¡Qué descaro! Mientras Claudia Sheinbaum y Morena gritaba a los cuatro vientos que era “histórico” blindar la Constitución contra la “intervención extranjera”, uno de sus senadores clave se levantó del pleno, recogió sus papeles y se largó del salón como si la patria le quemara los zapatos.

El senador Virgilio Mendoza Amezcua, del Partido Verde por Colima, no solo estaba presente ese jueves en el Senado: había pasado lista, había votado en otros asuntos… pero cuando llegó el momento de meter el nuevo inciso a la base VI del artículo 41 —la nulidad de elecciones por injerencia extranjera—, decidió que su lealtad a México tenía un límite muy claro: la visa de su hijo en Berkeley, California.

“Perdónenme por salirme, pero no me la puedo jugar con la visa”.

Así, con esa frialdad.

El mismo legislador que forma parte del bloque que presume defender la soberanía nacional prefirió proteger su visa yanqui y, de paso, una propiedad millonaria en California que jamás ha declarado en sus informes patrimoniales públicos.

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Y lo peor: su ausencia no fue cualquier detalle. Morena y aliados tienen en el Senado una mayoría tan estrecha que solo les sobran dos votos. Con Mendoza fuera del pleno, bastaba un solo rebelde en la coalición para que la iniciativa se fuera al caño. El senador lo sabía perfectamente. Y aun así eligió su comodidad personal por encima de la “defensa de la patria” que tanto pregonan.

Esto no es un incidente. Es una bofetada en la cara de todos los que todavía creen en la narrativa de la 4T. El senador Mendoza le escupió en la cara a millones de personas. Por lo menos a 800 mil que se reunieron a escuchar a la presidenta dar su informen en todo el país.

La reforma sí pasó por los pelos… pero quedó manchada para siempre con la imagen de un senador que huyó del voto antiimperialista para no arriesgar sus privilegios gringos.

¿Soberanía? Para los discursos y los mítines. Para la vida real, visa y propiedades en California. Bienvenidos a la Cuarta Transformación: donde hasta los defensores de la patria se rajan cuando les toca jugársela de verdad.

Y eso, dice más de ellos que cualquier discurso de plaza pública.