¿Para qué negociar con los contratistas —en el mejor de los casos, aprendices del arte y la ciencia de la arquitectura— si puedes sentarte a la mesa a conversar, en tono amistoso y hasta festivo, pero sin perder el rigor profesional, con el verdadero arquitecto de la obra? Espero que lo entienda nuestra comentocracia, alarmantemente seducida por el antimexicanismo de la ultraderecha de Estados Unidos.
Los grupos conservadores más radicales del vecino país han convencido a ciertas personas que participan en los medios de comunicación de México de que tienen acceso a los círculos de poder del más alto nivel en Estados Unidos. Y entonces ingenuamente se creen, y difunden en sus espacios periodísticos, cualquier teoría catastrofista que les cuentan.
Hablo de los y las columnistas que durante meses han pronosticado un desastre en la relación entre la presidenta Claudia Sheinbaum y el presidente Donald Trump y que hoy, con evidente frustración, han tenido que constatar que la mandataria mexicana goza del aprecio del hombre más poderoso de la Tierra. Lo ocurrido en la final del Mundial de futbol, en el estadio de Nueva York / Nueva Jersey, no puede dejar lugar a dudas.
Así las cosas, ya está clarísimo que el gobierno de México hizo lo correcto al no desgastarse en foros secundarios, como la reunión convocada por el secretario de Estado del vecino país, Marco Rubio, para abordar el terrorismo y las supuestas amenazas atribuidas a la extrema izquierda.
No tenía sentido participar en una cumbre de escasa relevancia. Asistieron pocas figuras de primer nivel de los principales países. Europa no envió a representantes de gran jerarquía, sino, en la mayoría de los casos, a funcionarios de rango inferior de sus ministerios o secretarías de relaciones exteriores.
México no tenía por qué estar ahí. En ese foro existía, además, el riesgo de tener que escuchar señalamientos injustos, e incluso ofensivos, de sectores radicales o de representantes de gobiernos con escasa influencia internacional.
La 4T, sí, es de izquierda, pero jamás ha sido un proyecto de ultraizquierda, ni el sistema político mexicano se parece en nada al de la Cuba castrista o al de la Venezuela de Hugo Chávez y Nicolás Maduro. Esa ha sido, desde hace años, una de las calumnias más repetidas por la ultraderecha mexicana y de otros países de América Latina e, incluso, de España.
La verdadera diplomacia estratégica se ejerce en la cima del poder. Frente a las críticas por la inasistencia de México a la reunión convocada por Marco Rubio para abordar el terrorismo y las supuestas amenazas de la extrema izquierda, conviene volver la vista a la final del Mundial de la FIFA.
La presidenta Claudia Sheinbaum compartió palco y ceremonia de premiación con el jefe de jefes del secretario Rubio y de sus aliados estadounidenses y extranjeros. Mejor convivir con el dueño del circo.
Por cierto, el canciller mexicano Roberto Velasco sostuvo un intercambio directo con el secretario Rubio en el mismo estadio donde se disputó la final.
Analistas como Jorge Fernández Menéndez, en Excélsior, han formulado cuestionamientos a Sheinbaum y a la 4T que, más que críticas, parecen llamados a la sumisión. Al referirse a la visita de la presidenta a Nueva York, el articulista señaló:
“Ojalá la presidenta Sheinbaum haya podido hacerse un tiempo para hablar con el mandatario estadounidense y comprender por qué la relación bilateral está en una situación tan compleja. Hay nuevos paradigmas que a la 4T le cuesta entender. Debemos definirnos con claridad por ser parte de uno de los varios bloques que se están conformando a nivel regional, y el nuestro es América del Norte, en un contexto de alineamiento político y de seguridad que no será opcional”.
Resulta preocupante que un periodista inteligente, que antes se caracterizó por su nacionalismo, termine exigiendo la subordinación bajo la premisa de la integración regional. Fernández Menéndez plantea, en los hechos, que México renuncie a márgenes esenciales de su soberanía en nombre de una supuesta inevitabilidad geopolítica. Es una postura inaceptable que confunde la cooperación con el alineamiento ciego.
La presidenta Sheinbaum no necesitaba improvisar un diálogo político con el presidente Trump en un evento deportivo. Su presencia institucional habló por sí sola: fue una de las figuras centrales de la ceremonia al entregar el trofeo al mejor jugador del torneo, el español Rodri.
La postura de México no tiene por qué reducirse al cuchicheo en un estadio. Lo que México exige, y la presidenta Sheinbaum lo sostiene todos los días, con firmeza y de cara a la nación, en los foros adecuados, es coordinación sin subordinación.
Claudia Sheinbaum no dará un solo paso atrás en su convicción de que la relación de México con Estados Unidos debe definirse bajo un principio irrenunciable: colaboración y respeto mutuo, sí; injerencismo, jamás. A juzgar por el trato que recibió en el estadio de Nueva York / Nueva Jersey, así lo entiende —y así lo acepta— Donald Trump, quien con hechos desmiente el tono de los mensajes que dirige a su base política más dura.



