“Tu me quieres dejar, yo no quiero sufrir

Contigo me voy mi santa aunque me cueste morir...”

Buena Vista Social Club, Lágrimas Negras

Claudia Sheinbaum corta el listón. Sonríe. Dice “conectividad” como si fuera un conjuro. Dice “progreso” como si alguien fuera a verificarlo. Dice “deuda saldada” y nadie pregunta con qué intereses ni con qué sobrecostos.

La escena es conocida. Demasiado conocida. Cambia el rostro, no el guion. Porque aunque el listón lo corte Sheinbaum, la mano que marca el ritmo sigue siendo la de Andrés Manuel López Obrador: inaugurar aunque no esté terminado, declarar éxito aunque no funcione, repetir hasta que la realidad —esa necia— se canse de contradecir. Y entonces sí: acto cumplido.

El problema —si todavía usamos esa palabra— es que este tren no es lo que dicen. Ni nuevo ni propio ni hazaña. Es un reciclaje con conferencia mañanera incluida. Un pedazo extendido de algo que ya existía, de ese pasado “neoliberal” que tanto detestan en discurso y tanto aprovechan en la práctica.

Pero la 4T no tiene conflicto con la contradicción. Tiene talento para administrarla. Aquí no se inauguran obras. Se inauguran versiones.

Primera capa del día: apropiación con branding. Lo heredado se vuelve propio. Lo ajeno se vuelve épico. Lo existente se rebautiza. Y listo: historia corregida. ¿Seguro no es un montaje? Pregunta seria… en un país donde la escenografía ya sustituyó al resultado...

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Segunda capa: el detalle incómodo. El que no sale en el dron. Estaciones que funcionan de puertas para adentro y fallan de banquetas hacia afuera. Accesos provisionales que llevan meses siendo “provisionales”. Estructuras metálicas que parecen disculparse por estar ahí. El clásico “ahorita lo terminamos”…, pero con listón ya cortado. Antes eso al menos se escondía. Hoy hasta se presume.

Y funciona en este país donde al ciudadano le han dicho que basta con ser pueblo. Porque el objetivo ya no es que la obra esté lista. Es que esté inaugurada. Que Claudia Sheinbaum la recorra. Que Jorge Nuño Lara diga que opera. Que Jesús Antonio Esteva Medina la entregue. Que Isidoro Pastor Román sonría desde el AIFA como si aquello fuera Singapur y no un aeropuerto al que todavía hay que explicarle a la gente por qué existe. La obra puede esperar. La narrativa no.

Tercera capa: el origen del problema que nadie quiere nombrar en voz alta. Este tren no responde a una necesidad de movilidad. Responde a una urgencia política: hacer que el AIFA no parezca un capricho carísimo (que lo es). Porque ahí está el elefante —con pista, torre de control y conferencias incluidas—: el AIFA no descongestionó el AICM, no es hub, no reorganizó nada. Lo que sí logró fue crear una pregunta incómoda: ¿cómo llevas gente a un aeropuerto que la gente no necesita?

Respuesta oficial: con otro proyecto. Más concreto. Más presupuesto. Más discurso. ¡Un tren!

Un tren que no corrige el error, lo rodea con elegancia presupuestal. Un parche sobre otro parche, hasta que el parche se vuelva política pública. Dependencia de trayectoria, dirían los manuales. Aquí se llama otra cosa: necedad con presupuesto.

Cuarta capa —la favorita del régimen—: la hipocresía sin pudor. Años despotricando contra el “neoliberalismo”, sus obras, sus excesos. Y hoy… usando esa misma infraestructura, ampliándola y, en un giro digno de estudio clínico, apropiándosela como si siempre hubiera sido suya. El Tren Suburbano no incomoda. Se adopta. Se rebautiza. Se integra al relato. Cambiar el discurso como forma de cambiar el pasado. ¿La memoria pública es maleable? Viendo lo de hoy… bastante.

Y entonces llegamos a la última capa, la que ya no es obra ni tren ni aeropuerto. Es método. Sistema. Rutina. Obras inauguradas varias veces, por si alguna coincide con la realidad. Proyectos “terminados” en PowerPoint. Funcionarios que repiten la línea con fe religiosa. Y una oposición que llega tarde, mal y sin encuadre. Sheinbaum no está innovando. Está ejecutando. Administrando la herencia más eficiente de López Obrador: la realidad es negociable, siempre que controles la narrativa.

Por eso los nombres no sobran. Ubican responsabilidades. Sheinbaum inaugura. López Obrador diseña el libreto. Nuño Lara opera. Pastor Román defiende. Esteva Medina corre para que todo medio funcione el día de la foto. No es desorden. Es coreografía.

La prioridad no es que el tren llegue bien. Es que el relato llegue primero.

Y mientras tanto, el país aprende rápido. Aprende que se puede inaugurar sin terminar, gastar sin rendir cuentas, prometer sin cumplir… si tienes el micrófono suficiente tiempo.

Entonces la pregunta —la de verdad— ya ni siquiera es técnica. Es casi absurda en su simpleza: ¿de verdad necesitábamos un tren que conecte con un aeropuerto que no sirve de nada?

Y la otra, inevitable: ¿este sí no se va a descarrilar? No el tren (espero…). El modelo. Porque esto no es infraestructura. Es narrativa con vías.

Por eso el título de mi columna no es metáfora, es diagnóstico. Este es el tren de las lágrimas negras. Avanza, sí. Pero sobre rieles de simulación. Conecta estaciones… y desconecta la realidad. Transporta discurso. Y cobra como si fuera progreso.

Y no lo van a soltar. Aunque no funcione. Aunque no cuadre. Aunque nos cueste todo. No lo van a soltar.