A mi mamá le gustaba vestir con blusas y vestidos bordados por manos artesanales.
Recuerdo que siendo una niña me llevaba a aquellos lugares de Veracruz, donde hermosas mujeres de piel oscura y enormes trenzas adornando su cabello, diseñan esas obras de arte.
Aprendí a admirarlas y respetarlas. Doña Marina, mi madre, siempre me dijo, en realidad me exigió, que jamás regateara el precio de una prenda hecha por artesanas. Es su trabajo, su sustento, pero además, recalcaba, ellas tejen nuestra historia.
Y es que en septiembre, cuando el calor del verano se va diluyendo con la llegada del otoño, el aire se tiñe de verde, blanco y rojo para hablar de Independencia, de héroes y heroínas, de todo lo que nos une y define como nación.
En nuestro país hay entre 4 y 4.8 millones de artesanas y la mayoría trabajan en la informalidad, por lo que solo el 2.4% tienen acceso a seguridad social.
Algo más que poco se dice: según datos del INEGI, las artesanías aportan alrededor del 0.6% del Producto Interno Bruto nacional. Pero más allá de las cifras, son el sustento de miles de familias, en su mayoría lideradas por mujeres que en zonas rurales e indígenas han encontrado en el telar y la aguja su principal fuente de ingreso y autonomía.
Hay que reconocer que desde la llegada de la presidenta Sheinbaum al poder, se ha visibilizado más el trabajo de estas mujeres.
Para su vestuario, en lugar de recurrir a diseñadores famosos y a casas de lujo internacionales, la presidenta se viste con prendas de artesanas de todo el país.
Para la ceremonia del Grito de Independencia de este año, el atuendo que lució en Palacio Nacional fue bordado a mano por Elvis Guerra, Dayari Ramírez, Reyna Montero y Lorena Martínez, del taller Creaciones Biulú, en Juchitán de Zaragoza, Oaxaca.
Portar una prenda así en un espacio tan importante no es simplemente vestir elegante. Es hablar sin palabras: decir que nuestra diversidad es nuestra mayor riqueza, y que quienes han sostenido la cultura con sus manos merecen ser visibles. Detrás de cada punto de bordado hay horas de entrega, sabiduría heredada de madres a hijas, de abuelas a nietas. Es conocimiento que no se aprende en libros, sino que se siente en la yema de los dedos.
México también se construye desde las comunidades. Y cada mujer que crea y sostiene a su familia con su trabajo es, también, una heroína de nuestra independencia.





