La presidenta Claudia Sheinbaum puso sobre la mesa una discusión indispensable: regular el uso de teléfonos celulares y redes sociales en niñas, niños y adolescentes, entendiéndolo como un asunto de salud pública y desarrollo integral, no como una medida arbitraria ni una prohibición total.

Reconoce que la tecnología es una herramienta útil para comunicarse, aprender y acceder al conocimiento, pero alerta sobre los riesgos de algoritmos diseñados para generar permanencia compulsiva y adicción digital que afecta el cerebro en formación, la concentración escolar, la convivencia y la salud mental.

Hemos visto en nuestro país casos terribles, jóvenes que se enajenan viendo contenidos sobre asesinatos, suicidios; comunidades que fomentan odio entre hombres y mujeres (manosfera), que pueden desencadenar tragedias como la ocurrida en septiembre del 2025 en el CCH Sur de la Ciudad de México, donde un estudiante conocido como Lex Ashton, mató con un arma blanca a uno de sus compañeros.

Es innegable, hay cientos de peligros o abusos que acechan tras una pantalla. Pero hay otro riesgo más silencioso y profundo: un algoritmo que termina decidiendo qué ver, qué aprender y cómo sentir a nuestros adolescentes e infantes. Ese algoritmo multiplica ejemplos dañinos y aparta a los menores de todo aquello que sí construye: habilidades sociales, pensamiento lógico, creatividad artística, deporte, contacto real.

Los especialistas lo llaman “chupón digital”: el celular que calma al instante la ansiedad o el aburrimiento del menor, pero le roba la oportunidad de aprender a tranquilizarse por sí mismo, de gestionar sus emociones, de esperar y convivir.

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Lo propuesto por Sheinbaum no es imposición, tampoco es algo sacado de la manga. Esto se ha aplicado en otros países. Australia fue pionera al prohibir redes sociales a menores de 16 años de edad, con multas que alcanzan los 35 millones de dólares a empresas que incumplen; Reino Unido prepara una regulación similar para 2027; Francia acaba de aprobar en julio prohibir redes a menores de 15 y limitar el uso del celular hasta la preparatoria, norma que entrará en vigor el próximo 1 de septiembre; Brasil optó por la restricción total desde 2021 y reforzó en 2025.

Es importante recalcar que no es una medida arbitraria, lo que se propone es un debate nacional abierto, con foros que reúnan especialistas, docentes, madres, padres, estudiantes y autoridades educativas y sanitarias.

Se acompañará de campañas de concientización, guías de apoyo emocional y programas como el “ABC de las emociones”, orientados a enseñar a gestionar la frustración y la ansiedad sin depender del celular como calmante inmediato .

Este debate llegará inevitablemente a nuestra sociedad, generará opiniones divididas y discusiones intensas. Pero antes de comentar o decidir, hay una pregunta que debe guiar todo: ¿qué es lo mejor para nuestras infancias?

La salud mental y el bienestar de la niñez deben ser prioridad absoluta. Es momento de exigir leyes que protejan, de establecer límites claros en casa y de recuperar el tiempo y el espacio para que los niños y niñas crezcan sanos, libres y capaces de construir su propio futuro, sin depender de una pantalla.