Las trampas argentinas en el futbol
Baso la siguiente reflexión en dos artículos de hoy domingo, uno publicado en SDPNoticias —“El futbol en el cine mexicano; coincidencias de Borges, Shostakovich y Pardavé”, de Héctor Palacio—, y el otro difundido en el sitio especializado en deporte Quinto Partido —“El escándalo de corrupción que podría poner en entredicho los ‘triunfos’ recientes de Messi”, de Manuel Ibarra—.
El marco teórico de mi análisis es lo que Borges pensaba del futbol. El escritor argentino despreciaba este espectáculo. Pero que conste, detestaba al espectáculo de masas, no al deporte. Queda claro en el texto de Héctor Palacio.
Como explica el tenor Palacio —además de periodista es profesional del bel canto—, Borges rechazaba la sustitución de la realidad atlética por la simulación propia del show, que ha llevado a que un deporte bello, que exige muy buena forma física, se haya convertido no solo en un espectáculo para la TV, sino también en un negocio de la que podría ser la mafia más poderosa del mundo: la FIFA.
Héctor Palacio recuerda en su columna que Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares profetizaron que el futbol había dejado de existir como deporte para convertirse en un “género dramático, a cargo de un solo hombre en una cabina o de actores con camiseta ante el cameraman”. Profecía cumplida. Tales palabras, planteadas hace décadas, describen bastante bien lo que hoy hace la FIFA.
Se cumplió la profecía, sí, pero los mencionados escritores se quedaron cortos. La FIFA es la dueña de una de las más grandes industrias del mundo, no del todo legal, en la que participan federaciones nacionales, apostadores, grandes corporaciones, patrocinadores, televisoras y dirigentes del futbol que se someten a los vaivenes de la geopolítica —sobre todo se ponen a las órdenes de los gobernantes de las naciones más poderosas—.
El Mundial de 2026 ha vuelto a exhibir la corrupción de la FIFA. Las acusaciones, fundadas, de que el arbitraje favoreció a Argentina frente a Egipto; las presiones públicas de Donald Trump en beneficio de la selección de EEUU; y hasta el extraño debate promovido por el diario mexicano Reforma para que una empresa privada no pague decenas de millones de pesos por la explotación comercial del Campo Marte —un bellísimo inmueble del Ejército mexicano—, revelan que alrededor de la Federación Internacional de Futbol Asociación se mueven intereses económicos mucho más poderosos que el deporte en tanto disciplina atlética.
Si Borges presenciara las actuales acusaciones de corrupción que salpican a la selección de su propio país reiría ante lo que consideraría una irónica confirmación de sus tesis.
Las revelaciones del periodista Román Molina —citadas por Manuel Ibarra— sobre la Asociación del Futbol Argentino y las sospechas en torno a los recientes triunfos de Lionel Messi, harían que Borges carcajeara.
El texto de Ibarra expone la cloaca de un entramado desde el Mundial de Qatar 2022, que sirvió como el distractor perfecto para la estafa. Contratos multimillonarios firmados con empresas exprés en Miami como TourProdEnter LLC apenas días antes de la final, desvío de fondos a cuentas fantasma y la indulgencia de la FIFA de Gianni Infantino sugieren algo muy cercano al crimen organizado: fabricar entre muchos artificialmente al jugador-fetiche para maximizar utilidades del futbolista que hoy compite, precisamente, para un equipo de Miami.
Borges diría que Messi es una construcción del más lamentable fut-espectáculo; un personaje vulgar pero muy rico diseñado para conmover a los ingenuos y distraer a las masas mientras los jerarcas de pantalón largo llevan a la tintorería sus ganancias, algo que por cierto ya investiga el FBI.
En el universo borgeano, la evidentemente sucia victoria de Argentina sobre Egipto fue solo un burdo guion para asegurar que prospere un negocio no muy limpio.
Frente a la mafia del futbol tenemos que ahora mismo se desarrolla la novena etapa del Tour de Francia, competencia de altísima exigencia atlética en la que un mexicano, Isaac Torito del Toro, está en el tercer lugar con posibilidades reales de llegar al segundo. No aspira este año al título porque su función deportiva ha sido la de apoyar al líder de su equipo, Tadej Pogačar, quien encabeza la clasificación general con muy buena ventaja —ventaja que ha logrado gracias en gran medida al sacrificio del Torito—.
