La cadena perpetua impuesta en Estados Unidos a Ismael “El Mayo” Zambada representa el cierre judicial de la carrera de uno de los narcotraficantes más poderosos y longevos de la historia de México. Sin embargo, existe un dato dentro de la sentencia que quizá explica mejor que cualquier discurso la dimensión del fenómeno: la Corte ordenó un decomiso monetario por 15 mil millones de dólares.
No estamos hablando de una estimación periodística, de una cifra filtrada o de una declaración política. El Departamento de Justicia de Estados Unidos informó oficialmente que el juez Brian Cogan dictó una sentencia de cadena perpetua sin posibilidad de libertad condicional y formalizó un fallo de decomiso por 15 mil millones de dólares, previamente aceptado por Zambada como parte de su acuerdo de culpabilidad.
La primera precisión es importante: esos 15 mil millones de dólares no significan necesariamente que las autoridades hayan localizado una cuenta bancaria con esa cantidad ni que todo el dinero vaya a recuperarse. Se trata de un juicio monetario de decomiso, es decir, del monto de ganancias criminales que la justicia estadounidense atribuye a la empresa delictiva encabezada por Zambada y que legalmente puede intentar cobrar mediante bienes, cuentas, propiedades o recursos que logre identificar.
Pero incluso con esa aclaración, la cifra es monumental.
El expediente judicial abarcó una actividad criminal desarrollada entre 1989 y enero de 2024. Si únicamente se distribuyeran esos 15 mil millones de dólares a lo largo de aproximadamente 35 años, equivaldrían a un promedio de 428 millones de dólares anuales, o cerca de 1.17 millones de dólares diarios. Es una operación que generaba dinero todos los días, durante décadas, a una escala comparable con la de grandes corporaciones internacionales.
Y esa cifra se refiere únicamente al monto atribuido judicialmente a Zambada. No representa el valor total del narcotráfico mexicano, del Cártel de Sinaloa ni del mercado mundial de drogas.
El Departamento de Justicia sostiene que, bajo el liderazgo de “El Mayo”, el Cártel de Sinaloa traficó cocaína, heroína, metanfetamina y fentanilo hacia Estados Unidos, mientras lavaba miles de millones de dólares y enviaba las ganancias de regreso a México. También señala que la organización desarrolló redes de transporte terrestre, aéreo y marítimo y produjo miles de kilogramos de fentanilo en laboratorios clandestinos.
Para comprender la magnitud, basta mirar el caso de Joaquín “El Chapo” Guzmán. En la acusación presentada contra él, las autoridades estadounidenses calcularon más de 14 mil millones de dólares en ganancias y recursos ilícitos, además de señalar que la organización conspiró para introducir más de 200 toneladas métricas de cocaína a Estados Unidos. (Departamento de Justicia)
Entre los 15 mil millones atribuidos a Zambada y los más de 14 mil millones reclamados a Guzmán aparece una conclusión inevitable: el narcotráfico no puede entenderse solamente como un problema de hombres armados, sembradíos clandestinos o cargamentos decomisados. Es, ante todo, una gigantesca economía ilegal.
Una economía que paga nóminas, compra vehículos, aeronaves y embarcaciones; adquiere armas; contrata operadores financieros; financia laboratorios; corrompe autoridades; controla territorios y construye redes internacionales de distribución y lavado de dinero.
El verdadero poder de los cárteles no se encuentra solamente en su capacidad de fuego. Está en su capacidad financiera.
Con 15 mil millones de dólares se pueden comprar voluntades, infiltrar instituciones, financiar campañas de terror y sustituir al Estado en comunidades donde las autoridades son débiles o están ausentes. El dinero del narcotráfico permite reclutar jóvenes, pagar informantes, proteger cargamentos, intimidar testigos y mantener durante años una estructura criminal multinacional.
Por eso, la sentencia contra “El Mayo” debe provocar una reflexión más profunda en México.
Mientras Estados Unidos persigue no solamente a los líderes, sino también al dinero, las cuentas y los bienes vinculados con el crimen organizado, en nuestro país con frecuencia celebramos las capturas sin preguntarnos qué ocurrió con las fortunas, las empresas fachada, los prestanombres, las propiedades y las redes de lavado que permitieron el crecimiento de esas organizaciones.
Detener a un capo es importante. Quitarle su patrimonio es indispensable.
Si el dinero permanece intacto, la estructura sobrevive. Cambia el jefe, cambia el nombre de la facción o aparece una nueva generación, pero las rutas, los contactos, los operadores y los recursos continúan funcionando.
La sentencia de cadena perpetua termina con la libertad de Ismael Zambada, pero los 15 mil millones de dólares revelan algo más inquietante: durante casi cuatro décadas, una organización criminal pudo construir un imperio económico frente a los ojos de autoridades mexicanas y estadounidenses.
Ese imperio no pudo sostenerse únicamente con hombres armados. Necesitó bancos, empresas, asesores, políticos corruptos, policías, funcionarios, transportistas y redes de protección.
Por eso, el decomiso no debería ser visto como una cifra espectacular colocada al final de una sentencia. Es la radiografía de un fracaso institucional.
El narcotráfico vale miles de millones porque la demanda produce ganancias extraordinarias, pero también porque existen sistemas financieros que permiten lavar el dinero, autoridades dispuestas a recibir sobornos y gobiernos incapaces de seguir la ruta de los recursos con la misma determinación con la que persiguen cargamentos.
La condena de “El Mayo” envía un mensaje poderoso: ningún narcotraficante es intocable para siempre.
Pero la cifra de 15 mil millones envía otro mensaje todavía más importante: mientras el narcotráfico conserve su dinero, conservará buena parte de su poder.
La verdadera batalla contra los cárteles no solamente se libra en las carreteras, las fronteras o las montañas. También se libra en los bancos, las notarías, las inmobiliarias, las aduanas, las empresas fachada y las oficinas públicas.
Ahí es donde se encuentra el corazón económico del crimen organizado.
Y mientras ese corazón siga latiendo, siempre habrá alguien dispuesto a ocupar el lugar que hoy deja “El Mayo” Zambada.





