Y de repente lo más firme se quiebra,
se vuelve movedizo el concreto armado,
como hoja de papel se rasga el asfalto.
José Emilio Pacheco
Hay fechas que no se borran, que viven en el cuerpo, en la piel, en el instante en que la tierra empieza a moverse y el mundo deja de ser seguro. El 19 de septiembre de 1985 es una de esas fechas. Yo era casi una niña, y cada segundo de aquella mañana lo recuerdo como si fuera ayer.
Justo un mes antes, el 12 de agosto, mi familia y yo nos habíamos mudado a Tlatelolco. Veníamos de Veracruz; jamás había sentido un sismo. Hasta ese día creo que éramos una familia normal: mi padre, médico urgenciólogo, ya en su jornada de trabajo; mi madre, dedicada al hogar; mi hermano mayor; mi abuela, de edad muy avanzada. Una vida tranquila, que se desmoronó en segundos.
Iba rumbo al colegio, parada en la puerta del departamento, cuando mi madre gritó que estaba temblando. El refrigerador se deslizaba por la cocina. Ella tropezó al intentar llegar a mí. El departamento no era pequeño, pero de pronto fue inmenso: no logramos juntarnos. No pudimos llegar al cuarto de mi abuela, que solo alcanzamos escuchar gritar que nos íbamos a morir. Todo crujía, todo tronaba, y a lo lejos, entre el estruendo, empezaron a escucharse gritos de auxilio. Cuando el movimiento cesó, me asomé a la ventana y solo vi polvo, por todas partes.
Eran 8.1 grados. Entonces no sabía lo que significaba esa cifra. Con los días la aprendí de memoria: más de diez mil personas perdieron la vida, según las cifras oficiales. Años después, releyendo la crónica de Carlos Monsiváis, Los días del terremoto, reviví todo casi con los mismos sentidos:
“El miedo. La realidad cotidiana se desmenuza en oscilaciones, ruidos categóricos o minúsculos, estallidos de cristales, desplome de objetos o de revestimientos, gritos, llantos, el intenso crujido que anuncia la siguiente impredecible metamorfosis de la habitación, del departamento, de la casa, del edificio...”.
Así fue. Vivimos una metamorfosis que dura ya 41 años. Nada volvió a ser igual. Y lo peor vino la noche siguiente, el 20 de septiembre: volvió a temblar. A mi corta edad, ya le puse nombre al caos. No sé cuántas horas pasamos sentados en un parque, sin saber hacia dónde ir, sin saber qué esperar.
Nunca se lo dije, pero hasta el último día de sus vidas los admiré profundamente: la fuerza de mis padres viendo a sus hijos adolescentes temblar de frío en el suelo, abrazando a su madre anciana, sin techo, sin certezas. ¿A dónde ir? ¿A dónde correr? Llegaron voluntarios en carros, motos, camionetas: “suban, aquí hay peligro, hace frío, hay muertos”. Y desde la ventanilla de esa camioneta, vi la muerte acechando: edificios caídos, siluetas inmóviles, ruinas donde antes había vida.
Después vino la noticia que duele hasta hoy: no podíamos regresar. En ese edificio se quedaron nuestras pertenencias. Recuerdo a mi madre pidiéndome perdón por no haber podido sacar mis muñecos, mis libros, mi ropa. Y recuerdo a mi padre, entre el dolor y la esperanza, prometiéndome que volveríamos a construir, que tendríamos todo de nuevo. Y cumplió su palabra.
Septiembre de 1985 nos dejó lecciones que no se olvidan. Sé que muchos piensan distinto, pero yo vi, con mis propios ojos, un pueblo que salió a la calle para sostener a su pueblo. Vi manos desconocidas dándose sin preguntar. Con los años he compartido con sobrevivientes: una amiga que siguió adelante sin sus dos piernas y sin nadie de su familia; un amigo que perdió un ojo; otro, un brazo. Y todos, cada uno, reconstruimos. Porque así es México: un país de gente chingona.
Hoy, al escribir esto, el corazón se me aprieta y los ojos se me llenan de lagrimas. A quienes vivimos aquello, nos une algo que no se explica con palabras. Aprendimos a levantar la vida desde los escombros. Y seguimos aquí, orgullosos y orgullosas de llamarnos mexicanos.
La tierra puede temblar. Pero lo que nos sostiene —la solidaridad, la memoria, la esperanza— no se mueve. Eso nadie lo derrumba.





