Durante años, Morena construyó una narrativa política que parecía inquebrantable. La victoria arrolladora de Andrés Manuel López Obrador en 2018 no solo representó el ascenso de un nuevo proyecto político en México, sino también el derrumbe de los partidos tradicionales que durante décadas dominaron el poder. El mensaje fue claro: la ciudadanía quería un cambio profundo y Morena supo capitalizar ese momento histórico. Pero la política mexicana cambia rápido… y las encuestas comienzan a mostrarlo.

De acuerdo con Massive Caller, Morena y sus aliados ya no mantienen la misma ventaja que hace siete años. La diferencia ya no es amplia, la percepción ciudadana ya no es la misma y el desgaste comienza a reflejarse en números que, aunque hoy todavía son una fotografía del momento, podrían convertirse en tendencia rumbo a 2027 y más adelante hacia 2030.

El dato es revelador: una eventual alianza entre Partido Revolucionario Institucional, Partido Acción Nacional y Movimiento Ciudadano alcanzaría 36.1% de intención de voto, mientras que Morena junto con Partido del Trabajo y Partido Verde Ecologista de México se quedaría en 35.3 por ciento. Más allá del margen, el mensaje político es contundente: Morena ya no luce invencible.

Y no es casualidad.

En la recta final del gobierno de López Obrador comenzó a notarse un desgaste evidente. La fuerza política que en un inicio se presentó como una alternativa distinta empezó a cargar también con los costos del poder: conflictos internos, disputas por candidaturas, promesas pendientes y una creciente inconformidad ciudadana en distintos sectores del país. Gobernar siempre implica desgaste, pero Morena pasó de ser un movimiento respaldado por la esperanza a convertirse en un partido que también enfrenta reclamos, cuestionamientos y desgaste natural de gobierno.

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Con la llegada de Claudia Sheinbaum Pardo a la presidencia muchos en Morena esperaban una nueva etapa de consolidación. Sin embargo, el panorama no muestra un repunte claro. La continuidad del proyecto no ha logrado entusiasmar con la misma intensidad a buena parte del electorado, y eso comienza a sentirse. La oposición, aunque sigue enfrentando sus propias contradicciones, encuentra una oportunidad que hace apenas unos años parecía imposible.

La elección intermedia de 2027 será el verdadero termómetro. Ahí se medirá si Morena conserva la fuerza territorial que presume o si el desgaste nacional empieza a reflejarse en las urnas. Porque una encuesta no define una elección, pero sí puede anticipar el humor político de un país.

Y hoy ese humor parece distinto al de 2018.

Morena sigue siendo la principal fuerza política del país, sí. Pero también enfrenta una realidad que durante años pareció impensable: la posibilidad de perder terreno de manera real frente a una oposición que, si logra dejar atrás diferencias y construir una narrativa competitiva, podría disputar el poder con mayores posibilidades.

La gran pregunta ya no es si Morena llegará fuerte al 2030.

La pregunta empieza a ser otra: ¿podrá Morena detener su desgaste antes de que el 2027 se convierta en la primera gran señal de una derrota mayor?

X: @pipemx