Morena perdió desastrosamente las elecciones legislativas en Durango y, sobre todo, en Coahuila. No hay forma elegante de decirlo: fue una paliza. En Coahuila la alianza PRI-Unidad Democrática se llevó los 16 distritos en disputa con una ventaja que superó los 25 puntos porcentuales. Morena quedó muy atrás. Punto.

Es justo reconocer que Coahuila no es un termómetro nacional automático. Cada entidad tiene su propia historia, sus operadores locales y su correlación de fuerzas. Nadie serio puede afirmar que lo ocurrido el pasado 7 de junio se replicará tal cual en las elecciones intermedias de 2027. Sería un error de lectura. Sin embargo, tampoco se puede fingir que no pasó nada. Perdió Coahuila. Y una derrota de esa magnitud significa lo que significa: que en ese territorio la operación morenista no funcionó.

Desde el mismo domingo por la noche, la línea oficialista ha sido la de denunciar mediáticamente un fraude electoral. Se han multiplicado las quejas, las conferencias y las amenazas de llevar el caso “hasta las últimas consecuencias”. ¿Hubo elementos fraudulentos? Es muy probable. En la política mexicana —y particularmente en estados donde existe una maquinaria priista consolidada— la compra de votos, el acarreo y otras prácticas clientelares siguen presentes. Nadie que conozca el país puede negarlo con seriedad.

Pero esos elementos fraudulentos no explican una diferencia de más de 25 puntos. No hay escenario creíble en el que Morena hubiera ganado Coahuila aun en un proceso impecablemente limpio. La derrota no fue por unos cuantos códigos QR ni por unas cuantas casillas. La derrota fue estructural. Morena perdió porque no logró movilizar, porque su mensaje no penetró con la fuerza suficiente y porque el adversario —que gobierna el estado y controla la estructura— jugó en su propia cancha con toda la ventaja que eso implica.

Lo más preocupante no es la derrota en sí. Lo más preocupante es el argumento que se ha elegido para explicarla. Caer en el relato del fraude como causa principal es, en el fondo, un acto de debilidad política. Es como si desde las filas oficialistas se le estuviera pidiendo de rodillas al gobernador de Coahuila y a los operadores priistas: “Señor gobernador, sea usted más amable. Por favorcito, no nos haga fraude”. Es un discurso ridículo que revela más sobre la falta de preparación propia que sobre la supuesta maldad del contrario.

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¿En verdad no lo esperaban? ¿Tan malos operadores tienen en el estado? ¿De verdad pensaron que Alejandro Moreno —Alito— ya había cambiado y encontrado a Jesucristo en su corazón? Alito es lo que siempre ha sido: un político pragmático, duro, que no regala nada y que sabe usar cada herramienta a su alcance. Subestimarlo, creer que el contexto nacional de una presidenta popular lo ablandaría, fue un error de cálculo grave. En política no se compite contra lo que uno quisiera que el adversario fuera, sino contra lo que realmente es.

A esto se suma otra pregunta que incomoda: Morena ha transitado en los últimos años hacia un pragmatismo electoral cada vez más exacerbado. Se han hecho incorporaciones, se han tejido acuerdos de cúpula, se ha buscado ampliar la base sumando figuras de otros orígenes. ¿Para qué? ¿Qué suman realmente esas incorporaciones cuando llega el momento de la verdad en las urnas? En Coahuila, al parecer, sumaron muy poco o nada. La estructura territorial, el trabajo de base, la capacidad de leer el territorio con honestidad parecen haber sido desplazados por una lógica de acuerdos que no se traduce en votos cuando el rival tiene arraigo y organización propia.

El proyecto de transformación que encabeza la presidenta Claudia Sheinbaum no se construye negando realidades ni disfrazando derrotas de fraudes inexistentes. Las palizas duelen, pero también obligan. Ignorarlas o minimizarlas solo posterga las correcciones necesarias.

Morena necesita recuperar la capacidad de hacer autocrítica sin eufemismos: fortalecer operadores locales que no dependan exclusivamente de la popularidad presidencial, reconstruir tejido territorial donde se ha debilitado, y entender que el pragmatismo sin resultados concretos en las urnas es solo una ilusión de poder. Coahuila y Durango no son el fin del mundo. Pero sí son una advertencia clara de cara a 2027: las elecciones se ganan en el suelo, con trabajo político real y con la humildad de reconocer que, a veces, el problema principal no está afuera, sino adentro.