Los sistemas e instituciones educativas han generado o establecido, desde hace décadas, con y sin menoscabo del derecho a la educación (Artículo 3 de la Constitución Política), rigurosos esquemas de selección de sus integrantes, tanto de su personal docente como de sus estudiantes. Prácticamente, dichos esquemas se han convertido en verdaderos embudos educativos y sociales. Pero ¿Cuáles son los significados implícitos y ocultos de los procesos de selección en estas instituciones? ¿Cuáles son los términos, conceptos, categorías o palabras que usan las instituciones y la sociedad para referirse a estos procesos de segregación, implícita y explícita, en el ámbito de la educación?
Para el caso del ingreso o en los procesos de admisión de las y los futuros estudiantes a las instituciones de educación superior (UNAM, IPN, UAM, UPN, COLMEX, UACM, sistemas de educación tecnológica, sistema Benito Juárez, Universidad Rosario Castellanos, etc.), o para los contextos de ingreso al servicio público de la docencia (en la SEP, la USICAMM o el Servicio Profesional Docente, en su momento), del sector educativo básico, a las y los solicitantes de ingreso, a través de exámenes o de cursos propedéuticos (de selección interna o procesos “naturales” de selección), se les ha nombrado o denominado, entre otros términos, como “aspirantes”, “candidatos”, “estudiantes solicitantes”, “jóvenes”, “bachilleres”, “alumnas o alumnos”, “chavas o chavos”, “egresados” de escuelas normales u otras, que tienen interés en formar parte de alguna comunidad educativa.
“El rector Lomelí Vanegas solicitó que mañana, martes 4 de agosto, se publique y difunda en los medios oficiales de la UNAM la información sobre las fechas y sedes del examen de control, precisando el procedimiento mediante el cual se convocará a cada aspirante”, señala el boletín de la UNAM del 3 de agosto de 2026.
Ellas y ellos son quienes tienen la carga de la prueba: Son aspirantes, candidatos, estudiantes, jóvenes, bachilleres, alumnos, chavos, egresados de escuelas normales, participantes que son preclasificados como “tramposos” hasta que no demuestren lo contrario.
Vulnerables y vulnerados
Ellas y ellos son vulnerables y víctimas de los sistemas seleccionadores. Gigantescos embudos educativos y sociales que sirven para estigmatizar, discriminar, estereotipar y segregar a las y los aspirantes, candidatos, estudiantes, jóvenes, bachilleres, alumnos, chavos, participantes que no cuentan con los apoyos institucionales para seguir una formación, media superior o de nivel superior, en escuelas públicas. En fin, ellas y ellos son, a final de cuentas, maltratados desde antes de ingresar, durante el proceso o, al final, en el momento que reciben el etiquetado de “rechazados”, “no aceptados” o “no idóneos”.
Los sistemas educativos y sus instituciones seleccionadoras nada dicen con respecto a las desigualdades e inequidades que viven cotidianamente las y los “aspirantes”, años antes, desde el punto de vista económico, social, educativo y cultural, durante el tiempo de su formación en la educación básica. No hay o casi no hay, en México, esquemas compensatorios que pongan como prioridad el derecho a la educación.
El viacrucis educativo
Para ingresar debes de aceptar, sin protestar, todas y cada una de las reglas de la operación seleccionadora. Reunir los papeles, en físico, virtuales o electrónicos; revisar la vigencia y validez de los mismos, realizar el registro correspondiente (en una plataforma o en ventanilla), saltar todos los obstáculos o superar todas las piedras que se colocan en el camino del embudo educativo y social.
El estrés pedagógico
Entre otras linduras de los procesos seleccionadores, ellas y ellos deben soportar la pérdida de autoestima, los episodios de angustia, la impotencia, el enojo, la tristeza, la depresión, el miedo, el insomnio, la sensación de fracaso, la pérdida de tolerancia, o la carencia de paciencia. Y deben concentrarte para estudiar, estudiar y estudiar; repasar las notas personales, elaborar cuadros o mapas de conceptos, de procesos, de campos semánticos, escribir, indagar, buscar referencias, participar en simulacros o guías de exámenes y tutoriales. Hay que enfocarse en la preparación del examen porque de cada siete personas que se inscriben, sólo una o uno es aceptado.
Soportar también los procedimientos de vigilancia, aceptar las reglas establecidas, porque de lo contrario quedarán fuera. Aceptar las normas del juego, aunque éstas sean discriminatorias, excluyentes, segregacionistas, arrogantes, no empáticas ni amigables y con faltas a la dignidad humana.
Luego, y por si fuera poco, pagar derechos del acceso al examen; y ahora, con el “examen de control” (¿o controlador?) de la UNAM, pagar los gastos del viaje, transportación y viáticos para estar el día y la hora, puntuales, en la sede de aplicación del instrumento de evaluación. Que cada quien pague el costo de su tortura. Que cada quien se haga cargo de su propio patíbulo.
Si el examen es en línea, el que les vigila es un robot cognitivo, a cargo de la iniciativa privada. Si el examen es presencial, habrá cámaras de vigilancia, un protocolo probado de seguridad, personas en las sedes de aplicación que orientan, presionan, vigilan, acechan (en el sentido de observar con sigilo y cautela), asisten, etiquetan o maltratan a las y los aspirantes, es decir, evalúan, miden, revisan a estudiantes, candidatos, jóvenes, bachilleres, alumnos, chavos, egresados de escuelas normales, o docentes en servicio para el caso de los concursos, evaluaciones o procesos de promoción verticales u horizontales, etcétera, a cargo de las instituciones públicas.
La fama y el prestigio social
Las y los aspirantes, candidatos, estudiantes, jóvenes, bachilleres, alumnos, chavos, egresados de escuelas normales, docentes en servicio (para el caso de los concursos, evaluaciones o procesos de promoción verticales u horizontales) o participantes son también vulnerables y víctimas al término de los procesos de selección institucionales. Para algo debe servir, en lo social, el embudo educativo: Si no son aceptados o admitidos, son rechazados, no favorecidos, no aptos, no idóneos, no suficientes, no factibles, es decir, no son de interés para formar parte de la comunidad educativa; sí lo son, en cambio, los aceptados, admitidos, favorecidos, aptos, idóneos, suficientes, capaces, competentes, factibles y, por lo tanto, las y los próximos a formar parte de la comunidad educativa. Bienvenidas y bienvenidos. Muchas felicidades.
Así es como se construye el vocabulario, edición 2026, del embudo educativo y social en nuestro país, oficialmente legitimado y conocido como proceso de selección, ingreso o admisión a las instituciones y sistemas educativos, con lo cual se alcanzan o se aseguran los estándares de “calidad”, “prestigio” y “excelencia” de la educación nacional, que ya quisieran tener otras naciones.