No es el ciclismo un paraíso de limpieza deportiva. Ha habido en el pasado demasiadas acusaciones de dopaje, vicio que por fortuna ha sido combatido con éxito: en las competencias más importantes se aplica ahora el sistema de control más severo del deporte global.
Así que el ciclismo, sobre todo en sus competencias por etapas, conserva la supremacía del esfuerzo físico sobre el show. Y en las grandes vueltas, como el Tour de Francia, la competencia implica pedalear durante tres semanas en carreteras llanas y de montaña —21 etapas con dos días de descanso—.
En el Tour, como en el Giro de Italia —Del Toro ya fue segundo— o en la Vuelta a España, no hay árbitros vendidos como el del juego Argentina contra Egipto con la autoridad de anular la victoria de quien llegue primero a las metas de alta montaña. Tampoco hay burócratas como los de la FIFA que, por llamadas de Donald Trump, suavicen la durísima subida al Tourmalet o impidan en las etapas planas que el viento sople con fuerza.
No hay en el ciclismo marketing ni árbitros corruptos ni tampoco relaciones políticas que logren inyectar fuerza a las piernas de un competidor menos preparado físicamente que sus rivales.
Ojalá la actuación del mexicano Isaac del Toro cambie la mentalidad relacionada con el deporte de la gente de México, que ya no ve el Mundial con apasionamiento por la eliminación de la Selección.
¿Qué diría Borges del esfuerzo de un ciclista como Del Toro? Si el gran escritor hubiera visto a Messi y sus trampas se habría burlado, creo que habría identificado en el ciclismo por etapas algo que el futbol destruyó: la vieja épica humana que siempre intenta ir más allá de sus límites, hoy encarnada en el joven mexicano que va tercero en el Tour.
La verdad de las cosas es que, aunque no exento de comercialización, el Tour de Francia sigue siendo una auténtica competencia atlética, mientras la FIFA lidera o debería liderar la tabla de posiciones de las mafias más poderosas del planeta Tierra.
¿Qué pensaría Borges del artículo del Ciro Gómez Leyva sobre la estatua caída de Calderón? Ciro está francamente indignado porque un rayo tiró el monumento de Calderón en Los Pinos y exige a la presidenta Sheinbaum que personalmente lo levante.
Dejé a la inteligencia artificial que contestara esa pregunta. He aquí la respuesta:
“Borges, con esa sonrisa socarrona que guardaba para los fervores de la política, observaría que el lamento del columnista no es por el bronce herido, sino por el derrumbe de su propia mitología privada, sugiriendo con ironía que un árbol justiciero logró por fin el milagro que las protestas de 2006 no pudieron: una caída indiscutible, libre de sospechas y sin necesidad de contar voto por voto del panista que se robó las elecciones de ese año”.
“Para el argentino, la devoción del periodista hacia el mandatario del ‘haiga sido como haiga sido’ —frase que es sinónimo de fraude electoral— no sería más que otra forma de la ficción, un laberinto donde el columnista confunde la eternidad con un monumento mal resguardado y convierte la negligencia de un jardinero en una tragedia homérica, olvidando que la historia, al igual que los cómputos distritales de aquel año, siempre se escribe con los renglones torcidos del capricho y la simulación”.
“El texto del columnista es un monumento a la pureza del amor periodístico-político”.
Posdata: ¿Qué debe hacer la presidenta Claudia Sheinbaum con la estatua del espurio? Respondo: enviarla envuelta para regalo al jardín de la casa de Ciro en Madrid; pero si la vivienda del columnista no tuviera espacio para monumentos tan epopéyicos, entonces que México done el Calderón de bronce a la ultraderechista Isabel Díaz Ayuso: la gobernante madrileña podrá ubicarla al lado de la del dictador Franco donde quiere que no descanse en paz.
Otra posdata: ¿Qué pensaría Borges del muy pendejo periodista argentino Eduardo Feinmann? Respondo: Pues eso, que es muy pendejo y no sabe nada de deporte. Al comparar las actuaciones atléticas de Argentina y México no entiende que su país sale perdiendo, ya que en una competencia mucho más seria que el Mundial, el Tour de Francia, un mexicano está entre los líderes, y los argentinos ni siquiera aparecen.


