En TV Azteca deben considerar millonario —en pesos y aun en dólares— a Enrique de la Madrid Cordero, hijo del expresidente Miguel de la Madrid Hurtado. De otra forma, resultaría incomprensible por qué lo han contratado para conducir ¿Quién quiere ser millonario?, una franquicia televisiva del Reino Unido cuyos derechos internacionales pertenecen a Sony Pictures Television.

Aunque el formato es un concurso de trivia y no un programa de consejos financieros, el mensaje simbólico que envía la televisora es inequívoco: asocia la idea de ser millonario con el hijo de un expresidente. Es la vieja convicción de demasiada gente en México de que, para que alguien se haga rico rápidamente, lo mejor que puede hacer no es trabajar o crear una empresa, sino llegar a los buenos cargos en la política.

A Enrique de la Madrid no se le conocen fábricas de pan, procesadoras de carnes frías, medios de comunicación, talleres automotrices, compañías tecnológicas ni imperios industriales, financieros o comerciales de ningún tipo. No parece ser un empresario, pues.

¿Es millonario Enrique de la Madrid? No lo sé. Hasta donde conozco su vida, en el peor de los casos para su situación patrimonial ha vivido en barrios de personas ricas y convivido con las clases altas en restaurantes caros, viajes de lujo, en playas, etcétera.

No acuso a Enrique de la Madrid de nada ilegal; simplemente constato un hecho biográfico: no es un creador de empresas. Es un hombre que ha vivido en la cima de la pirámide social y económica, en gran medida por la estirpe política de su padre.

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Cuando Miguel de la Madrid asumió la presidencia de México en 1982, Enrique tenía apenas 20 años de edad. Vivió su juventud de estudiante universitario y quizá sus primeros años productivos como hijo del mandatario que inició el viraje hacia el modelo neoliberal, esto es, el presidente que orientó al Estado a favorecer al gran capital privado mediante privatizaciones y desregulaciones, rumbo que profundizaron Salinas y Zedillo con feroz decisión, y después Fox y Calderón con menos talento político, hasta llegar al sexenio del derrumbe de ese modelo, el de Peña Nieto.

Curiosamente, con Peña Nieto, gracias a las estrategias de Luis Videgaray, se consolidaron todas las reformas neoliberales, pero sin prestar atención a las necesidades de la gente de allá abajo —millones de personas pobres— que en 2018 votaron masivamente por AMLO para cambiar el sistema radicalmente, y que después dieron una votación histórica a Claudia Sheinbaum para consolidar las transformaciones de izquierda.

Lo que dice mucho acerca de la cultura empresarial, mediática y política de México en ciertos sectores privilegiados es que TV Azteca haya elegido para ¿Quién quiere ser millonario? a un político, y no a una persona de empresa o alguien más neutral como un conductor profesional. Aunque con mucho menos éxito que su padre, Enrique de la Madrid ha tenido numerosos cargos en el sector público.

Decepciona que, en un país que ha tenido a la corrupción como uno de sus grandes males, una televisora de alcance nacional seleccione al hijo de un expresidente para encabezar un programa asociado a la riqueza. Esto proyecta una triste lección nacional: para TV Azteca la figura visible del triunfo económico no es un innovador, sino un heredero de la élite política.

El dilema de la riqueza me lleva a una entrevista reciente en la revista alemana Die Zeit con el historiador Joseph S. Moore, un exmarxista convertido en promotor inmobiliario, ya millonario él mismo, y autor del libro How to Get Rich in American History: 300 Years of Financial Advice That Worked (& Didn’t)Cómo hacerse rico en la historia de Estados Unidos: 300 años de consejos financieros que funcionaron (y que no funcionaron)—.

Moore sostiene que la acumulación de riqueza socialmente útil proviene de resolver los problemas de los demás mediante el optimismo, la asunción de riesgos y la capacidad de emprender y hasta de tener una pareja adecuada.

Esa tesis, que tiene bastante sentido, funciona solo en sociedades con alta movilidad social (como Estados Unidos), donde emprendedores sin capital original —como los creadores de las grandes firmas tecnológicas— pueden construir imperios basados en la innovación.

En el México actual esa movilidad es casi inexistente. Lo que tenemos en las cúpulas económicas son herederos y concesionarios… y políticos corruptos.

Las grandes fortunas del México de hoy pertenecen a descendientes de familias que en el pasado resolvieron un problema social (como Lorenzo Servitje, quien masificó la producción y distribución de pan con Grupo Bimbo; los herederos de la familia Baillères en minería y comercio minorista; la familia de la mujer más rica, Aramburuzabala, en la industria cervecera, y la familia Beckmann que hizo crecer el negocio del tequila que tanto prestigio le ha dado a México).

Si analizamos al magnate más conocido, Carlos Slim, encontramos que, si bien con mucho talento democratizó la telefonía celular en toda América Latina, tristemente su enorme fortuna tiene la mancha de que nació o se consolidó gracias a una privatización salinista, la de Telmex.

En México los mercados están altamente concentrados y no hay financiamiento para el emprendedor que no provenga de una familia adinerada o conectada en la cúpula del poder.

Esta reproducción de las élites políticas se extiende también al espacio mediático. Ricardo Salinas Pliego se quedó con TV Azteca porque lo apoyó, hasta con dinero, el hermano incómodo del expresidente Carlos Salinas de Gortari. En efecto, Raúl Salinas de Gortari puso millones de dólares para que Salinas Pliego se quedara con la televisora que operaba el gobierno.

Hay otros casos, pero solo mencionaré aquí uno más: el del periodista Ricardo Raphael, quien recientemente cuestionó a nuestra colaboradora Liz Vilchis por haber trabajado con AMLO. Ese columnista de Milenio y conductor de noticias en TV Azteca se llama en realidad Ricardo Raphael de la Madrid.

Pues sí, es sobrino directo del expresidente Miguel de la Madrid y, por lo tanto, primo hermano de Enrique de la Madrid, el hombre asociado a la riqueza en el próximo programa de TV Azteca.

Recordando la célebre distinción que hacía Luis Donaldo Colosio, Liz Vilchis no es producto del privilegio, sino del esfuerzo propio que la llevó a estar con AMLO en las mañaneras, mientras que Ricardo Raphael proviene estructuralmente del privilegio de una cúpula política y cultural ligada al viejo régimen.

Pero el problema de fondo no es cuestionar las credenciales, la honestidad o la preparación académica que pueda tener un personaje como Enrique de la Madrid. La verdadera tragedia mexicana es la falta de movilidad social, que ha llevado a que una televisora nacional acuda a la cúpula política del PRI para encontrar un rostro que encarne la aspiración de ser millonario.

La lucha de la cuarta transformación contra estas inercias ha sido titánica. Hemos contado con un presidente austero y honesto como Andrés Manuel López Obrador, y hoy con una presidenta como Claudia Sheinbaum, también con un estilo de vida muy modesto y que mantiene una conducta intachable y por fortuna una blindada integridad familiar. Sin embargo, la narrativa mediática dominante insiste en la vieja lección: en México, la puerta de entrada a la prosperidad no pasa por la innovación, sino por los pasillos del poder.