Duerme en paz, Iztaccíhuatl, nunca los tiempos / borrarán los perfiles de tu expresión.

Vela en paz. / Popocatépetl: nunca los huracanes / apagarán tu antorcha, eterna como el amor.

José Santos Chocano

La decisión de la presidenta Claudia Sheinbaum de renombrar el histórico Paso de Cortés como Paso de los Pueblos Indígenas no es un capricho simbólico ni un intento de reescribir lo sucedido. Es un acto de justicia histórica, y ella misma lo ha explicado con claridad: la historia no se borra, pero hay que contarla completa.

Contarla con justicia. Pero también con horror.

El nombre que usamos durante siglos honró a quien encabezó la matanza de Cholula y abrió camino hacia la caída de Tenochtitlán. Un extranjero que cruzó ese paraje con el único propósito de conquistar, someter y destruir.

El nombre de un genocida, de Hernán Cortés, quien aniquiló, en complicidad con los tlaxcaltecas, a más de seis mil personas.

Nombrarlo Paso de Cortés es honrar la masacre. Es similar, si me permiten la horrenda y anacrónica comparación, a que alguien bautice a una criatura con el nombre de quien asesinó a toda su familia.

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Durante generaciones, ese paso montañoso llevó el nombre del invasor, como si su paso fuera lo único digno de ser recordado, mientras se hacía invisible a quienes habitaron, cuidaron y honraron esas tierras durante milenios. Una tierra prodigiosa, llena de misticismo, de naturaleza, de culto a la vida, que por la osadía de un conquistador se tiñó de sangre.

La presidenta quiere devolver la dignidad a los pueblos originarios. Ha señalado que no se trata de olvidar la historia, sino de dejar de ensalzar al conquistador y empezar a honrar a quienes estuvieron ahí desde siempre.

El nombre con el que históricamente se conoce a esa zona montañosa, donde el Popocatépetl e Iztaccíhuatl han sido testigos poderosos del paso de los siglos, celebra la llegada de quien vino a destruir; el nombre que propone la presidenta reconoce la presencia milenaria de los pueblos que construyeron esta tierra antes de cualquier intromisión extranjera.

No tiene sentido que sigamos poniendo en lo más alto el nombre de quien vino a acabar con todo, mientras borramos de la memoria a quienes sostuvieron la vida en esos valles y montañas.

Renombrar es decir en voz alta: México no empezó cuando llegaron los barcos con los conquistadores. Aquí había nación, había cultura, había memoria. Y esos pueblos siguen aquí, vivos, resistiendo. Por eso, el Paso de los Pueblos Indígenas no borra la historia: la completa. Y al completarla, por fin, hacemos justicia.