la presidenta de México al poderosísimo vecino del norte.

Supongo que esto dejará sin argumentos a la disminuida comentocracia, esa que tanto ha intentado sembrar el miedo con la narrativa, hoy desmentida en la final del Mundial, de que Sheinbaum había cometido el gravísimo error de enfrentar a una nación tan fuerte y agresiva —la mayor potencia del planeta— y que, como represalia, Estados Unidos terminaría interviniendo de la peor manera en México.

Nadie en la prensa se disculpará. No importa. Ojalá, al menos, los y las columnistas reconozcan que la presidenta Sheinbaum ha hecho, con calificación sobresaliente, la tarea en el tema invariablemente complejo de la relación con Estados Unidos.