“Uno debe poder permitirse el lujo de no alardear de su riqueza”. Con esa frase, Die Zeit—probablemente el semanario más prestigioso, influyente y de mayor calidad intelectual de Alemania— tituló una excelente entrevista de la periodista cultural Rabea Weihser al filósofo Hanno Sauer. La conversación giró en torno a la fea estética de Donald Trump, la cursilería de Mar-a-Lago en EEUU y fenómenos mediáticos tan estridentes y desagradables como el de las Kardashian, pero puede servir para una reflexión acerca de la política en México.
Sauer sabe de lo que habla. Es profesor de ética en la Universidad de Utrecht, en los Países Bajos, y autor de Clase: El surgimiento de arriba y abajo, un libro en el que explica que las sociedades no solo se dividen por el dinero, sino también por las señales de estatus, esto es, por las diferencias en lo que se considera de buen gusto y también por ciertos códigos culturales con los que algunas personas buscan distinguirse de otras.
La frase elegida por Die Zeit para encabezar la citada entrevista va mucho más allá de la riqueza: puede aplicarse perfectamente al poder político. En el fondo, permitirse el lujo de no alardear significa algo muy sencillo: no ser mamón. Es decir, no actuar con arrogancia, no mirar por encima del hombro a la gente y no sentir la necesidad permanente de demostrar que se tiene más estatus político que el resto de la humanidad.
Quien necesita exhibir su poder suele hacerlo por inseguridad. Es como el caso de casi todos los nuevos ricos —y de muchos de fortunas viejas— que sienten la obligación de enseñar el reloj, el automóvil, sus viajes o su mansión porque es lo único que tienen.
Los políticos arrogantes necesitan exhibir escoltas, privilegios, influencias o relaciones porque, en el fondo, temen que alguien descubra que su peso real es mucho menor de lo que aparentan. El verdadero poder, como la verdadera elegancia, consiste precisamente en no tener que demostrar nada a nadie, ni a la familia.
Durante décadas, en los sexenios del PRI y del PAN predominó una cultura política en la que la opulencia era una señal de éxito. Se repetía mucho aquella frase de que “un político pobre es un pobre político”. Esa lógica produjo generaciones enteras de gobernantes que confundieron autoridad con ostentación, que solo se financiaba con corrupción.
En la izquierda que hoy gobierna México, al menos en su estructura dirigente, ocurre lo contrario. Los políticos que exhiben Rolex, ranchos, aviones privados, yates propios o prestados —oportunistas provenientes del viejo régimen— terminan convirtiéndose en cuerpos extraños muy dañinos dentro de un proyecto que, por elemental sanidad, tiene que expulsarlos. Y sin duda, tarde o temprano quedan marginados de la 4T, aunque el proceso de depuración haya sido bastante más lento de lo deseable.
En la izquierda mexicana, el poder auténtico es silencioso. No impresiona quien llega rodeado de guaruras o acompañado por un séquito de asistentes, sino quien puede caminar entre la gente sin necesidad de demostrar quién es. Un ejemplo es la presidenta Claudia Sheinbaum rodeada de gente en sus recorridos por el país. Otro, Andrés Manuel, siempre cercano al pueblo. No puedo dejar de mencionar a un paradigma de sencillez, Diana Alarcón, representante de México en el Banco Mundial.
Desgraciadamente, Morena y sus partidos aliados todavía no terminan de desprenderse de quienes sobreactúan el poder, como Pedro Haces y Manuel Velasco. Son los nuevos ricos de la política: personajes de viajes exclusivos, restaurantes de moda, estadios mundialistas y otros hobbies costosos. Particularmente los representantes del Partido Verde usan cualquier escenografía cara para comunicar estatus. Pero eso en realidad solo transmite vulgaridad, que a la larga, en el sistema morenista, es debilidad.
Si algo explica el ascenso de Andrés Manuel López Obrador y de Claudia Sheinbaum es que ambos entendieron cuál es el lujo más exclusivo de la política: la sencillez y la congruencia. Esa forma de vivir no puede improvisarse ni comprarse; tampoco puede fingirse durante mucho tiempo. Es, probablemente, la señal más creíble de que alguien no necesita demostrar quién es.
Ahora que Morena comienza a definir candidaturas para 2027 y enfrenta cuestionamientos sobre la ética de muchos de los políticos que se incorporaron al movimiento cuando ya era vencedor, convendría recordar esa lección. Las encuestas importan, al igual que los méritos políticos, la eficiencia administrativa y la capacidad de ganar elecciones. Pero debería existir otro criterio más importante: el termómetro de la humildad.
Quien necesita exhibir lujos no tiene por qué pertenecer a un movimiento popular y menos llegar a los cargos de mayor relevancia. Quien viva pendiente del estatus difícilmente comprenderá a quienes nunca lo han tenido. Porque el verdadero poder popular, al final, puede resumirse en una sola frase: no ser mamón. Y, ni hablar, hay exceso de morenistas o aliados de la izquierda bastante mamilas.



